El rincón de Ademuz, 1920

El Rincón de Ademuz, 1920. Lydia Giménez-Llort, escritora española. Historias de vida.

Recogió las maletas y subieron al coche. Despacito, recorrieron las estrechas calles del pueblo, hasta la carretera comarcal. Los chopos, el río blanco y el vergel de la huerta les acompañaron durante el principio del camino hasta que las rojizas tierras que anticipaban la cercanía de Aragón les dieron la bienvenida.Allí, en la carretera estaba el bar donde el autocar que hacía las veces de lo que antes fue ‘La Rápida de Cuenca’ había de recogerlas. Un matrimonio mayor esperaba ya en la puerta. Al cabo de un rato el autocar apareció irrumpiendo la tranquila belleza del paisaje.

La niña besó y abrazó a los abuelos y cogida de la mano de su madre subió al autocar. Desde la ventana les dijo adiós efusivamente con una sonrisa de felicidad pero a medida que el autocar se alejaba y la imagen de la abuela quedaba en la lejanía, la sonrisa se deshacía y la mirada se volvía caída.

Entonces la niña preguntó con triste pesar:

_¿Por qué volvemos, mamá?. Ella misma se preguntó lo mismo y no supo contestar más que un simple ‘porque papá nos espera’.

Había llegado con un listado en la mano, tomado del ayuntamiento, con nombres de hombres y mujeres nacidos en El Rincón de Ademuz alrededor de los años 20. Había ido para sentarse al lado de los más mayores del Rincón, para oírles hablar de su infancia, de su juventud y sus años mozos, de los recuerdos que tenían de sus abuelos, de las gachas, los turrones y los pínganos, del rollo de San Blas, de las manzanas esperiegas, de la manzanilla, el poleo y el espliego, de las tradiciones y costumbres de aquel lugar que en tiempos medievales fue punto de encuentro entre tres reinos.

Demasiado acostumbrada a lo que los expertos dicen, demasiado abrumada por las noticias de guerra y maldad, demasiado desesperanzada cuando todos hablaban de crisis y de malos tiempos…quedó asombrada ante la apacible serenidad con la que los más ancianos dibujaban el presente, con trazo firme y lápices de colores que contrastaban con el banco y negro de las fotografías que le mostraron de cuando criaron los hijos de sus señoritas en la capital.

Las ancianas se acariciaban el pelo mientras hablaban, movían suavemente el collar o se colocaban bien su pañuelo mientras miraban hacia el cielo asintiendo. Nadie podría sospechar que de pequeñas no tenían con qué jugar y que la misma inocencia de la infancia les enseñó a conformarse y saber apreciar todo lo que la vida luego les quiso regalar.

Daba gusto oírlas hablar, con una sonrisa y el corazón lleno de satisfacción, de la calidad de vida que se ganó cuando llegó la luz o el agua a las casas, de cómo habían cambiado las cosas, de la prosperidad del pueblo en los días de hoy, del orgullo de haber visto crecer a todos sus hijos y de ver a sus nietos siendo los jefes de molinos de viento de verdad.

Y mientras ellas hablaban, ella no dejaba de mirarlas con la avidez de quien sabe que goza de unos breves momentos para conocer, condensada, toda la experiencia de sus 90 años. Pensó que, sin saberlo, ellas mismas habían sido las artífices de ese milagro, de crearse a sí mismas después de la nada o partiendo de ‘casi nada’, de construir el camino para volver después convertidas en señoras.

En aquellos ratos compartidos, niñas de la edad de su hija, ahora hechas ya ancianas, le enseñaron todo lo que aprendieron caminando con alpargatas de esparto, lavando ropa en el lavadero, ayudando a sus padres a sudar seis veces el pan que comían o a hacer tejas cerca de la azufrera desde temprana edad.

Supo del padre que vendió su noguera por 1.000 pesetas de aquella época para poder hacer operar y salvar la vida de su hija. Descubrió la valentía de su propio abuelo cuando, siendo joven pero ya enfermo, sacaba pecho como podía y avanzaba tras el carro lleno de carga mientras sabía que le miraban, para descansar solo cuando pensaba que no podrían verle sufrir el dolor.

Pero también la agasajaron con los más bellos recuerdos llenos del perfume de sus primaveras, le contaron de la grandeza del cine americano de aquellos tiempos y, cómo no, del baile de los domingos cuando, siendo buenas mozas, los galanes del pueblo se disputaban para sacarlas a bailar. La hubo quien consiguió emocionarla contándole la ternura de un amor tardío inesperado y quien la hizo sentir orgullosa de conocer la que fuera cantante en la orquesta de su primo en Barcelona.

Y a pesar de lo evidente de sus logros, cuando les preguntó, ninguna se sintió con derecho ni quiso dar consejo a nadie, menos a los jóvenes de hoy que ya tienen de todo y lo pueden disfrutar. Todas y cada una de ellas tenían en su haber una lección de humildad, de saber vivir y valorar la vida.

En las nueve horas que duró el viaje en autocar, tuvo tiempo de recordar todas aquellas palabras, los gestos, las miradas, las penurias y las alegrías, las sonrisas y las lágrimas. Durante aquellos días había tenido la oportunidad de comprobar que las dificultades están para ser superadas.

Las experiencias de 90 años de vida explicadas en primera persona por los más ancianos del Rincón le habían demostrado que las penas no solo se superan, si no que uno puede crecer ante la adversidad y construirse a sí mismo con más firmeza y temple, si cabe.

Y cuando el marido llegó a recogerlas a la estación, la madre le dijo mirando de reojo a la niña:

_¡Papá, ya estamos aquí!. Espera que te cuente todo lo que hemos aprendido de los más mayores del Rincón. La niña añadió:

_ ¡Dice mamá que le han contado muchas historias del Rincón! Y nos esperan este verano para contarnos más… ¿Falta mucho para que sea verano, mamá?

Fin

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España es un puzzle cultural con muchos rincones interesantes por descubrir. Pregunta a tus abuelos, seguro que descubres muchas cosas nuevas de su rincón particular. El rincón de mi padre, de mis abuelos paternos, tiene nombre propio: ‘El Rincón de Ademuz’, un enclave rural de la geografía española que en época medieval fue punto de encuentro entre tres reinos. ‘El Rincón de Ademuz 1920’ es el inicio de un sencillo pero sincero homenaje a todas las personas mayores de este rincón valenciano que, gracias a su tenacidad y amor por su tierra, hicieron posible que El Rincón de Ademuz sea el paraíso predilecto de todos sus nietos. Éste es el texto introductorio que relata la vivencia real tras las primeras entrevistas realizadas durante la Semana Santa de 2011, en un trabajo de investigación de Envellir bé/Saber envejecer, de la Universitat Autònoma de Barcelona, que cuenta con la inestimable colaboración de la Escuela Para Adultos del Rincón de Ademuz, la Residencia Tercera Edad de Ademuz y el Ayuntamiento de Ademuz. Este primer relato está dedicado a los verdaderos protagonistas de las primeras historias de vida: Doña Josefina Aparicio y mis tíos Jesús Yuste, Vicenta Álvaro y Ramón Hernández de Ademuz, Doña Cristeta García y Doña Edelmira de Los Santos, Doña Carmen Tortajadas de Torrebaja y Doña Liduvina Monleón de Vallanca. Con todo el respeto y la admiración que merecen, gracias por regalarme su tiempo y sus palabras para contarnos un poco de sus vidas y las tradiciones del Rincón de Ademuz. Finalmente, una mención a todos los mayores del Rincón, especialmente sentido recuerdo a los que hace poco nos dejaron y a los que se fueron inesperada y prematuramente cuando El Rincón aún les necesitaba para continuar construyendo su historia.

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