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Los traviesos ⊙ Rosenda juró vengarse de los felices muchachos, pues según ella eran los responsables de su muerte.

«Los Traviesos» del escritor Jair Nieto es una intrigante historia que se desarrolla en un pintoresco pueblo donde la alegría convive con oscuros secretos. Elías, un joven y novel mecánico, se ve envuelto en un enredo amoroso que desencadena una serie de eventos trágicos. Todo comenzó con la llegada de Amanda, una joven que capturó el corazón de Elías, desatando la envidia de Juana, quien tejía ilusiones amorosas con él. La rivalidad y el despecho crecieron hasta desembocar en una fatalidad que marcó a todos en el pueblo. Sin embargo, la verdadera historia detrás de esta tragedia solo salió a la luz mucho después, revelando secretos y engaños que nadie había imaginado.

Los traviesos

Los traviesos gemelos - Cuento de Jair Nieto

El pueblo era cálido y alegre como muchos, buen comercio, buenos colegios, tanto para niños como para adolescentes, y una muy buena Universidad cercana.

Hacia el sur del pueblo por una gran autopista, que bordea un hermoso río, se llegaba a donde este formaba un recodo de particular belleza, pues antes, así se fuera a pie o en vehículo, se encontraban con una hermosa alameda, que daba sombra un buen trecho.

Entre los adolescentes del pueblo listos a graduarse, se encontraba Elías, hijo de don Elías dueño de un taller de motos y bicicletas. Allí llegó una vez la hermosa Amanda, hija de una familia adinerada. Venía a pie y empujaba con sus manos su bicicleta. Don Elías le dijo a su hijo:

Ayúdele a la niña Amanda.

Este fue raudo a recibirla y no podía encontrar el daño hasta que su papá le dijo:

No la mires a ella, mira la cadena que se le zafó.

El muchacho se puso colorado, pero cayó en cuenta de lo que pasaba, estaba la cadena con un eslabón más, era cuestión de quitarlo y listo. Así lo hizo y Amanda agradecida le dijo:

¿Qué te debo?

Elías, le dijo:

Nada, fue algo muy simple.

¡Cómo así que nada! Es tu trabajo.

Con tu sonrisa y que me aceptes un helado quedo bien pago.

Así pasó y siguieron saliendo, lo cual fue bien recibido por todos, menos por Juana, hija de don Hernán y Rosenda, los más humildes del pueblo, y ella pese a que solo había cruzado unos pocos saludos con Elías, se había hecho ilusiones, y en sus sueños lo veía como su novio. Fueron pasando los días, ellos, Elías y Amanda cada vez más felices y Juana cada vez más deprimida.

Una vez Juana le dijo a su mamá, que ella era la novia de Elías y Amanda se lo había quitado, lo cual no era cierto, pero eso basto para que doña Rosenda odiara y empezara a hablar mal de esa chica, y esta, ignorando todo.

Llegó el momento del matrimonio de la pareja estrella del pueblo. Hubo un gran festín y fueron muy felicitados. Juana en cambio se hundía en la amargura, pensando que esa felicidad debió ser para ella.

Al poco tiempo Amanda quedó en embarazo, y dio a luz un par de hermosos gemelos de cabello rubio, quienes nada más llegando, ya eran los reyes de la familia y de todos en general. Juana no aguantó más la felicidad de los otros y un día amaneció muerta, se había envenenado. Rosenda juró vengarse de los felices muchachos, pues según ella eran los responsables de su muerte.

Al encontrarse todos en la iglesia el reverendo hizo alusión, a que quitarse la vida por mano propia era un grave e imperdonable pecado, lo cual hizo que los padres de Juana, abandonaran el recinto, entre tristes y ofendidos.

Los niños fueron creciendo y eran cada día más necios y traviesos. La perra pastor alemán que les habían regalado, los cuidaba mucho y no permitía que nadie se les acercara, a tal punto que para castigarlos tenían que engañarla y llevársela para el garaje y encerrarla. Sus travesuras eran cada vez peores; escupían a las visitas, les alzaban las faldas a las mujeres, usaban la perrita como caballo y le mordían las orejas hasta herirla y hacerla chillar, pero el noble animal todo lo soportaba por cariño a ellos.

Los padres de Juana tenían una camioneta de un modelo viejo; descascarada, por falta de pintura; contaminaba con humo negro y el motor parecía el de un avión por lo ruidoso. Venían aún lejos y todos sabían quién venía. Juana siempre sacaba pretextos para no andar con ellos por pena de andar en ese carro viejo.

Cuando se regó la noticia, el pueblo quedó sumido en la tristeza, no podían creerlo. Se elevaron oraciones al cielo, se destacaron muchos investigadores, pero todo seguía en el misterio. El reverendo era muy solicitado por todos y el trataba de estar en todo lado. Un día hablando con el pastor adjunto, le manifestó su deseo de visitar a Hernán y a Rosenda, pues ya hacía días que no los veía y sospechaba que a lo mejor la carcacha esa no quería andar, pues no habían vuelto al pueblo ni a la iglesia.

Así lo hizo, llegó donde ellos con un gran mercado, y grande fue su sorpresa al ser mal recibido por la pareja y que no quisieran hablar del mal estado de la camioneta, la cual no vio por ninguna parte.

Al llegar de nuevo a la iglesia y hablar con varios feligreses, todos quedaron extrañados y resolvieron enviar un mecánico a averiguar qué repuestos faltaban y hacer el arreglo gratis, incluso pintarla para que quedara decente. El mecánico fue peor recibido que el reverendo y regresó furioso, tildándolos de desagradecidos.

Justo cuando estaban hablando, este y el pastor, acertó a pasar por allí el comandante de policía y al escuchar el relato pregunto:

¿Qué dijeron ellos de su vehículo? ¿Vieron el garaje acaso?

No señor comandante, el garaje mantiene lleno de cachivaches, la camioneta la parqueaban al frente y se ve claro el espacio reseco, pero lleno de manchas de aceite y gasolina.

¡Qué raro! ―dijo el policía.

Al otro día, llegó el comandante a visitar a Don Hernán y nada más llegar y agarrándolos de sorpresa, doña Rosenda se agachó a llorar.

Don Hernán, ¿como están? ―saludó el agente―. ¿Qué le pasa a su señora?.

Se quedó mirándolos y al no hallar respuesta, viendo el espacio vació del carro, les preguntó:

¿Dónde tienen la camioneta?

De nuevo se hizo un largo silencio, hasta que don Hernán contesto:

Sacó la mano, esta varada.

¡Ah, ya! ―dijo el agente―. Pero, ¿dónde está?

Un nuevo silencio y ante esto, se subió a su vehículo y después de despedirse con la mano salió de allí.

Al día siguiente, domingo, estaba todo el pueblo en la iglesia, cuando llegaron a pie, Hernán y Rosenda, y ocuparon su puesto. Al empezar el reverendo el culto religioso, fue interrumpido por ella que, envuelta en terrible llanto, pidió hablar con el pastor. Se hizo un profundo silencio de cementerio cuando Rosenda logró controlar el hipo y empezó a hablar.

No queríamos hacer daño a nadie, pero al ver que nuestra pobre hija era menospreciada aún después de muerta, quisimos irnos del pueblo; pero como no teníamos dinero y ese pedacito de tierra nuestro, no vale nada, y nadie lo compra, por eso resolvimos secuestrar a los niños y con el dinero largarnos de aquí y no volver a ver a nadie jamás.

Los desgraciados nos mordieron y arañaron, pero logramos meterlos en unos costales, los pusimos en el platón de la camioneta y nos fuimos. No sabemos cómo, uno rompió un pedazo del costal y agarró un palo largo, lo metió por el vidrio roto de atrás y cuando Hernán iba cruzando por el recodo del río, le hundió el acelerador con ese palo. Él perdió el control y caímos al río. Hernán salió rápido, pero yo no sabía nadar, por lo tanto, volvió a tirarse al río por mí. La camioneta mientras tanto se iba hundiendo con los niños encostalados y nada pudimos hacer por ellos, pues somos personas muy ignorantes y nos asustamos ante esto.

Todos acabaron sumidos en un gran mutismo, hasta que el jefe de la policía y el alcalde reaccionaron, y con ellos el pastor y los vecinos. Iniciaron el rescate del vehículo, el cual fue bastante penoso y demorado. Todos lloraban al emerger el carro del agua y ver el par de costales.

Fin.

Los traviesos es un cuento del escritor José Jair Nieto González © Todos los derechos reservados. Prohibida su reproducción total o parcial sin la expresa autorización de su autor.

Sobre José Jair Nieto González

José Jair Nieto González - Escritor

José Jair Nieto González nació el 15 de marzo de 1947 en Armenia, en el departamento de Quindío en Colombia. Jair estudió en Sevilla y Cali, ambos del departamento de Valle del Cauca.

Es tecnólogo del Sena Colombiano y trabajó 35 años en una empresa privada. Actualmente es pensionado.

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