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Magnanimidad 🎵 “Escasamente tenemos para comer y pagar arriendo… mucho menos para pagar clases de música”

Por Francisco Javier Arias Burgos. Cuento para adolescentes sobre la nobleza del espíritu humano.

En el relato «Magnanimidad» del autor Javier Arias, se despliega una trama cautivadora que envuelve a dos mundos contrastantes: el de Adrián, un joven privilegiado con talento musical, y el de un protagonista anónimo, cuya voz resonante surge de la humildad. Entre clases de canto y sacrificios familiares, se gesta una competencia inesperada que desafía no solo las expectativas sociales, sino también los propios límites del sacrificio y la lealtad. Con giros emocionantes y revelaciones conmovedoras, esta historia invita a reflexionar sobre la verdadera generosidad y nobleza del espíritu humano. ¡Comparte y comenta esta historia que conmueve hasta el final!

Magnanimidad

Las tardes de los martes y jueves la casa de Adrián se llenaba de música. Aparte del piano, la profesora que venía en esos días le enseñaba a cantar y a interpretar las canciones que a él le gustaban tanto. Yo me sentaba cerca de ellos haciendo las tareas escolares para el día siguiente y poniendo mucha atención a esas clases mientras mi mamá, que venía esos mismos días a hacer el aseo de su lujoso apartamento, terminaba su labor. Yo anotaba en un cuaderno todas las recomendaciones interesantes que la profesora le hacía a Adrián.

Adrián tenía una hermosa voz. Y las canciones que cantaba me gustaban mucho porque él les ponía un toque particular: a veces alargaba las frases o les cambiaba alguna palabra, otras veces aceleraba el ritmo o hacía unos silencios que la canción en la voz del cantante original no tenía. Su profesora le reclamaba por esos cambios, pero él alegaba que sus variaciones mejoraban la canción. No sé quién de los dos tenía la razón porque yo de música no sabía nada.

Cuando mamá y yo llegábamos a nuestra casa en el humilde barrio en el que vivíamos desde hacía siete años, yo me ponía a cantar las mismas canciones que le había oído a Adrián. Menos las que él cantaba en inglés, porque yo escasamente podía decir algunas cosas, las que nos enseñaban en el colegio.

Mi mamá no me paraba bolas porque llegaba a hacer oficio, a lavar nuestra ropa u otra que le encargaba algún vecino, a preparar la comida, a ordenar la casa. Éramos pobres, sí, pero en nuestro hogar no había desorden.

Adrián estudiaba en un colegio bilingüe, al que su padre lo llevaba cada día y del que su mamá lo recogía de regreso a casa. Creo que era un colegio costoso. Lo deduje por el uniforme y por los libros que le pedían, por las actividades extra-curriculares que Adrián debía atender, por detalles que en el colegio oficial donde yo estudiaba no se veían. Yo nunca le preguntaba nada, me daba pena y además mi mamá me tenía prohibido hablar con él mientras estuviera allí.

Pero si mamá, con todo lo que tenía que hacer, no me prestaba atención cuando yo repetía las canciones que el hijo de la patrona cantaba, un vecino sí me dijo un día que yo cantaba bonito. Que se me oía muy bien. Mi madre se rio cuando él le sugirió que me consiguiera un profesor de canto.

“Escasamente tenemos para comer y pagar arriendo”, le contestó, “mucho menos para pagar clases de música”. El vecino, llamado Pedro Nel, me prometió que no dejaría que mi voz se perdiera y que encontraría la manera de ayudarme a aprovechar mi talento. Le agradecí su interés, pero mi madre tenía toda la razón. Teníamos necesidades más importantes qué atender.

Uno de esos jueves en los que mi mamá trabajaba en casa de Adrián, la profesora habló con los padres del niño. Les pidió permiso para inscribirlo en un concurso intercolegial de canto que empezaría en dos semanas y que sería, según ella, la puerta de entrada de Adrián al mundo de la fama. Les aseguró que sería el ganador del evento, que no había conocido una voz más armoniosa ni más bella. De inmediato le dieron la autorización.

La misma invitación llegó a mi colegio. El rector lo comentó con algunos profesores, pero estos le sugirieron que sería mejor apoyar el equipo de fútbol ya que era lo que los estudiantes preferían, cosa que no tenía discusión porque así era.

El único profesor que le pidió que nuestro colegio participara fue don Gustavo, que nos enseñaba artes. Él fue quien nos habló del concurso en una de sus clases, en tono pesimista porque no esperaba que alguno de nosotros se animara a cantar y porque, es cierto, nunca había oído cantar a uno de nosotros. El colegio no tenía ni siquiera un coro o alguna agrupación musical.

En uno de los descansos me acerqué a don Gustavo y le pedí que me oyera cantar. Pensó que yo le estaba jugando una broma, pero accedió a oírme.

– ¡Qué bonita voz tienes! – me dijo.

Y, sin pedir permiso al rector ni comentarlo con nadie, me inscribió en el concurso. Él me llevó a las audiciones preliminares, de las que salí airoso. No quise decirle nada a mi madre porque no quería que me negara su autorización. Inventé una excusa para salir de la casa en las horas de las clasificatorias. Que iba a entrenar con el equipo de fútbol, fue lo que le dije.

Una cadena de televisión local transmitía las audiciones en las que iban quedando los mejores. Como en la casa no había televisión, mi madre nunca me veía. Y a mis condiscípulos no les gustaban sino las caricaturas o los partidos de fútbol, así que tampoco me veían.

Los padres de Adrián estaban muy entusiasmados con la idea del concurso y siempre lo acompañaron. Para ellos era alcanzar un sueño, la justificación del gasto que hacían al pagarle una profesora de música. Y para Adrián también, sin duda.

Cuento Magnanimidad sobre la nobleza humana

Así fueron pasando los días. Don Gustavo, animado por lo bien que me estaba yendo en el concurso, invitó al rector a una de las audiciones y consiguió su permiso para que yo pudiera participar, ahora sí de manera oficial, en nombre del colegio. Mis compañeros también estuvieron en alguna que otra audición y me daban ánimos.

Hasta que llegó la final. Quedamos Adrián y yo.

Solo esa tarde se dio cuenta de quién era su rival en ese momento decisivo, porque en todas las ocasiones anteriores en las que nos enfrentábamos nunca hubiera podido reconocer al hijo de la empleada de sus padres. Don Gustavo había accedido a mi petición de usar una peluca y un atuendo que me hiciera irreconocible a los ojos de cualquiera que me hubiera visto con mi figura habitual.

La sorpresa para Adrián y sus padres fue enorme. Cuando me vieron en el escenario no lo creían. Su padre salió a toda prisa, lo que desconcertó un poco a Adrián y a su mamá. Y a mí también, debo admitirlo. ¿Se habría disgustado?

El premio para el ganador sería una beca para terminar el bachillerato y cubrir los gastos de la universidad, algo que cualquier estudiante anhelaría sin dudarlo. Eso fue lo que más nos sorprendió, porque solo ese día nos lo dijeron a él y a mí, que esperábamos ganarnos solo una medalla.

Me sentí derrotado antes de empezar la competencia. Rivalizar con ese niño que tenía tan hermosa voz y una profesora de piano y de canto, que cantaba más lindo que cualquiera que yo hubiera oído, que tenía las mismas ganas que yo de ganar ese concurso y que, debo admitirlo, merecía ganar, me bajó la moral.

Yo canté primero que él. Y escuché los aplausos del público, que coreaba mi nombre, que me pedía que cantara otra canción, que se puso de pie, pero que aún no había oído cantar a Adrián.

Adolescente gana concurso de canto

Cuando miré al público vi a mi mamá sentada junto a los padres de Adrián. Esa era la explicación de la salida repentina de su papá. Fue por ella hasta la casa.

El jurado estaba compuesto por tres músicos notables y muy estrictos. Aquí el público era lo de menos.

Adrián empezó su interpretación como si fuera la última canción que iba a cantar en la vida. Me miró como nunca me había mirado en su apartamento, miró a sus padres y amigos, miró al rector de su colegio, que contaba de antemano con su triunfo y había preparado toda una fiesta para celebrarlo. Miró a mi madre.

Y su voz, tan dulce y armoniosa al comienzo, se resquebrajó y soltó dos gallos imperdonables. Él, que sin duda alguna cantaba mejor que yo, falló en el momento en el que menos debía hacerlo.

El fallo del jurado fue unánime. Me declararon como ganador del concurso, me felicitaron, me tomaron las fotos con el premio prometido, me entrevistaron por la radio y por la televisión.

Pero yo sabía lo que había sucedido. Adrián se negó a admitirlo cuando se lo dije, me aseguró que no lo hizo a propósito, que su voz le falló en la final. Fue la única vez que desobedecí a mi mamá y hablé con él.

Seguí acompañando a mi madre los martes y los jueves a la casa de Adrián hasta que ellos se mudaron a otro país. Terminé mi carrera de ingeniero y seguramente él también terminó la suya. Su sueño, como me lo dijo algún día, era ser administrador de empresas. Estoy seguro de que también es un gran pianista y de que conserva esa hermosa voz que sacrificó para que yo cumpliera mi sueño de ser profesional.

Fin.

Magnanimidad es un cuento del escritor Francisco Javier Arias Burgos © Todos los derechos reservados. Prohibida su reproducción total o parcial sin el consentimiento expreso de su autor.

Sobre Francisco Javier Arias Burgos

Francisco Javier Arias Burgos - Escritor

Francisco Javier Arias Burgos nació el 18 de junio de 1948 y vive en Medellín, cerca al parque del barrio Robledo, comuna siete. Es educador jubilado desde 2013 y le atrae escribir relatos sobre diversos temas.

“Desde que aprendí a leer me enamoré de la compañía de los libros. Me dediqué a escribir después de pensarlo mucho, por el respeto y admiración que les tengo a los escritores y al idioma. Las historias infantiles que he escrito son inspiradas por mi sobrina nieta Raquel, una estrella que espero nos alumbre por muchos años, aunque yo no alcance a verla por mucho tiempo más”.

Francisco ha participado en algunos concursos: “Echame un cuento”, del periódico Q’hubo, Medellín en 100 palabras, Alcaldía de Itagüí, EPM. Ha obtenido dos menciones de honor y un tercer puesto, “pero no ha sido mi culpa, ya que solo busco participar por el gusto de hacerlo”.

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Imágenes ilustrativas de Fermata «All The Way» de Jimmy Baikovicius.

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