Mariposa (Cuento para adultos que siguen siendo niños)

Por Juan Emilio Rodríguez. Cuentos espirituales

Mariposa es un hermoso cuento del escritor venezolano Juan Emilio Rodríguez. Cuenta la historia de una niña, un poco enojada con Dios por algunas cosas que le sucedieron en la vida. Sin embargo, ante la aparición del Señor, decide realizarle un pedido muy especial. Veremos entonces de qué forma Dios le concede este deseo. Es un cuento con una profunda base espiritual, para toda la familia.

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Mariposa

Mariposa - Cuento espiritual

Hace muchos años, en un lugar que no era ni caserío ni pueblo, vivía una pastorcita que no simpatizaba con Dios. Era una niña huérfana de papá y mamá, que sólo tenía a su abuela.

Todas las mañanas, después de recibir las lecciones de lectura y religión que le daba su abuela, la niña llevaba las ovejas a pastar a un prado solitario. Ahí, mientras las ovejas se entregaban a rumiar la hierba, la niña empezaba a cantar a todo pulmón una canción inventada por ella, que decía…

Dios, qué malo eresNo das una explicaciónEstoy brava contigo,
Llevas no sé a dóndecuando los dejas mudosSin que abuela lo sepa.
A las personas vivascon los ojos cerradosMe dejaste sin padres,
Amadas por nosotros.Y sin poder moverse.Ninguno los recuerda.

Demás está decir que las ovejas estaban hasta la coronilla de aquella canción, y que muchas de ellas cuando veían venir por la mañana a la pastorcita trataban de hacerse las dormidas, para no tener que oír todo el día por centésima vez aquella canción irreverente, que tampoco era que tuviera una música agradable.

Una mañana de un veinticuatro de junio, día de San Juan, en que la niña como de costumbre cantaba la canción a los cuatro vientos, se le apareció Dios. La niña lo vio de reojo, pero como no lo conocía prosiguió con su canción…

Estoy brava contigo,
Sin que abuela lo sepa…

Dios la contempló por unos segundos, y entonces optó por interrumpirla.

– “Oye, niña, ¿es que no te sabes otra? Soy Dios y me tienes hasta al copete con esa cantaleta.”

La niña dejó de cantar y observó a Dios con detenimiento. Luego, tras unos instantes de total silencio, ella le contestó con otra pregunta:

– “¿De verdad eres Dios?”

El Señor asintió con la cabeza. Y entonces la niña volvió a preguntar:

– “¿Eres el Dios que creó la brisa, el sol y la mañana?”

– “Sí, soy ese mismo. Pero estoy ante ti porque no entiendo tu insistencia en dejar que tus días se vayan cantando una canción que me insulta.”

La niña pensó pedirle un milagro, pero al oír las últimas palabras de Dios, replicó:

– “¡Cierto! Canto todos los días esa canción porque tú te llevaste a mi mamá y a mi papá. Me dejaste únicamente a mi abuela…” -la niña observó el rebaño, y completó- “y a estas ovejas.”

Dios miró a la niña como si fuera la primera vez que viera a una huérfana, y le habló muy despacio.

– “Tus padres, niña, se encuentran bien en donde residen.”

– “No te creo. ¿Cómo puedo creer en lo que dices, si no los veo?”

Dios apartó una oveja que le halaba la túnica, y miró a la niña.

– “¿Por qué no los ves, dudas de mis palabras? Dime, niña, ¿acaso ves la brisa?”

La niña lo interrumpió.

– “Pero, Dios, la brisa se siente igual que el hambre y la sed. Además, si eres Dios como dices podrás devolvérmelos, porque dice mi abuela que tú todo lo puedes.”

Papá Dios, quien estaba de pie, decidió tomar asiento al lado de la pastorcita.

– “Niña, no debo hacer lo que me pides” -anunció.

La niña fue a decir algo, pero el Señor prosiguió.

– “Lo que tú llamas muerte es el paso a un mundo tranquilo, pues esas almas ya no tienen necesidad de continuar dentro de la tierra.” –Dios hizo una pausa y prosiguió- “Además, niña, ¿no tienes a tu abuela que te da todo su cariño?”

La niña tuvo que admitir interiormente que lo que decía Papá Dios sobre su abuela era cierto. Su abuela para ella era como una gallina gigante con alas de ternura protectora, que ahuyentaba sus ratos de desamparo. Sin embargo, ello no evitaba que se sintiera molesta con Dios cada vez que se acordaba de la ausencia de sus padres. La niña se levantó, y le soltó al Señor su desparpajo.

– “Está bien, está bien, puede ser que tú tengas algo de razón en lo que dices; pero sigo descontenta con tus explicaciones. Fíjate, mi mamá y mi papá se marcharon, y fuera de mi abuela y yo, nadie más sabe que ellos estuvieron vivos, que fueron personas aquí en la tierra junto con nosotros. Algunas noches de verano observo las estrellas y ninguna me da una señal de ellos.”

Dios volvió a espantar la oveja irrespetuosa y elevó la mirada por sobre el sol. La niña estiró las manos y atrajo a la oveja. El Señor bajó la vista hasta los ojos de la niña, y habló:

– “Tú lo que deseas es que aquí en la tierra exista algo que a diario te recuerde a tus papás.”

– “Quisiera que mis padres volvieran, pero ya que no se puede, te pido eso.”

– “Bueno, pastorcita, de ahora en adelante cada vez que oigas un pajarito trinando, sabrás que lo hace en memoria de tus padres.”

– “No, no” -dijo la niña contrariada-. “Eso es trampa. Papá Dios; los pájaros andan por los árboles y se espantan cuando uno se les acerca.”

– “Tienes razón, no había pensado en eso. Entonces… algo como un ser que vaya…”

– “Que vaya, esté o pase por donde estoy y que me haga saber que yo tuve padres” -completó la niña.

– “Sí, comprendo” -dijo Papá Dios y volvió a sacudirse la oveja profana, que se le había escapado a la niña.

La pastorcita le sonrió a la oveja, y entonces vio una motita de lana que se alzó del vellón de la oveja y empezó a pasearse por el aire.

– “Mira” -dijo la niña-. “Algo como esa pelusa. Que haya bastante y anden por el campo y las flores sin que se asusten ante mi presencia.”

Papá Dios miró pensativo la partícula de lana… y entonces tuvo una idea.

– “Niña, ¿cómo te llamas?”

– “Mariposa” -contestó la pastorcita sin comprender qué tenía que ver su nombre con lo que estaba proponiendo.

– “Pues bien, observa.” -le indicó Dios señalando la motita de lana que aún andaba paseándose por el aire.

Mariposa dirigió la vista hacia la motita y pudo ver como ésta se multiplicaba por miles de miles tornándose en jirones amarillos, que empezaban a danzar por todo el aire.

– “Ahí las tienes” -explicó el Señor mirando a la niña-. “Saldrán a pasear por la tierra en el mes de junio, recordándoles a las personas que la habitan, todas aquellas almas que se marcharon antes… Y se llamarán como tú, pastorcita: Mariposas.”

Fin.

Mariposa es un cuento del escritor Juan Emilio Rodríguez © Todos los derechos reservados.

Sobre Juan Emilio Rodríguez

Juan Emilio Rodríguez nació en Caracas el 7 de enero de 1946.

Esposo de Carmen, padre de IsraelMaría y Noelia, y abuelo de cinco nietos. Reside actualmente en la ciudad de Guatire, sitio donde ha redactado parte de sus obras.

Juan Emilio Rodríguez Hernandez - Escritor

“Yo primero me dedique a mi familia y después que habían crecido, es decir, mis hijos ya estaban grandes y eran adultos trabajadores, fue que comencé a escribir y me di cuenta de ese don que tenia para las palabras, lo hacia porque gustaba, no porque quería figurar en ninguna parte, pero cuando te llega alguna distinción eso te da doble satisfacción” manifiesta Juan Emilio.

Juan Emilio ha publicado “El retorno y otros cuentos” (Fundarte, 1992), “La curiosa vida de Trina Josefa” (Funsagú ediciones, Maracay, 2002), así como otros textos narrativos en el Diario GuayanésÚltimas Noticias y Revista Estrías.

Obtuvo el primer premio en el Concurso de Cuentos de Follaje del Suplemento Literario del Diario Guayanés y también en la mención Narrativa del I Concurso Literario Nacional para habitantes de los Barrios. Ganador en el Concurso Nacional Historias de barrio adentro mención novela por el Estado Miranda con “Ahora seremos felices“, publicado por el SNI-Miranda.

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