Medianoche: Las alas del cuervo


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Por Elvis Eberth Huanca Machaca. Cuentos fantásticos en partes

Medianoche: Las alas del cuervo es un atrapante cuento largo de misterio y fantasía escrito por Elvis Huanca Machaca. Cuentos fantásticos

Medianoche: Las alas del cuervo

“La sangre del traidor fluye por ti, haciéndote a su imagen. Estas maldito y solo mediante obediencia sobrevivirás. Eres de la estirpe del traidor y estas ligado por estas, las leyes de Dios para ti.”

Medianoche: Las alas del cuervo. Cuentos fantásticos

El cuervo se abrió paso abruptamente, por entre la parte superior de un viejo roble de gran tamaño, y su cabeza se alzó, como si fuese parte de un reflejo, como si buscase su siguiente presa. La noche era muy oscura y los lobos iniciaban su canción nocturna. La luna se había ocultado, hacía frío, mucho frío. Pero él no sentía nada, no sentía la calidez de la sangre fluyendo por sus venas, ni las palpitantes vibraciones de un corazón.

Se puso en pie prontamente, la luz del sol se filtró hasta sus oscuros cabellos rizados. Tenía un traje negro, con una corbata del mismo color, que contrastaban y resaltaban perfectamente con una camisa blanca de finos acabados. Estaba acostumbrado a vestir elegantemente, parecía una persona normal, pero no lo era. Llevaba mucho tiempo sin serlo, o… Quizás… ¿Nunca fue humano?

– A diferencia de muchos de mi especie, no recuerdo cuando aún era lo que se podía decir normal. Tampoco recuerdo donde vivía, pero estoy seguro que no era un jodido francés, ni una marica inglesa.

¿Mi edad?

– Tampoco la recuerdo, he visto tantas veces el sol ocultarse y la luna nacer. He visto la nieve caer, y las flores nacer, una y otras vez, como un capullo de flor. He estado en tantas batallas, como las lluvias antes de la primavera, he levantado tantas banderas, como los hilos del telar de una virgen.

Han intentado matarme tantas veces, y de todas las formas posibles, pero aquí estoy, firmemente de pie, contemplando el día irse una vez más. Incluso yo, yo… he intentado matarme. Pero tampoco lo he logrado.

¿Que cuándo descubrí que era diferente? – Cuando quise morir -, pero desperté convertido en lo que soy ahora.

– Si tuve una vida anterior, si tuve una vida antes, ruego a algún Dios misericordioso, haber tenido un final feliz.

– Blanco, blanco, ese color viene a mi mente justo ahora. ¿Existen algunas razones porque lo odie tanto?

Cuando nací, fui abandonado en las graderías de un teatro popular, sin origen ni un nombre. Fui criado por una compañía de cómicos, ellos pusieron sobre mi rostro la máscara blanca de un payaso, un color vacío y sin sentido. Podía llorar, podía reír, podía estar enojado, pero la máscara que escondía mi existencia, siempre permanecía tan firme y vacía, con una sonrisa eterna y falsa, tan blanco.

Blanco, ella había llevado un vestido blanco aquel día. Un vestido nuevo de seda Italiana, con mangas acuchilladas para mostrar la bella camisa de hilos finamente unidos entre sí. Lucía un collar de oro y perlas alrededor del cuello, y pendientes que eran perlas diminutas en forma de lágrimas que caían. Y sobre sus ondulados cabellos castaños, llevaba una tiara, con incrustaciones de pequeñas piedras preciosas. Eran tan pequeñas y multicolores, que parecían cristales sobre la arena del mar. Blanco, blanco, su rostro se veía tan blanco aquella noche, más blanco que mi triste máscara sonriente.

– ¿Por qué no sonreía al verla?

– No podía entenderlo. Verla a ella allí, blanca y dorada como una visión fantasiosa, me dolía. Tan solo pensar que la perdía, me hacía imaginar que no podría seguir viviendo.

– Era la hija de un noble, su padre un acaudalado hombre del comercio, complacía a su hija en lo que quisiese. Podía tener tantos vestidos como desease, tener las más exquisitas joyas traídas desde el oriente, era un buen padre.

Dentro de un abrir y cerrar de ojos, ella se convertiría en la mujer de un hombre importante, con posición y sangre real. Ningún pretendiente podía competir contra esos nombres y títulos, además, era un viejo amigo de su infancia. Todos decían que serían la pareja perfecta.

Realmente deseaba hablar con ella ahora mismo, estar cerca de ella en su mundo, ella me hace sentir vivo. Me hacía sentir algo que no soy, y siempre quise ser… feliz…

– Los años han pasado, y aún sigo reviviendo, vez tras vez, aquellos recuerdos de esa noche. Me hubiese gustado raptarla para llevarla lejos, pero no tenía el valor de hacerlo, y ella… nunca desobedecería a tan buen padre. Yo solamente era el payaso que los hacía reír, mis chistes y gracias nunca valdrían la mano de una joven noble.

Payaso cara blanca sonrisa

Cuando la veía triste, buscaba la forma de animarla. Ella había nacido para ser libre, recorrer el mundo sin que nadie le pusiese fronteras. Pero ahí estaba, sonriendo y haciendo felices a los demás. – Tal cual lo hacía yo -, y aprovechando la máscara de color blanco, que escondía mi rostro, buscaba la forma de hacerla sonreír, o darle el consejo que tanto buscase. Cada vez que sus ojos se encontraban con los míos, tan solo en ese instante, ella de noble cuna, y yo un pobre payaso, éramos iguales.

“A mí siempre se me cumplen los sueños, ¿Qué cuál es mi secreto?… Soñar…”

Todos me miraban muy felices, y siempre sonreían ante mis gracias, pero lo que más me importaba, era la sincera sonrisa de ella.

Yo la amaba, y ella también me amaba. Éramos felices, sin pensar en el mañana, pero ambos no teníamos el valor para desafiar el mundo en el que vivíamos. Solo rogábamos a Dios volver a encontrarnos en otra vida, y vivir una vida juntos. – Yo… hubiese muerto por ella -, ella era mi mundo.

Cuando la abrazaba, y la tenía tan junta a mí, tenía al mundo a mi lado, sentía que una oleada de alegría, y angustia recorría mi ser, olvidaba todo lo que me rodeaba, y hacía que mi mundo gire a su alrededor.

Ella, era cálida como la luz del sol, suave como la brisa antes del amanecer, que da paso a un nuevo día. Era tan bella como un ángel de la creación divina, tenía un corazón de hierro ante los demás, tan fría como un tempano de hielo. Pero yo sabía que detrás de las capas de hierro, había un suave corazón que siempre lloraba. Era como el hielo siendo derretido por el fuego, era la llama interna de su corazón.

Solo yo podía cuidarla, solo yo podía protegerla; un amante de los libros, las pinturas y las mujeres, no conocía el mundo, ni los peligros que ello conllevaba. No podía dejar que él la tenga, no debía permitir que ella fuese parte de la colección privada, de un pobre hijo de papá.

Pero…

– Tuve que dejarla ir, tuve que dejar que se vaya de mi vida, tuve que intentar vivir sin ella. En verdad lo intenté, quizás hubiese sido lo mejor para ella, pero mi egoísmo pudo más, y una corriente eléctrica sacudió mi cuerpo, y sin pensarlo, corrí, corrí, a través de un campo de girasoles, sin tener cuidado de trastabillar.

Corrí, corrí como si fuese un pequeño niño buscando los brazos de una amorosa madre, para suplicarle que no se vaya de mi vida, que sin ella mi vida no sería la misma. No me importaba nada, más que tenerla en mi vida, porque solo así podía ser feliz. (Decidí ser un egoísta).

Íbamos a escapar, iríamos muy lejos donde nadie nos conociese, donde nadie se ocultase detrás de una máscara, íbamos a intentarlo, íbamos a soñar con un futuro juntos por primera vez.

“No sabes lo que has perdido, hasta que lo pierdas”.

Pasada la Medianoche partiríamos, nos escabulliríamos por la ciudad. Caminaríamos por aquellas calles empedradas de adoquines, donde los caballos hacían resonar el piso, con el contacto de sus bruscas pisadas.

Caminaríamos a través de la plaza principal, deberíamos llegar, antes que las campanas de la capilla den la media noche. Seguiríamos un viejo camino hasta las afueras de la ciudad. Un carruaje estaba preparado para llevarnos al puerto, y de ahí, nos haríamos a la mar. Navegaríamos sin rumbo ni destino, solo los dos, ella y yo, y un mundo de felicidad que nos esperaría. Estábamos enamorados. Yo la amaba, y ella me amaba a mí. Estábamos locos, estábamos locos de amor.

Por algunas creencias populares, la gente de la ciudad, solía encerrarse todas las noches del treinta y uno de octubre en sus casas. Las velas se apagaban antes de terminar de consumirse, y el poderoso Prometeo los llenaba de sueños felices y codiciosos – sería el momento perfecto para nuestra fuga -.

Aún faltaba mucho para la medianoche. Quedamos en reunirnos fuera de la vieja capilla, era el único lugar en que pobres, plebeyos y ricos éramos casi iguales. Pero al sentir su presencia, todo el valor que tenía, así como las palabras que había planeado, se quedaron cortas.

Salí de la capilla sin reparar siquiera en quién se encontraba allí. Aquel lugar se había convertido en un vacío sin sentido. Tenía miedo, y mi angustia quería que el tiempo transcurra más rápido.

Ella… estaba ahí, arrodillada en el suelo de mármol de la capilla, frente a un gigantesco crucifijo. Tenía las manos tan juntas, que sus dedos tanteaban su tacto.

Era solamente un crucifijo que yacía privado de cualquier tipo de voluntad. Exangüe, tan inerte como los rostros de las estatuas de los santos, cuyas expresiones siempre parecían tan inteligentes, teniendo en cuenta que solo eran piedra y madera, pero aun así, tenían toda la atención de ella.

Los grandes cristales de la capilla, eran atravesados por las luces del exterior. Por la noche resplandecían a la luz de las velas colocadas alrededor de aquellos seres que nunca se han movido. – Este era un lugar santo, – al entrar a la capilla lo hacías pasando por los doce apóstoles de Cristo, puestos uno al lado del otro y frente a frente, como si esperasen el arrepentimiento de los visitantes.

Tan solo hace unos días, el sacerdote había oficializado un matrimonio entre dos personas ricas.

Ahora sería el turno de ella. Y no había ni milagro si santo que lo pudiese evitar, todo dependía de nosotros.

Al volverle la mirada, y encontrarme con sus claros ojos pardos consumiéndome, que eran cubiertos por unos cerquillos de cabellos castaños, me sentía como un niño. Y lo único que atiné a hacer fue a irme, sin decir ninguna palabra como siempre.

Aún no me acostumbraba a la idea, de que era mía, de que estaríamos juntos por siempre. Aun no aceptaba el hecho de que ella me había elegido a mí, sobre todas las cosas.

Decidí esperarla afuera de la capilla, y la noche se iba, y el tiempo no avanzaba. Y al final fui invadido por el sueño, me quedé dormido a los pies de San Judas, – olvidando que tenía que hacer guardia.

Muy entrada la noche, una brisa helada me despertó. Una brisa que me hacía rechinar los dientes por el frío que sentía mi cuerpo. Las nubes le habían dado una tonalidad azul a la resplandeciente luna llena. La noche ya daba su paso a un nuevo día. Un grupo de cuervos surcaban el cielo, y un par de ellos descendió hasta la estatua del santo. Uno de ellos se quedó observándome sin moverse, tan quieto como las estatuas de los apóstoles.

Entre más miraba sus ojos más familiares me parecían, pero no recordaba donde los había visto antes. De repente graznó, una y otra vez, cada vez más fuerte, y de un saltó estrepitoso me puse en pie. Cuando los busqué con la mirada, era como si nunca hubiesen estado ahí, y todo fuese parte de un sueño o mi imaginación.

Al recuperar mis sentidos, dirigí mi mirada al viejo reloj de la capilla. No era tarde, recién llevaba poco de dar la medianoche, ella y mi destino me esperaban dentro. Muy presuroso corrí hacia la capilla, pensaba en muchas excusas para pedir perdón por mi falta.

Al atravesar las pesadas puertas de roble, sentí que la tierra me tragaba. Lo único que pude hacer es caer de rodillas, rendido y esperando que todo fuese parte de un mal sueño – Que alguien me mate-.

– La encontré tendida sobre el frío mármol, el cual había tomado una tonalidad roja. Aún permanecía frente a aquella cruz, pero ya no decía sus plegarias, solamente dormía, como las estatuas de aquel frío lugar.

– Apoyé mi mano en la suya, su piel era aún más blanca y pálida de lo que recordaba. En aquel momento se desprendió el santo rosario, que siempre estaba alrededor de su cuello. Al caerse ensangrentadas las cuentas, se agitaron como luciérnagas. Sostuve su cabeza que estaba vuelta hacia mí.

Sus cabellos rizados cayeron desordenadamente, como si fuese una lluvia. Tenía los ojos húmedos y abiertos, que no me quitaban la mirada de encima. Lo único que pude hacer por ella, fue cerrárselos y darles descanso, de los horrores que vió en este mundo.

Alguien le había quitado su vida, me la habían robado, se la habían llevado lejos de mí, y nunca más volvería a verla. Me senté a su lado y la abracé. No sabía qué hacer, la miraba una y otra vez, y de repente las lágrimas se me escaparon.

Sentí deseos de morir. Me acurruqué en el lecho de sus brazos, presa del dolor y la desesperación, y me encerré en un mutismo, en un silencio, que sólo mis sollozos rompían.

Me tumbé en el suelo, y dejé que ese frío piso de mármol también me consumiese, y empecé a llorar. Llore por ella, llore por el corazón que no me dejaba respirar. No me importaba que alguien me oyera o se burlase de mí, todo me tenía sin cuidado.

Lo único que me dominaba era el recuerdo de ella. En lo mucho que la había amado todos estos años, y en un momento de lucidez, al pensar en ese amor, sentí una suave aguja atravesándome el corazón. Y una desesperación que me desbordaba por completo. Lloré con desconsuelo, me revolqué en el piso, clave mis uñas en él, y de repente, empecé a golpear el frío mármol, hasta que mis nudillos comenzaron a sangrar. Luego me quede inmóvil, tan inmóvil como los habitantes de tan siniestra capilla. Dejé que las lágrimas recorriesen mi rostro, hasta tener contacto con el piso.

Y de repente… alguien apoyó su mano sobre mi hombro – pobre criatura – murmuró -. Eran dos hombres parados frente a mí. Aquel que me tocó también lloraba, y el otro, el más joven, que se escondía en la oscuridad, sonreía, y comenzaba a reírse a carcajadas.

Dirigí mi mirada hacia él, recordando aquella misma risa tan inusual en mis espectáculos; – era su prometido -, y las manchas de sangre en su traje, eran los testigos de su crimen.

Se acercó a mí y me dijo al oído; – Dí mi nombre – Dí mi nombre. Y me atravesó con un puñal, una y otra vez, mientras repetía el mismo pedido con su risa tan inusual.

Se hizo el silencio. Yo no cesaba de temblar, me dolía mi cuerpo, miraba a diestra y siniestra sin creer lo que pasaba, y poco a poco sentía como mi vida se escapaba, y al final solo cerré los ojos, y dejé que el silencio me llevase con él.

Treinta y ocho noches después desperté. Mi cuerpo estaba colgando de un árbol, desnudo, quemado y mutilado. – Se me había culpado de la muerte de ella -, y mis heridas comenzaban a sanar. La carne quemada fue cubierta por una nueva película de piel. Mi rostro, que estaba desfigurado, poco a poco se tornó en el reflejo que siempre me había acompañado. Sentía como mis órganos se reconstruían dentro de mí, tenía miedo, estaba muy asustado. A los pies del árbol en que me sentenciaron, estaba la vieja máscara de payaso, como siempre con una sonrisa inquebrantable, y sin perder esa tonalidad blanca y vacía.

Arriba en los cielos, los cuervos volaban a mi alrededor. Tenía miedo, mucho miedo. Sentí un nudo en medio de mi garganta y estómago, una de las aves bajó y se posó en una de las ramas del viejo árbol. Me miraba fijamente con sus ojos brillantes, parecía una mirada humana. Era una mirada que había visto antes, pero no recordaba dónde. Estos parecían los mismos cuervos que vi la noche que la perdí.

Y de repente lanzó un graznido, agitó sus alas violentamente contra mí, y se lanzó en picada. Como si yo fuese una de sus presas, me rozó justo debajo de mi ojo derecho, y una película de sangre corrió por mi rostro, y con mucha premura se alejó.

Voló tan alto que lo perdí de vista. Entonces, lo empecé a recordar todo, volví a sentir el dolor de mi pesar por perderla, lloré amargamente sin resignación, y de repente, recordé donde había visto aquellos ojos tan brillantes, – eran míos –. Eran mis ojos. Siempre había sido yo.

Desde ese día, nunca más volví a cerrar los ojos, o sentir dolor, la forma en que veía al mundo cambió. Ahora todos eran mis enemigos, seres insignificantes para mí, seres fugaces como el polvo que el viento arrastra.

Mis sentidos se afilaron como la hoja de un puñal, terminé abandonando mi humanidad, apagándola, para dejar de sentir el único pesar que me agobiaba.

Termine aceptando mi máscara, y al hacerlo, abandoné el nombre por el que una vez me habían conocido. Abandoné el nombre del que ella se enamoró, el nombre por el que me llamaba.

En una de las historias que tanto le gustaban leer, había un demonio, quien se enamoró de una mujer humana. Desafío a vivos y muertos por ella, pero al final igualmente la perdió. Él condenado a una eternidad, y ella tan frágil y fugaz como una estrella cayendo. Recuerdo que lloró por semanas, imaginando el dolor que debió sentir aquel demonio, yo me convertiré en ese demonio. El nombre de ese demonio era Ligardo, y todos me conocerían como Ligardo.

Al cambiar mi nombre, acepté convertirme en un asesino, que robaría tantas vidas y alegrías, como me las habían arrebatado a mí. Acepte convertirme en un señor de la noche.

Decidí vivir de la sangre de las vidas que arrebato… He vivido cada día, esperando encontrar a esos monstruos, esperando encontrar a los que me robaron mi vida y mi felicidad. Sé que aún están vivos, no pueden haber muerto, no sería justo librarse fácilmente de su castigo.

He vivido cada día recordándote. Sintiendo la misma agitación en mi corazón que cuando te vi por primera vez.

He vivido tanto tiempo, esperando volver a verte, aunque sea una sola vez más en mi vida.

Después de miles de años, conozco muchos trucos que atemorizarían hasta a los más viejos de mi linaje. Una y otra vez me repito, – no pienses más en esas cosas – . Los recuerdos ya no pueden herirte. Viniste aquí por un motivo, y ahora ya no hay que más puedas hacer aquí.

La vida ya no era un escenario, donde la estrella esperaba los aplausos de la audiencia. Un dolor atenazaba mi alma, recordándome que sigo aquí, y que nunca moriré. – En miles de años he conocido una sola vez qué es el amor verdadero. Lo tuve, y lo perdí, la perdí para siempre-.

“Conozco más de la eternidad que el propio fin, vivo rodeado de oscuridad, siempre esperando un solo rayo de luz que me guíe. Conozco más de la vida, que su propio creador, he visto miles y miles de vidas apagarse en solo un instante; y otras tantas nacer. Conozco cientos de millones de historias, más de las que pudiesen estar en un libro. He vivido tanto tiempo, esperando que un solo recuerdo me alcance. Conozco muchas formas de esconder una lagrima o una mentira. Puedo parecer un ser cruel si quiero, pero siempre estaré para ti, esperando el día en que te encuentre, o mi alma sea arrebatada al fin. Siempre te amaré, y nunca entenderé la crueldad de tu dios, obligarme a vivir toda una eternidad… pero sin ti… Dianela… “

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Continuará…

Medianoche: Las alas del cuervo es un cuento fantástico largo publicado por Elvis Huanca Machaca en EnCuentos. Cuentos en partes

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