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La ronda continúa «Contaban con la compañía y protección de don Manuel —el vigilante— quien garantizaba la seguridad de los vecinos…»

En «La ronda continúa«, Alberto Suárez Villamizar nos presenta a don Manuel, un vigilante cuya presencia asegura la paz y la seguridad en un barrio asediado por la delincuencia. Vestido con un viejo uniforme militar y armado con una carabina, don Manuel se convierte en el guardián nocturno, ofreciendo su protección a cambio de un modesto pago. Su historia, envuelta en misterio y dedicación, revela no solo un compromiso inquebrantable con la comunidad, sino también un legado que perdura más allá de su vida.

La ronda continúa

Don Manuel -el vigilante-. La ronda continúa - Cuento

¡Gracias don Manuel!, usted es muy amable.

No se preocupe señora, sólo estoy cumpliendo con mi deber —respondía el vigilante.— En todo caso, que tenga buena noche —se despedía su interlocutor entrando a su casa.

Era el ritual de los habitantes del barrio, que por alguna razón llegaban a altas horas de la noche a sus viviendas, y contaban con la compañía y protección de don Manuel —el vigilante— quien garantizaba la seguridad de los vecinos, y durante muchos años cumplió su labor a cambio de algún dinero que recibía como pago por su servicio, dinero que se convertía en su medio de subsistencia.

Pero, ¿quién era Manuel?

Cuentan los antiguos habitantes del sector que un día apareció un hombre mayor, que vestía un viejo uniforme militar, y portaba en su hombro izquierdo una vieja carabina; quien relató que había sido combatiente de la guerra civil, y como recuerdo de su participación, decidió no entregar las prendas que llevaba como miembro de las fuerzas armadas, ni el arma utilizada en la contienda.

Luego de reunir a los vecinos en el parque del sector, anunció el motivo de su presencia: “vengo a brindarles seguridad a todos, a cambio de un aporte voluntario como recompensa a mis servicios” —pronunció con voz firme y segura. Los asistentes a la improvisada reunión aceptaron el ofrecimiento, cansados de ser victimas de delincuentes que con frecuencia los asaltaban, hurtándoles sus pertenencias, cuando transitaban por las calles solitarias, luego de cumplir con su jornada de trabajo y regresar al hogar.

Para cumplir su objetivo don Manuel utilizaba un silbato que hacía sonar para anunciarse durante el recorrido por las calles, y en otras ocasiones, al observar algunos sospechosos que merodeaban por el lugar hacía una detonación al aire, con la vieja carabina, convertida ahora en su arma de dotación. Nunca se le conoció familiar alguno, ni sitio de residencia, y los habitantes del barrio empezaron a pagar al buen hombre por la vigilancia y, además, lo acogieron como un miembro más de la comunidad. Todos los días durante muchos años, cuando las primeras sombras de la noche empezaban a caer, aparecía en las calles.

Así lo vieron envejecer, hasta cuando llegó el momento en que pagaban no tanto por su vigilancia, sino como una manera de ayudarlo, pues su avanzada edad le impedía enfrentar a cualquier malhechor que apareciera por allí. Sin embargo, la tranquilidad siguió reinando hasta el día de su muerte, cuando entre todos los habitantes debieron recolectar el dinero necesario para sufragar los gastos del sepelio.

Después de su desaparición los residentes del lugar no le buscaron un vigilante de reemplazo, y han notado que la delincuencia no ha regresado y reina la seguridad debido a que —aseguran ellos — en las noches se escucha el sonido del silbato que utilizaba Manuel, anunciando su ronda, y que ahora convertido en un fantasma —según dicen los mayores —continúa cuidando las calles. También es frecuente el alboroto de los perros, cuando a lo lejos se oye la detonación de un arma de fuego.

Dicen que los malhechores no han regresado, por temor a encontrarse en su camino con “el espanto del vigilante”, desde cuando encontraron a dos de sus compinches tirados en el suelo sin sentido, contando haber pasado un tremendo susto la noche anterior; además comentan ser esa la causa que llevó a perder la razón de uno de sus compinches a quien llaman el “loco Luis”, tras sufrir una fuerte impresión al encontrarse con el fantasma, en una noche de luna llena, que se atrevió a volver por el barrio.

Fin.

La ronda continúa es un cuento del escritor Alberto Suarez Villamizar © Todos los derechos reservados. Prohibida su reproducción total o parcial sin la expresa autorización de su autor.

Sobre Alberto Suárez Villamizar

Alberto Suárez Villamizar - Escritor

Alberto Suárez Villamizar nació el 27 de enero de 1958 en la ciudad de Bucaramanga, departamento de Santander, Colombia. Cursó sus estudios de enseñanza básica media hasta finalizar en 1976, en Bucaramanga. Actualmente trabaja con empresas de ingeniería civil que se dedican a la construcción y mejoramiento de vías.

“Escribo por Hobby, y mi mayor satisfacción es que mis escritos lleguen a todas aquellas personas amantes de la lectura”.

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