Venus es un unicornio 🦄 un caballo mágico que se les presenta a los niños juiciosos y amables…

Por Francisco Javier Arias Burgos. Cuentos de fantasía para niños y niñas.

Mía era una niña como cualquier otra. Bueno, no como todas, ella tenía dos cualidades muy buenas e importantes: era amable y juiciosa, y esto la haría acreedora de una recompensa llamada Venus. Veamos qué trae este fantástico cuento del escritor colombiano Francisco Javier Arias Burgos. Una historia recomendada para niños y niñas de todas las edades.

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Venus

Mía jamás había visto un animal tan hermoso como el que de pronto apareció en el patio donde solía jugar con sus amigos Fox y Teo, sus perros preferidos, que en este momento no estaban con ella. Mía conocía muchos animales: vacas, aves, peces, abejas… pero a este nunca lo había visto ni siquiera en la televisión o en los libros de cuentos que tenía en su biblioteca.

El animal era más pequeño que los caballos que a veces veía; era completamente blanco, con la cola corta y encrespada, la crin trenzada, ojos grandes de un azul como el del cielo que la miraban con mucho cariño. Y se veía muy fuerte y esbelto. Tenía alas, algo que la asombró aún más porque ella estaba segura de que los caballos no tienen alas, solo las había visto en las aves, en los murciélagos y en algunos insectos. Ah, y en los aviones, cómo no.

Estaba tan fascinada que solo después de un rato notó en la frente del hermoso animal algo que la intrigó todavía más: ¡Un cuerno! Pero no un cuerno como los de las vacas, ni como los de los renos de Santa Claus, ni como los de los venados. Este cuerno era de un color plateado que cambiaba a verde, o a rojo o a violeta, según desde donde se le mirara. No tenía una punta como los cuernos que ella conocía: este portaba una estrella y despedía unos rayos que formaban un arco iris de hermosos colores.

Mía corrió a la casa y llamó a sus papás, que estaban muy entretenidos viendo televisión con Raquel, su prima favorita.

¡Papá, mamá, Raquel, vengan a ver lo que hay en el patio! ¡Corramos antes de que se vaya!

Se levantaron de sus sillas y corrieron tras ella. María José, su mamá, tropezó con la mesa de la sala y tumbó un florero que se volvió añicos al caer; Juan David, su papá, olvidó una de sus chanclas y salió medio descalzo. Se dio un golpe en el dedo pequeño del pie derecho contra la pata de una silla. Raquel, que era muy ágil, salió sin problemas a ver qué era lo que Mía quería mostrarles.

Papá, mamá, ¿Cómo se llama ese animal tan bonito?

No tengo ni la menor idea, mi niña. Puede ser un caballo disfrazado para la noche de las brujitas, que es hoy. Tal vez tu mami sí sepa.

Yo tampoco lo sé. Es la primera vez que veo un animal tan raro. Creo que tu papi tiene razón, princesa. Es por la fiesta de esta noche.

– ¡Yo sí lo sé!”

Era la voz de Raquel, a quien nadie le había preguntado.

Es un unicornio, el caballo mágico que se les presenta a los niños juiciosos y amables. Vive en una tierra muy lejana llamada Eulandia. Yo tengo el mío, que se llama Júpiter y es mi mejor amigo.

Nunca nos has hablado de tu unicuerno, Mía. ¿Por qué?

Unicornio, tío, u-ni-cor-nio. Está acordado entre Júpiter y yo que guardaríamos el secreto. Él nunca les ha hablado de mí a sus amigos. Solo a sus padres. Siempre me acompaña, aunque nadie lo vea. Me cuenta historias y me enseña juegos nuevos. Y cuando me enojo o estoy triste él me devuelve el buen humor.

Mía no había dicho nada. Estaba encantada con el unicornio: lo miraba y daba vueltas a su alrededor sin acercarse. A su vez, el hermoso animal la contemplaba con serenidad, inmóvil. No quería asustar a la niña. Era la primera misión que su rey le había asignado y debería ser muy delicado con ella.

¿Y qué nombre vamos a ponerle?” preguntaron al unísono.

¡Estrella!

¡Lucero!

¡Nieve!

Ninguno de los tres entusiasmó a Mía, que negaba con la cabeza al oír los nombres que proponían su papá, su mamá y Raquel.

¡Venus! ¡Va a llamarse Venus! -este fue el nombre que Mía decretó.

El unicornio aprobó con un elegante movimiento de cabeza, se acercó a Mía y se inclinó como invitándola a subirse sobre su lomo. La niña miró a sus papás, que era lo que hacía cuando necesitaba su permiso para hacer algo que lo requiriera.

¡Anda, mi niña, súbete a tu Venus, no temas!

Más se demoró Juan David en decirlo que en Mía estar sentada sobre el lomo de Venus, agarrada con firmeza a su crin y con sus piernas bien aseguradas bajo las alas de su nuevo amigo, que empezó a caminar con suavidad, a paso lento para no asustar a la valiente niña. Lo que no sabía es que Mía no conoce el miedo. La prudencia, tal vez, pero miedo… ¡Nunca! Ella es muy valiente.

La caminata pronto se convirtió en un trote suave y luego en un galope que Mía celebraba con una alegría inmensa, riendo sin parar y espoleando a Venus para que corriera más rápido. De repente el unicornio desplegó sus alas y se elevó a corta altura, y siguió subiendo a cada vuelta que daba, sin alejarse demasiado. Mía no podía creerlo: ¡Estaba volando!

Empezó a descender poco a poco y se posó en el suelo con mucha delicadeza. Juan David, María José y Raquel no salían de su asombro. Estuvieron todo el tiempo pendientes de su valerosa hija y se olvidaron de todo lo demás.

¡Hagamos un video y lo compartimos con nuestros amigos! -dijo Juan echando mano de su teléfono celular.

En el momento que prendió su equipo para empezar a filmar, sucedió algo inexplicable: Mía aparecía montada en un burro común y corriente, con las orejas caídas a los lados, flacuchento y peludo.

¿Qué pasó aquí? -preguntaron extrañados los papás y Raquel.

Mía entendía menos. Estaba confundida y algo asustada. Abrió sus brazos y los estiró hacia su padre para que la bajara. No porque tuviera miedo, sino porque se sentía incómoda en su nueva montura.

Venus se convierte en burro
Foto por Toper Domingo

El burrito los miró y se alejó a paso lento, volviendo su cabeza de vez en cuando como diciendo adiós. Pero no se fue. Se instaló debajo de un árbol de aguacate y se echó a descansar como los asnos viejos. Como ya era tarde y todos tenían hambre, entraron a la casa.

Estaban callados. Juan, como por romper el hielo, dijo que tal vez fue el calor del día el que les hizo creer lo que había pasado. María José, sin responder, abrió las cajas de comida que había pedido. Raquel se rascaba la cabeza tratando de encontrar una explicación, porque ella estaba segura de haber visto el unicornio. Júpiter, su unicornio, no era un invento suyo.

Mía no comió con la familia. Cogió su comida y la envolvió en papel aluminio para que se conservara calientita, fue a la cocina por dos zanahorias, un poco de arroz y una botella de agua y les dijo a sus papás que comería en su pieza, cuando tuviera hambre. Nadie se opuso. Raquel se ofreció a acompañarla, pero Mía le agradeció y le dijo que prefería estar sola y que ya hablarían al día siguiente.

Pero no se acostó a dormir. Salió por la ventana que daba al patio, muy en silencio, asegurándose de que nadie la viera. Se dirigió a toda prisa al árbol debajo del cual se había tendido el burrito. No estaba ahí. Todo estaba oscuro. De todos modos, dejó ahí la comida. Tal vez el burrito la comería más tarde.

Ni al día siguiente ni en los que vinieron después se volvió a mencionar el asunto. Sin embargo, en los ojos de Mía se notaba algo de tristeza. El unicornio se había instalado en su cabeza y en su corazón. Conservaba la esperanza de volver a verlo, de repetir la aventura de esa inolvidable tarde. Salía al patio, se sentaba a jugar con Teo y con Fox, retozaba con Raquel. No lloró, no se enojó. Se quedaba mirando hacia el lugar donde Venus había aparecido antes.

Pero los días pasaban y Venus no llegaba. Mía volvió a la escuela después de las tres semanas de vacaciones que disfrutó mucho y siguió siendo tan juiciosa como siempre. Su profesora la quería mucho porque Mía era muy amable con ella y con sus amiguitas, siempre llevaba las tareas y aprendía con rapidez. Raquel le había aconsejado que no hablara con nadie de su unicornio, porque esa era una regla de oro que había que cumplir. Mía siguió ese consejo al pie de la letra.

Ya sentía un poco de desesperanza porque había transcurrido mucho tiempo desde la tarde que conoció a su unicornio. Pero seguía pensando en él. Tanto, que lo dibujó en algunos de sus cuadernos. Hizo unos cuadros muy bonitos de su amigo y los miraba, les hablaba, los pulía una y otra vez. A menudo soñaba que conversaban y jugaban sin descanso. Cuando eso sucedía, Mía se levantaba muy alegre y con muchas ganas de ir a la escuela.

Una tarde algo lluviosa, pero no fría, porque en ese pueblo el clima era caliente, jugaban al escondite Mía, Juan David, María José y Raquel. A Mía casi nunca la encontraban porque siempre cambiaba de escondite; solo Teo y Fox sabían encontrarla. Ese día se ocultó tras una roca alta detrás de la cual corría un arroyo. Sintió que los arbustos se movían y se asustó un poco. Quiso salir de su escondite solo por precaución, porque no era miedo lo que sentía. Esperó. Oía las voces de sus padres y de su prima, que la llamaban en voz alta.

Hola, Mía.

Entendió el saludo con toda claridad, pero no se escuchaba ninguna voz. Era más bien como una canción en su cabeza. Miró a los lados, arriba, atrás: no veía a nadie. Y de improviso, de entre los arbustos, emergió Venus más bello que la primera vez. O eso le pareció, tal vez por la emoción que sintió. Corrió a abrazarlo y le dio un beso en la frente.

Antes de pasearte debemos hablar sobre algo muy importante -seguía diciendo esa música que entendía como palabras.

Mía se sentó y escuchó con atención.

Soy tu unicornio, Mía. El rey de mi país me ha encomendado la misión de acompañarte por el resto de tu vida como premio a tu bondad, a tu alegría y a tu generosidad. Le conté lo que pasó cuando me transformé en un burro ordinario y se alegró mucho al saber lo que hiciste. No me despreciaste por ser un asno, no te enojaste ni lloraste. Pero había que esperar algún tiempo para estar seguros de ti. Pasaste la prueba.

Debes decirles a tus padres que nadie puede enterarse de nuestra amistad y por eso tienen que olvidarse de hacer videos o fotos de nosotros. Todo debe quedar en familia. Ve y cuéntales lo que acabo de decirte. Es una condición ineludible. Acá te espero. Teo y Fox ya lo saben. Además, les tengo una sorpresa.

Mía corrió como nunca. Apareció gritando de alegría, riendo, bailando y haciendo piruetas. Les habló a sus padres con toda amabilidad, pero con firmeza. A Raquel no había necesidad de decirle lo que Venus le pidió, Júpiter ya se lo había dicho.

Regresó con Teo y con Fox, que estaban tan alegres como ella. Montó en Venus, se aferró a su crin como la primera vez y volaron hasta donde sus padres los esperaban ansiosos. Desde entonces han sido inseparables. Mía se hace cada vez más grande y hermosa, siempre amable y alegre. La sorpresa llegó un poco más tarde: Júpiter, el unicornio de Raquel, se les unió en la celebración.

Fin.

Venus es un cuento del escritor Francisco Javier Arias Burgos © Todos los derechos reservados.

Sobre Francisco Javier Arias Burgos

Francisco Javier Arias Burgos - Escritor

Francisco Javier Arias Burgos nació el 18 de junio de 1948 y vive en Medellín, cerca al parque del barrio Robledo, comuna siete. Es educador jubilado desde 2013 y le atrae escribir relatos sobre diversos temas.

“Desde que aprendí a leer me enamoré de la compañía de los libros. Me dediqué a escribir después de pensarlo mucho, por el respeto y admiración que les tengo a los escritores y al idioma. Las historias infantiles que he escrito son inspiradas por mi sobrina nieta Raquel, una estrella que espero nos alumbre por muchos años, aunque yo no alcance a verla por mucho tiempo más”.

Francisco ha participado en algunos concursos: “Echame un cuento”, del periódico Q’hubo, Medellín en 100 palabras, Alcaldía de Itagüí, EPM. Ha obtenido dos menciones de honor y un tercer puesto, “pero no ha sido mi culpa, ya que solo busco participar por el gusto de hacerlo”.

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