Blancarrosanieves de moll. Cuentos clásicos


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Blancarrosanieves de moll es una versión del cuento de la colección cuentos clásicos de nuestra escritora María Alicia Esain. Sugerido para niños de todas las edades.

Blancarrosanieves de moll. Alicia Esaín, escritora argentina. Versión libre del cuento clásico Blancanieves y los siete enanitos.

Una vez, en un castillo frente a la plaza de Moll, vivían un rey y una reina. Eran bastante felices. Les faltaba solamente tener hijos para serlo de manera completa.

Una mañana, cuando la reina estaba cosiendo un matambre arrollado con que quería agasajar a su marido, se pinchó un dedo con la aguja gruesa con que lo hacía siempre. Una gota de sangre brotó, mientras ella miraba hacia la plaza por la ventana de la cocina. Era primavera y los rosales estaban florecidos en todo su esplendor. Al contemplarlos la reina pensó:

-“¡Oh! Cómo me gustaría tener una nena con labios rojos como mi sangre y con las mejillas suaves como las rosas de la plaza!”

Nueve meses después, la reina era mamá de una niña: pelo negro, labios rojos y piel muy blanca-a la reina le gustaba mucho esquiar, también- y aterciopelada como pétalos de flores. Tenía asimismo un suave rosado en las mejillas y la nariz hacia arriba como una chanchita.

¡Era preciosa! Los reyes se sentían ahora muy dichosos. Decidieron llamarla Blancarrosanieves. Fue entonces que Blancarrosanieves González de Moll comenzó su vida principesca.

Pero unos años más tarde algo terrible sucedió. A la reina se le ocurrió hacer dulce de higos y probarlo cuando todavía estaba caliente. Le hizo tanto mal, que se empachó y se murió. El rey estaba desconsolado. ¿Quién criaría a la pequeña Blancarrosanieves?¿Quién le plancharía el poncho para ir los domingos al boliche a tomarse un vermucito?¿Quién le haría el matambre arrollado?…

Se buscó una nueva esposa y al poco tiempo Blancarrosanieves estrenó vestido con festones y madrastra. Al principio todo marchó de maravillas. La nueva esposa del rey sabía manejar bien el palacio y se ocupaba cuidadosamente de su hijastra. La mujer era muy bella y vanidosa, tanto, que todos los días se miraba en un espejo mágico y le preguntaba:

-“Espejito, espejito, ¿quién es la mujer más hermosa del mundo?”

-“Tú, mi reina”- le contestaba el espejo y parecía un poco chupamedias.

Una mañana, sin embargo, el espejo cambió su respuesta. Al escuchar a la reina, como todos los días, se acordó de Blancarrosanieves, que tenía ya quince años y era linda como una modelo de Pancho Dotto. Fue entonces que contestó:

-“La más linda del mundo es Blancarrosanieves, la chica que vive en tu castillo”.

A la reina le agarró un ataque de urticaria de la rabia. Mientras se rascaba a cuatro manos, ideó un plan y mandó llamar al peón que le traía la leña para los asados. Con una mirada llena de relámpagos le ordenó:

-“Decile a Blancarrosanieves que te ayude a traer leña con la carretilla. Vayan hasta el monte de talas y cuando esté distraída, le das un buen hachazo en la cabeza. Quiero asegurarme de que cumplas con lo que te ordeno, así que como prueba, me traés su corazón en un tarrito.

Al peón no le gustaba nada el mandado, pero le dio tanto miedo la cara de la reina que la llamó a la chica, tomó el hacha y la carretilla y se fueron al monte. Allí la vio tan linda e inocente que no pudo matarla…¡Era una locura! Le confesó a la princesita el tremendo plan de la madrastra y decidió volver al castillo. Así que se hizo el sonso, esperó que se pusiera oscurito y la dejó entre los árboles, para que la cuidaran la luna y las lechuzas.

La pobre Blancarrosanieves se quedó allí sola, toda la noche y tan muerta de miedo que ni se movió. A la mañana siguiente vio un ranchito un poco lejos, como para el lado del arroyo La Salada y hacia él se dirigió… Era un rancho petiso, bastante lindo y muy desarreglado. Es que allí vivían los siete enanos domadores famosos por todo el pago. Trabajaban amansando los caballos de los campos vecinos y no tenían tiempo para ocuparse de las tareas de la casa. Así que la chica abrió la tranquera, caminó hasta la puerta del rancho y tocó el timbre…No salió nadie.

Vio semejante desorden que entró sin esperar más y se puso a limpiar. Acomodó siete catres iguales con siete cueros de oveja; fregó como setenta platos que estaban sucios desde la última doma nocturna; barrió el piso de tierra; cortó unas flores amarrillas- de ésas que crecen solas- las puso en un frasco con agua; hizo un guisito y cuando volvieron los enanos, los estaba esperando con el mate preparado y una fuente de tortas fritas.

Los domadores no podían creer lo que veían…¡El rancho estaba hecho un primor! Así que, después de escuchar la triste historia que la chica les contó, resolvieron contratarla para ocuparse de todo lo que ellos no podían hacer por falta de tiempo y abundancia de dolor de huesos, después de tanto potro bellaco. Los meses fueron pasando, Blancarrosanieves vivía muy tranquila en el rancho petiso, tenía un lindo catre nuevo para ella sola y los enanos la querían mucho.

Tanto, que siempre le pedían que no se alejara demasiado. Les aterrorizaba pensar que un día apareciese nuevamente un peón con un hacha encargado de terminar con su nueva amiga. Por las dudas, ellas les hacía caso y no iba más allá del puente viejo. Mientras tanto, en el castillo enfrente de la plaza, la malvada madrastra se había convencido que todo había salido perfecto.

El peón, cuando había vuelto con la leña de tala para el asado, le había traído en un tarrito un corazón- de liebre, en este caso-pero ella ni se lo imaginaba. Pasado un tiempo, una mañana en que le hacía al espejo la pregunta de todos los días, éste volvió a decirle que no era la más hermosa.

No sólo eso, también le expresó que la más bella del reino era Blancarrosanieves, la chica que vivía en el rancho petiso de los siete enanos domadores, por el monte de talas, cruzando el puente viejo del arroyo La Salada. A la reina se le cocinó la rabia en la cabeza y volvieron a salir de sus ojos los relámpagos.

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Con toda su maldad elaboró un nuevo plan para acabar de una vez por todas con su rival, la pobre Blancarrosanieves, que nada le había hecho, sólo ser linda como las flores de la plaza. La madrastra, más llena de odio que nunca se disfrazó de vieja curandera y se fue en sulky hasta el rancho petiso.

Llegó, se bajó del él, lo ató y comenzó a llamar a la princesa. Cuando ésta salió del rancho, haciéndose la inocente le pidió un gajito del malvón que había en una lata de dulce de batata a la entrada del rancho. Como Blancarrosanieves era buena y respetuosa se lo dio. Entonces la falsa curandera la convidó con pedacito de chorizo seco y galleta que llevaba en una bolsa. A su hijastra la enloquecía comer eso, sobre todo acompañado con mate amargo.

Desde que había tenido que vivir escondida no había probado lo que tanto le gustaba, así que aceptó la invitación de inmediato…Ahí fue que la maligna mujer se sintió feliz…¡El chorizo estaba envenenado y a los pocos minutos Blancarrosanieves cayó redondita sobre el piso del rancho!

La madrastra se volvió satisfecha a su palacio de enfrente de la plaza ¡Volvía a ser la más hermosa! Al poco rato volvieron los enanos domadores a su casa. Se habían ido a una jineteada que había en Luján y habían sacado un montón de premios ¡Cómo se les cambió la cara al llegar al rancho y encontrarse con tan terrible escena! ¡Su querida amiga había muerto!

Entre todos la colocaron en un cajón de cristal y la llevaron a enterrar mientras lloraban desconsoladamente. En eso estaban cuando apareció un príncipe que había salido campeón en el Festival de Jesús María. Ver a la hermosa chica y enamorarse fue todo uno. Se le antojó darle un beso de tan enamorado.

Mientras lo hacía, uno de los enanos tropezó con la raíz gruesa de un ombú y ¡Patapum!, se sacudió el cajón de cristal como si estuviese sobre un potro y…¡Milagro! Blancarrosanieves largó el pedacito de chorizo que tenía atragantado en la garganta y reaccionó: -“¿Qué pasó?¿Dónde estoy?¿Dónde me llevan?¿Éste quién es?¡Qué ganas de tomar mate!”

El príncipe, ni lerdo ni perezoso, sacó el equipo de mate que llevaba y le alcanzó un amargo, mirándola con ojos de carnero degollado-que es la forma en que miran los enamorados. También agarró la guitarra y empezó a cantarle una canción de amor muy romántica. (Con la música de la ranchera “El caballo verde”)

Yo me estoy enamorando de esta muchacha que tiene la cara blanca cual mis bombachas

Yo quisiera darle un beso y un pellizcón.

Y si así la resucito me pongo a tocarle un buen pericón. (estribillo)

Yo le quiero cantar y con ella bailar y darle un alelí, viajar a Chajarí

Y que comente la gente: (estribillo)

“Es inteligente pa’ novia buscar”.

Blancarrosanieves chupó la bombilla y dijo:

-¡Qué rico mate! ¡Qué bien cebado! …

Y cayó rendida de amor ante el príncipe. Éste, inmediatamente le propuso casamiento, la subió en ancas y se la llevó al pueblo, para buscar un cura que los casara. Los siete enanos domadores, mientras tanto organizaron la fiesta: asaron lechones, corderos y unos cuantos costillares de vaca.

También compraron como mil damajuanas de buen vino. ¿La madrastra? A ésa, bien vigilada, la pusieron a amasar empanadas y pasteles para todo el pueblo, ya que viejos, chicos, hombre y mujeres, todos estaban invitados al casamiento. Cuando terminó, le ataron al sulky una yegua vieja y la echaron para siempre del pueblo, ¡que se quedara sola como vaca mala!.

Los siete enanos se zapatearon un malambo como para reventar un hormiguero en homenaje a los recién casados. El príncipe y Blancarrosanieves bailaron en la fiesta hasta que el sol les avisó que había que hacer el tambo. Se fueron luego a su rancho, donde vivieron felices para siempre.

Y Colorín, Colorol, así terminó el cuento de Blancarrosanieves González, princesa de Moll.

Fin

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