Día de los muertos. El tío contó la historia de doña Leonor, una vecina de ellos que tuvo un trágico final.

Por Pablo Rodríguez Prieto. Cuentos de miedo para adolescentes

Se aproxima el 1 de noviembre, la fecha de la celebración del Día de los muertos, lo que para algunas iglesias cristianas se conoce como “Día de los Fieles Difuntos” y para acompañar esta tradicional celebración, el escritor peruano Pablo Rodríguez Prieto nos obsequia este impresionante relato en que Leonor, una entretenida vecina del pueblo, muere en una situación bastante desgraciada, y esto hace que su alma no descanse eternamente en paz. Es un cuento recomendado especialmente para adolescentes y adultos.

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Día de los muertos

Día de los muertos - Cuento de miedo

Deberíamos entender que nosotros éramos invitados en la casa. El tío Bernabé, en el desayuno de todos los domingos, lo repetía. Por lo tanto, en teoría, deberíamos ser atendidos de la mejor manera. La tía era la encargada de hacer nuestra estadía placentera y cada día se esforzaba por alcanzarnos elementos útiles que nos pudieran servir toda la vida.

La visita al cementerio fue programada con bastante anticipación, por lo que encargó a una de las vecinas que frecuentemente viajaba a Paiján y Chocope por negocios, para que le trajera un atado de las mejores flores que pudiera encontrar.

– “¿Y hasta cuánto está dispuesta a pagar caserita?” –preguntó la señora que ya la conocía por ser regatona y tacaña.

– “¡Que insolencia!” -respondió la tía y se retiró.

La neblina cubría el puerto.

Las nubes no corrían como en otras oportunidades, éstas estaban quietas. El frío era intenso cuando me desperté. Al tratar de abrir la puerta que daba al patio, la volví a cerrar.

Una pared blanca estaba frente a mí, me asusté y corrí a despertar a mi hermano Oswaldo. Mala elección, pues por más que lo sacudí y le di golpes en el rostro no despertó. Me quedé sentado un rato, mientras mi corazón latía aceleradamente.

Miguelito se despertó y preguntó que pasaba. Yo le dije que algo había afuera en la puerta. Me quedó mirando, creo que no me entendió. El sueño pudo más y se dejó caer sobre la cama quedándose dormido nuevamente.

Afuera las gallinas comenzaban a caminar, y pensé una vez más en el gallito dormilón que mi padre siempre hacía referencia al despertar antes que él. El gallo no cantó esta mañana, estaba ocupado en otros quehaceres, las gallinas corrían de un lado para otro, mientras que él golpeaba el piso con las patas y con el ala soltando unos sonidos graciosos. Algunos pollitos corrían asustados buscando refugio.

Tenía que ir por el pan, el miedo a la ira de la tía pudo más, así es que decidí salir. Tenía que hacerlo, primero me acerqué a la ventana que estaba junto a la cama y por una pequeña rendija traté de ver hacia afuera. Nada, no se veía nada.

El frío que sentía era cada vez más intenso, agravado por el miedo.

Salí del cuarto y me dirigí a la cocina, armado de valor por cumplir con mi deber. Al llegar a la puerta el miedo me detuvo. Abrí la puerta y me retiré corriendo hacia mis hermanos. La neblina seguía ahí, me reí solo y traté de ver si había algo más, no se movía nada.

Al salir a la calle, solo se podía ver dos pasos adelante, trataba de silbar para armarme de valor, pero el bendito silbido no salía. Soplando, más que silbando caminaba a grandes trancos, tratando de llegar a la casa donde estaba la señora del pan.

Tal como estaba programado, después de tomar desayuno fuimos al cementerio por primera vez durante nuestra estadía en este pueblo. La tía tenía la cabeza cubierta con la mantilla que llevaba puesta la primera vez que la vi.

A la entrada del camposanto una enorme cruz nos dio la bienvenida y fue allí donde depositó la mayor parte de las flores que llevaba. Nos hizo arrodillar y nos pidió que rezáramos por el alma de nuestra madre.

Oswaldo no se arrodilló y comenzó a llorar, yo la obedecí presionado por el peso de su mano sobre mi cabeza, Miguelito se arrodilló junto a mí y también se puso a llorar por que él quería estar al lado de Oswaldo.

Luego avanzamos entre varias cruces que había en el suelo.

Algunas personas, en cuclillas limpiaban el lugar donde estaban, arreglaban la cruz que estaba caída y depositaban unas ollas en el piso.

Eran las diez de la mañana, porque así lo escuche decir a un señor, y la neblina aún permanecía quieta sobre nosotros. La tía arrodillada sobre una tumba, arreglaba lo mejor que podía las flores que había llevado, luego se persignó y murmuraba algo que no pude entender.

Cansado por la espera, me senté en un montículo de tierra que había en el lugar, con la vista traté de ubicar a Oswaldo, seguía parado frente a la cruz grande de la entrada y se frotaba los ojos de cuando en cuando. Miguelito estaba junto a él jugando con una lata que encontró en el lugar.

La mañana avanzaba y también el número de personas que visitaba el lugar. Me quedé pensando, porque siendo un lugar tan visitado no lo había notado antes. Sabía que existía el cementerio, pero nunca nos habíamos acercado a él.

Tampoco nunca había visto tanta gente reunida aquí.

Un grupo de personas llegó al lugar con un violín que sonaba lúgubre y desentonado, era frotado por un señor que tenía la boca llena de un bolo verde que masticaba dejando escapar un hilillo de líquido verdoso al que recogía absorbiéndolo con sonoros movimientos de sus labios.

Los que lo acompañaban bebían un líquido transparente, de la misma botella que pasaba de mano en mano luego de dar un sorbo cada uno. Los quedé mirando bastante tiempo, hasta que la mano de mi tía cogió una mis orejas y de un tirón me hizo caminar.

– “Estás sordo muchacho” -gritaba tratando de hacer escuchar su voz sobre el sonido del violín.

A la salida del camposanto, nos reunimos con mis primos que habían llegado al lugar, cada uno de ellos tenía en la mano un alfeñique que su mamá les había comprado, mis hermanos también comían la dulce golosina. Pude ver que Raúl, José y Néstor comían uno entero, mientras que Oswaldo y Miguel solo la mitad. Y solo una mitad, me tocó a mí también.

El lugar era una feria, muchos vendedores de golosinas y de comida se acomodaban en el lugar y la cantidad de gente aumentaba conforme avanzaba la mañana. Algunas niñas ofrecían flores multicolores a los que recién llegaban, corriendo y empujándose entre ellas.

La neblina permaneció sobre el pueblo hasta cerca del mediodía.

El almuerzo de feriado fue servido en la mesa grande y el tío no olvidó su monólogo de costumbre. Esta vez hablaba sobre la inmortalidad.

– “Los grandes hombres son recordados más allá de la muerte, por sus obras, por sus gestos o por sus actos; lo que marca la diferencia con los demás mortales. Son éstos los que fijan el rumbo de la humanidad, ya que su paso por este mundo deja un sendero, un señuelo, para que los que los sigamos, tratemos de alcanzarlos por nuestro propio bien. Los líderes, los verdaderos líderes hacen su pininos en estos menesteres”.

– “Pero, pero ¿dónde están?” -se preguntaba mientras se frotaba la cabeza alisando sus cabellos con las dos manos.- “Nuestra sociedad sufre de ello, todos pretenden serlo y se desvanecen enfrentándose en luchas in fraternas” -tragó saliva y bajó el volumen de su voz mientras seguía hablando por un rato más y luego calló, quedó pensando en sus propias palabras, reclinando el rostro sobre sus manos, con los codos apoyados sobre la mesa, parecía triste. Soltó un suspiro y se levantó.

Por la tarde los tíos y mis primos se sentaron en la terraza que tenía la casa en la parte delantera.

A los huérfanos no nos invitaron, pero de a pocos nos fuimos acercando para escuchar lo que conversaban. Raúl contaba una historia de almas que recorrían las calles por las noches, la tía afirmaba con la cabeza lo que su hijo decía.

El tío contó la historia de doña Leonor, una señora que era vecina de ellos y que tuvo un trágico final.

– “Era la festividad de la patrona del pueblo” -comenzó su relato el tío-. “La fiesta estaba amena y se había prolongado hasta muy tarde. Todos los asistentes estaban ebrios. Doña Leonor bailaba con todos los invitados menos con el marido; actitud que enojó al vecino por lo que se dedicó a beber abundante aguardiente,” -continuó tras un breve silencio-.

– “Los que estaban allí contaron que en un momento que nadie recuerda, doña Leonor se retiró de la fiesta cerca de la diez de la noche. El marido que estaba con una borrachera avanzada la siguió como pudo, hasta que al tratar de abrir la puerta de su casa ésta se hallaba abierta, al entrar tropezó con un hombre que estaba tirado en el piso; lo pateó varias veces sin reconocer quien era, como quiera que el sujeto no se movía, se dirigió a su dormitorio donde su señora dormía profundamente, atravesada sobre la cama”.

– “Fue entonces, que le sobrevinieron tremendos celos. En ese estado semiconsciente y embrutecido por el alcohol, salió a buscar en la huerta una barreta de metal que usaba para remover la tierra. Primero atacó a su mujer, quien ante el primer golpe reaccionó dando gritos desesperados, al tercer o cuarto golpe se calló para siempre”.

– “Luego fue a buscar al desdichado que dormía en la sala plácidamente, quien, por las patadas como por los gritos, se había levantado sin entender que es lo que estaba pasando. Recibió un solo golpe y se desmayó. El agresor creyéndolo muerto, salió del lugar para seguir bebiendo. Sus ocasionales acompañantes le preguntaron qué pasó en su casa y por los gritos que habían escuchado. Dio cualquier explicación”.

– “Al regresar a su casa, para ver cómo estaba su compañera, notó que el hombre que había golpeado ya no estaba. Se supo luego que, ebrio como estaba caminaba cogiéndose de las paredes para no caerse, la casualidad quiso que al pasar por la casa de doña Leonor la puerta estuviese sin asegurar y el infeliz cayó dentro; no pudiéndose levantar se quedó dormido”.

– “Al ir a ver a su mujer la encontró tirada en el piso sobre un enorme charco de sangre. Cobardemente, en vez de auxiliarla salió de ahí y huyó del pueblo”.

– “El escándalo al día siguiente fue grande, la familia de la señora juraba que buscarían al asesino hasta en el propio infierno, la policía se movilizó para encontrar al autor de tan horrendo crimen, pero nadie supo nada de él” -. Tosió el tío para ver la reacción de su audiencia y continuó-, “desde entonces el alma de la señora Leonor recorre las calles del pueblo llorando y llamando a su marido. Quienes la vieron dicen que tiene un hueco en la frente de donde sigue emanando sangre, la que limpia de cuando en cuando con el borde de su falda” -.

Tras las últimas palabras el tío calló.

Al terminar de escuchar su relato, quedamos todos en silencio. Quise retirarme, pero la noche ya cubría el pueblo y sentí miedo. Llegué a la conclusión que yo también había visto a doña Leonor por las mañanas cuando salí a traer el pan y la leche. Recordé que siempre me cruzaba con personas que caminaban en silencio frotándose los ojos, como saber cuál era doña Leonor y si en vez de frotarse los ojos lo que hacían era limpiar la sangre que corría por su cara. Me estremecí y me pegué aún más al grupo.

Fin.

Día de los muertos es un cuento del escritor Pablo Rodríguez Prieto © Todos los derechos reservados.

Sobre Pablo Rodríguez Prieto

Pablo Rodriguez Prieto - Escritor

“Soy un convencido que la lectura hace que los seres humanos seamos empáticos, con lo que se puede lograr un mundo más amigable y menos conflictivo. Sueño con un mundo mejor que el que tenemos hoy.”

“El Perú es un país muy rico en paisajes y destinos turísticos, con innumerables regiones y climas muy variados. Yo nací en Pucallpa, una ciudad de la región Ucayali en la selva. De niño, por el trabajo periodístico de mi padre radicamos en muchas otras ciudades, esto enriqueció mi espíritu de usos y costumbres muy disimiles que posteriormente se traducen en mi trabajo literario.

Mis inicios fueron escribiendo crónicas que las repartía entre mis amigos sobre experiencias locales que las denominaba “Crónicas de la calle“. Prefiero escribir cuentos, pero e incursionado en novela corta y poesía. Soy casado y tengo tres hijos quienes son mis mayores críticos. Cuando ellos eran niños jugaba a escribir sus ocurrencias diarias y casi siempre fueron desechadas, aún cuando guardo esas historias en mi memoria.”

Actualmente Pablo vive en Lima y desarrolla actividades vinculadas a las artes gráficas, tiene una imprenta familiar y en sus horas libres escribe de a poco.

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