El Cerro Encantado 🧝🏻 Allí viven unos duendes que secuestran a los niños que se paran a hablar con ellos y nunca regresan.

Por Yolanda Alonso. Historias de miedo para niños y adolescentes.

El Cerro Encantado es un intrigante y tenebroso cuento de miedo para niñas, niños y adolescentes de la escritora española Yolanda Alonso, en su primera contribución a nuestro sitio EnCuentos. Es un breve relato donde las historias de terror que se cuentan para asustar a los demás, en algún momento pueden convertirse en realidad. ¿Será este el caso?

Luego de leer este primer cuento de Yolanda, por favor, deja algunos comentarios (✍🏼), asigna una calificación con estrellas a esta publicación para que otros la encuentren en el sitio (⭐) y compártela con amigos y conocidos, especialmente niños y adolescentes, a través de tus redes sociales. También puedes descargarla como PDF y enviarla por correo electrónico, WhatsApp o Telegram (🙏🏼). ¡Gracias!

El Cerro Encantado

Una vez alguien dijo que donde haya niños existe una edad de oro. Una edad que jamás tendría que acabar. Ya está anocheciendo y se pone el cielo morado o por lo menos a nosotros nos lo parecía. Mis hermanos y yo éramos pobres y solo sabíamos jugar en la penumbra casi morada a asustarnos. Yo que era la mediana y solo pensaba en las flores, las estrellas y el río que brincaba agua clara y algún pez saltando. Mi hermano mayor nos contaba historias sobre el Cerro encantado.

Contaba que cuando salía el sol, el color del Cerro encantado era ocre y su tierra roja como la sangre. Allí vivían unos duendes muy pequeños que secuestraban a los niños que se paraban a hablar con ellos y que ya nunca regresaban. Entonces mis hermanos pequeños y yo empezábamos a temblar y a llorar.

Mi hermano mayor, no contento con el efecto conseguido, seguía diciendo más cosas:

Tened cuidado, hermanos, que también pasa la carreta de la muerte por nuestra puerta y sus ruedas viejas de madera hacen un ruido tan siniestro que se te mete en la cabeza. Si una noche se parase, te trasladaría y vosotros tampoco volveríais.

Todos mis hermanos aseguraban que oían la carreta yo temblaba y me costaba dormir después de esos relatos. Pero, aunque la luz era tenue y nadie me podía mirar, jamás oí la carreta, ni tampoco vi nunca ningún duendecillo, a pesar de que lo estaba deseando para ser igual que mis hermanos.

Arriba niños, que ya la rubia mañana abre sus doradas puertas y deja entrar los rayos del sol.

Nos bañábamos en nuestro río con jabón que nuestra madre hacía ella misma con pétalos de flores y nos perfumábamos con ramilletes de lavanda. Tardábamos una hora caminando hasta llegar a la escuela y, por el camino, íbamos cantando y saltando.

El camino era seco y polvoriento, lleno de zarzas a los lados. Según mi hermano mayor, los duendes se hacían invisibles y nos observaban, para elegir qué niños se iban a llevar. Entonces corríamos como los zorros, totalmente despavoridos, y llegábamos a la escuela sudorosos y llenos de polvo.

Ya estaba acabando la escuela y una tarde de regreso a casa iba yo un poco rezagada de mis hermanos, recogiendo florecillas silvestres para hacer un ramillete, cuando oí la triste melodía de una flauta que sonaba detrás de unos matorrales. Será un zagal, pensé para mí.

Ese verano la calle estaba tostada todo el día por el sol y, al anochecer, recibía las primeras sombras. Todos nosotros estábamos semidesnudos y nos bañábamos en el río bajo la luna, que era nuestra luz. Pasaron unas horas de juegos y frescura que hacían muy llevadero el calor.

Cuando íbamos a dormir, vi salir entre la vegetación un precioso y verdoso duendecillo, que se me acercaba muy despacio. Me miró con ojos tiernos, pero yo recordé las conversaciones con mis hermanos y corrí sin aliento hasta mi casa, golpeando la puerta y cerrando todas las aldabas.

Pasamos días muy calurosos y, semanas después de mi visión, yo ya no estaba segura de que fue cierta o sólo un producto de mi imaginación calenturienta.

Seguíamos bañándonos todos en el río y, como ya no había escuela, jugábamos con lo poco que teníamos: tierra y agua. Sentía que alguien que yo no podía ver me miraba mientras chapoteábamos en el agua. Una tarde estaba recogiendo piedras del agua: se me antojaban piedras de oro y pensé que podría comprar muchas cosas con ellas.

De pronto se me apareció el duendecillo: era de tez morena y tenía una blusa y un gorro de pico colorado. Era como yo: tenía un aspecto muy travieso y parecía juguetón. Yo estaba temblando, a la vez por el miedo y por la emoción.

El duende del Cerro encantado - Cuento de miedo

¡Hola, niña! No seas malita y no te escapes: no soy malo, sólo estoy triste. Vivo en el Cerro encantado y tengo casi 100 años. Vivo sólo y únicamente quiero vivir un poco de tu alegría: podemos jugar y relatarnos historias divertidas.

Sí, le dije muy entusiasmada, pero ninguno de mis hermanos lo podía conocer: será nuestro secreto, dijo el duendecillo. Este travieso verdoso duendecillo a veces era invisible para todos: tenía ese poder.

Pasaron meses jugueteando con él: a veces, cuando se hacía invisible, hasta que aparecía yo tenía mi alma en vilo. Entonces nos reíamos los dos de esa situación tan estresante para mí y tan normal para él.

Una tarde en la que el sol ya estaba pensando ir a descansar, apareció el duendecillo como siempre. De repente, sobresaltándome y con su carita morenita y asustadizo me dijo:

Hoy es mi cumpleaños, hago ya 100 años y quiero un regalo tuyo, mi niña.

¿Qué? -interpelé yo.

Quiero colocarte mi mano en tu nariz y cuando abras la boca te daré un beso.

No podía negarme: era mi mejor compañero de juegos, yo ya había olvidado con él las historias de miedo de mi hermano mayor y era feliz en su compañía. Este era un día muy especial para él.

Quedamos por la noche antes de cerrar la puerta de mi casa, cuando la luna todavía nos vigilaba con su luz tan plateada. Vino todo talentoso y cojeaba menos que ante. Yo creo que era por ese día tan importante para él. Se acercó a mí y yo cerré los ojos para sentir más emoción. Me tapó la nariz, abrí la boca para respirar y él me robó el aliento y la vida.

Aquella noche llegó la carreta de la muerte a mi puerta: sus viejas ruedas de madera dejaron de hacer ruido. Allí se quedó en espera de alguien: la carreta de la muerte que unos veían pasar y otros jamás conocieron.

Fin.

El Cerro Encantado es un cuento de la escritora Yolanda Alonso © Todos los derechos reservados.

Sobre Yolanda Alonso

Yolanda Alonso - Escritora

«Soy Yolanda Alonso, tengo 67 años, soy del 23 de abril de 1955. Siempre me ha gustado escribir. Ahora estoy con otro cuento en mi cabeza. Nací en Bilbao (España) hija de madre y nieta vasca. Mi padre de Valladolid fue presidente de su amor incondicional El Real Valladolid. He viajado prácticamente por todo el mundo y en mis paseos en solitario venían a mi cabeza muchas ideas. Divorciada de un hombre muy inteligente, catedrático de la Universidad de Valladolid de física atómica nuclear. Soy madre de una niña de 26 años. Vivo en estos momentos entre España y California».

¿Qué te pareció el cuento «El Cerro Encantado«? Por favor, califica este cuento con estrellas (⭐), deja algunas palabras sobre lo que te ha parecido, puedes utilizar la sección se comentarios (✍🏼). También puedes compartirlo con otras personas, utiliza los botones de redes sociales que están a continuación (🙏🏼). ¡Gracias!

4.5/5 - (8 votos)

Por favor, ¡Comparte!



2 comentarios en «El Cerro Encantado 🧝🏻 Allí viven unos duendes que secuestran a los niños que se paran a hablar con ellos y nunca regresan.»

  1. Este cuento es estupendo. Yolanda crea un ambiente de suspenso y misterio sin lenguaje exagerado. Usa lenguaje descriptivo para darnos un imagen mental de como viven y del ambiente. Me ha gustado muchísimo el fin, como cuenta que fallece sin decírnoslo directamente. El dibujo del duende es perfecto, una combinación de amabilidad y maldad.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *