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Navidad en el campo 🌠 Innumerables destellos cruzaban el cielo, más hermosos que los estallidos de juegos pirotécnicos…

Por Francisco Javier Arias Burgos. Cuentos de Navidad para niños.

"Navidad en el Campo" del escritor colombiano Javier Arias nos relata una emocionante aventura familiar lejos de la ciudad. La historia comienza con la anticipación de la Nochebuena, pero una inesperada sorpresa cambia los planes. La familia se embarca hacia una finca en el campo, enfrentándose a desafíos y desencantos. Sin embargo, la magia de la naturaleza se revela en una noche estrellada, ofreciendo una experiencia única.

Con descripciones cautivadoras, Javier nos transporta a un mundo de luces celestiales, risas y conexión con la esencia de la Navidad. Una lectura que celebra la simplicidad y la belleza de compartir momentos especiales en familia. Una bella historia navideña para niños y niñas en edad escolar.

Navidad en el campo

Todo el año esperando la Nochebuena, todo el año pendiente de esa fiesta que en la familia era la tradición más deseada por todos, con los aguinaldos empacados y listos para entregar, con la carta para Papá Noel enviada a su dirección en el Polo Norte, con las invitaciones a los primos, tíos, abuelos y amigos… y papá llegó antes de lo previsto para decirnos que esa misma tarde saldríamos para la finca que hacía dos semanas había comprado en un pueblo del oriente, distante cuatro horas de la ciudad. Puro clima frío, casi un páramo.

Así que esa era la tal sorpresa de la que venía hablando. Yo esperaba otra cosa: un viaje a la playa, el celular que le había pedido con tanta insistencia, el PlayStation de mi hermano Felipe o la chaqueta que mi hermana Susana quería. O un carro para mi mamá o para él; no sé, algo así.

Ni modo de protestar. Mi padre, aunque muy cariñoso, era un hombre de carácter fuerte y no admitía réplicas a sus decisiones. Su palabra era ley en la casa. Mi madre, que tan bien lo conocía, nos miró y no dijo nada.

Con resignación empacamos lo que necesitaríamos allá: chaquetas, yines, gorras y orejeras, guantes de lana, medias largas. Mamá empacó algunas cobijas extras por si acaso. Y dos termos grandes. Papá le dijo que la cena se prepararía en la finca, así que lo que habíamos preparado antes lo repartimos Felipe, Susana y yo entre los vecinos de un barrio pobre a pocas cuadras de nuestra casa. Siempre lo hacíamos, pero en la noche. Esta vez los sorprendimos algo más temprano y se alegraron mucho, pero se mostraron algo extrañados por la hora.

Papá nos regañó por las caras alargadas que pusimos en la terminal de transportes y nos llamó aguafiestas, amargados, desagradecidos. Se equivocaba. Solo estábamos algo decepcionados por la sorpresa. Los tíos, primos y demás invitados no decían nada. Estaban ocupados con sus celulares o charlaban entre ellos.

La llegada a la finca fue difícil. El bus nos había dejado a dos kilómetros de ella. Había llovido, nos resbalábamos a cada rato, la tarde estaba ya avanzada, mamá nos pedía paciencia, nos decía lo de siempre: “Ya casi llegamos”, pero ella no tenía la menor idea de dónde era la dichosa finca porque nunca la había visitado. Papá solo caminaba, nos miraba sonriente, nos desafiaba a que le ganáramos la carrera.

“Flojos”, nos decía entre risas. Mis primos y tíos se tiraban bolas de pantano.

Después de casi una hora de sufrimiento llegamos a la finca. Para qué niego que era muy bonita: una casa de un solo piso, con corredores amplios, techo de tejas de barro, un antejardín muy bien cuidado, y una pequeña piscina que se suponía disfrutaríamos al día siguiente, si el clima se prestaba para nadar.

El patio fue el lugar escogido para preparar la natilla y las hojuelas, asar la carne, disfrutar de la música y gozarnos la fiesta. Las tías se encargarían de hacer los buñuelos y los tíos y primos de lo demás, que no era poco.

Después de cambiarnos de ropa y bañarnos, porque llegamos empantanados hasta las orejas, nos reunimos en el patio, dispuestos a disfrutar de la ocasión. Pero papá no contaba con que en esa vereda la electricidad se apagaba a las nueve de la noche. La persona que le vendió la finca no se lo dijo, no sé si por olvido o por temor a que él no se la comprara por ese detalle.

El caso fue que a esa hora quedamos a oscuras. Las luces que él había puesto con tanto empeño unos días antes se apagaron, los celulares se quedaron sin señal, la estufa se apagó dejando los buñuelos a medio fritar. La solución fue encender la linterna que, de puro milagro, uno de mis tíos había llevado.

Nos vimos obligados a reunir algo de leña para hacer una fogata y acabar de fritar los dichosos buñuelos, hacer la natilla y asar la carne. Y calentarnos, porque el frío calaba los huesos.

Algunos empezamos a renegar y reclamar a papá por su tonta idea de cambiar la comodidad de la ciudad y sus mundialmente famosos alumbrados por este panorama tan desolador. Nos mirábamos con el desconsuelo dibujado en cada rostro. Yo quería llorar.

Fue entonces cuando comenzamos a oír una serenata de cri cri cris y de cro cros, de currucutús, de jujués, de chasquidos y del rumor de agua de las dos quebradas que pasaban cerca del lugar.

“Miren el cielo”, dijo la tía Marta.

Quedamos asombrados. ¡Estaba lleno de luces, veíamos todas las estrellas que en la ciudad nunca habíamos visto! Jamás imaginé que hubiera tantas.

Me tendí en el suelo mirando absorto esa maravilla. De hecho, todos hicimos lo mismo, callados, encantados por la magia de lo que veíamos y oíamos. Mi primo Carlos, astrónomo, comenzó entonces a decirnos los nombres de las constelaciones, a explicarnos cosas que no sabíamos. Eso no importaba.

“Esos son los tres reyes magos”, decía. “Y aquel es Orión”, y no recuerdo que más porque no lo escuchábamos, no queríamos escucharlo, no queríamos que interrumpiera la serenata que nos regalaban los grillos y las ranas y los búhos y las quebradas. Estábamos hipnotizados.

Innumerables destellos cruzaban el cielo, más hermosos que los estallidos de los juegos pirotécnicos que en esos días de diciembre nos deleitaban, pero que nos atormentaban con ruidos espantosos que asustaban a los animales.

“Son las estrellas fugaces retrasadas de las Geminíadas”, nos gritó el primo astrónomo. ¡Qué importaba cómo se llamaban! Fueron dos horas inolvidables. Y para completar la dicha, aunque nos hizo encerrar, empezó la lluvia, leve al principio, a sumarse con su canto a la serenata. Después se convirtió en tempestad y los rayos llenaban el cielo de un juego inigualable de luces.

Esa fue la mejor Nochebuena que haya pasado en mi vida. Los buñuelos, la natilla, las hojuelas y la carne asada, los aguinaldos y todo lo demás no se comparan con lo que nos dio la naturaleza esa noche.

Fue mi mejor víspera de Navidad.

Fin.

Navidad en el campo es un cuento del escritor Francisco Javier Arias Burgos © Todos los derechos reservados. Prohibida su reproducción total o parcial sin el consentimiento expreso de su autor.

Sobre Francisco Javier Arias Burgos

Francisco Javier Arias Burgos - Escritor

Francisco Javier Arias Burgos nació el 18 de junio de 1948 y vive en Medellín, cerca al parque del barrio Robledo, comuna siete. Es educador jubilado desde 2013 y le atrae escribir relatos sobre diversos temas.

“Desde que aprendí a leer me enamoré de la compañía de los libros. Me dediqué a escribir después de pensarlo mucho, por el respeto y admiración que les tengo a los escritores y al idioma. Las historias infantiles que he escrito son inspiradas por mi sobrina nieta Raquel, una estrella que espero nos alumbre por muchos años, aunque yo no alcance a verla por mucho tiempo más”.

Francisco ha participado en algunos concursos: “Echame un cuento”, del periódico Q’hubo, Medellín en 100 palabras, Alcaldía de Itagüí, EPM. Ha obtenido dos menciones de honor y un tercer puesto, “pero no ha sido mi culpa, ya que solo busco participar por el gusto de hacerlo”.

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