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Los juguetes y la noche más recordada de nuestra infancia: un viaje al pasado mágico de regalos y fantasías de la Nochebuena 🎁

"Los juguetes y la noche más recordada de nuestra infancia" del escritor colombiano Samuel Gutiérrez Ospina nos transporta a una mágica atmósfera de un 24 de diciembre de quién sabe qué año del pasado. En este relato nostálgico, los pequeños aguardan con ansias la llegada del Niño Dios. La narrativa revela la emoción desbordante al descubrir los anhelados juguetes bajo almohadas y camas. Desde pistolas de plástico hasta muñecas de trapo, el relato captura la diversidad de regalos que llenan de alegría a los niños. Sin embargo, a medida que crecen, la fantasía da paso a la realidad, marcando el fin de una época, delineando la transición de la infancia a la madurez con un toque de melancolía.

Los juguetes y la noche más recordada de nuestra infancia

Trompo - Los juguetes y la noche más recordada de nuestra infancia - Cuento de Navidad

¿Mamá, donde están los juguetes?

Eso no se preguntaba, se esperaba. El 24 de diciembre, era el único día que nos acostábamos a las 8 de la noche, pues la ansiedad nos carcomía el alma. Nos decían que era, para que el Niño Dios tuviera tiempo de visitar los hogares de todos, pues éramos bastantes, mínimo ocho por casa, de manera que tiempo era lo que necesitaba el niño divino.

Al amanecer se oía un grito en la cuadra, un murmullo de felicidad, al buscar debajo de la almohada o de la cama, en un armario, detrás de una puerta, y encontrar el anhelado regalo o regalos -que afortunados eran los que recibían varios regalos-.

Pero que importaba, paquete es paquete y el Niño Dios contestó la carta.

Rasgar y encontrar la pistola de plástico, roja, verde, amarilla o de pasta con cubrimiento como de plata, brillante, o la negra que parecía de verdad. Algunas venían con cartuchera y sombrero de vaquero y listo, Gene Autry, Roy Rogers o el Llanero Solitario llegaban a la callecita. El arco y las flechas, a veces la diadema con una pluma, y ya teníamos a Toro, Kemo Saby, en la cuadra.

El camión de lata ahora y -tal vez en otro diciembre el de madera-, el más deseado. El carro de bomberos, lo máximo, -todos queríamos serlo- y este carro acercaba nuestras ilusiones a la realidad. Los automóviles de pasta o plástico eran bien aceptados.

La pelota de caucho en varios colores, la de letras o por fin, el balón de verdad, el de cuero.

Los trompos bailarines que lo hacían, si empujábamos hacía abajo una especie de embolo, o los de madera, de todos los tamaños, el más grande se convertiría en seguida en el trompo quiñador.

La guitarrita con cuerdas de molde en plástico y los más afortunados, con cuerdas que parecían de verdad; la corneta y el tambor. La bolsa con canicas.

A las niñas por supuesto la muñeca, al principio de trapo, después la de plástico rosado hasta los ojos y el pelo, vestida o viringa que después con la madre se le harían los ajuares. La muñeca más moderna con pelo de fibras, con cola de caballo o suelto, y la mejor, la que cerraba y abría los ojos caminaba y balbuceaba palabras, primorosamente vestida. La que recibía esta, era porque el papá era muellero o embarcado. Porque de resto, ni modo. Las ollitas, la cocineta o estufitas, las diademas, el hula-hula. Y más adelante los tumbelinos.

Y salíamos a la puerta y preguntábamos: ¿Que te trajo el Niño Dios?

La callecita se volvía una super autopista, eso sí, empedrada, con muchos carriles, -aunque torcidos- de tanto automóvil, camiones, carros de bomberos, ambulancias, que andaban, pero tirados de un cordel. Vaqueros e indios se miraban con alegría y sin odio, y las niñas rivalizando entre ellas por saber cuál era la muñeca más linda, mejor vestida y más moderna.

A medida que íbamos creciendo, llegaba el fatídico día cuando la fantasía moría y encarábamos la realidad. El Niño Dios era nuestro papá en calzoncillos o nuestra madre en levantadora a la madrugada, poniendo los regalos en su sitio.

¿Por qué fatídico? Porque desaparecían los juguetes y entraba a reinar la ropa. El pantalón, la camisa, la camisilla, la pantaloneta; el vestido primoroso de las chicas, el vestido de baño, los interiores para los niños de botones y los de ellas con boleros, igual que sus medias tobilleras con boleros también, que cuando se las ponían, de lejos parecían que estuvieran con los calzones en los tobillos.

Y todo juguetes y ropa, escogido por los papás. Si no le gustaba, apelación a los infiernos. Solo se aceptaba el reclamo si lo traído quedaba grande o chico.

Pero no crean que lucíamos esas prendas a voluntad, ni de riesgos. Eran solo para los domingos u ocasiones especiales, como bautizos, cumpleaños o visitas familiares a vecinas con niño recién nacido.

En la semana, lo de siempre, la ropa de combate, que algún día fue de estrene. Y se iniciaba el ciclo del reciclaje, invento de la necesidad. La ropa del mayor, pasaba en sucesión continua hacia los menores. Un metido aquí, un dobladillo allá, un voltear de cuellos, un parche estratégico y a estrenar usado.

Pero todo era cuestión de milagro, tantos hijos, pero alcanzaba para todos, pues los regalos y la ropa eran solo en fechas especiales. Cumpleaños, Semana Santa y Navidad. No más. Nadie pedía nada, no había caprichos ni antojos que conceder, ni pataletas que aceptar. Y en eso consistía el porqué del milagro. La economía de solo lo necesario.

Nuestros padres, unos magos y reyes, además.

Fin.

Los juguetes y la noche más recordada de nuestra infancia es un cuento del escritor colombiano Samuel Gutiérrez Ospina © Todos los derechos reservados. Prohibida su reproducción total o parcial sin la expresa autorización de su autor.

Sobre Samuel Gutiérrez Ospina

Samuel Gutiérrez Ospina - Escritor

Por jugadas del destino, y en plena violencia política, año 1950, nació en el Puerto de Buenaventura, hijo de un manizalita y una armenita.

«¡Qué bueno ha sido ser porteño!»

El obispo Valencia Cano, quiso tener clero nativo y fue uno de los elegidos para ir al seminario. El sueño duro poco. Terminó el bachillerato y fue a Cali, porque quería licenciarse y ser maestro. Otro deseo fallido.

Sus cuatro hijos son profesores universitarios y de colegio de Bachillerato. Lo lograron por él, para cumplir su deseo. Su esposa da clases de manualidades y él trabaja con chicos como promotor de lectura.

Se graduó en el SENA técnico en Relaciones Industriales, y se dedicó a tender puentes con sus semejantes. Se convirtió en vendedor profesional.

Samuel Gutiérrez Ospina siempre ha estado ligado a los libros y la escritura ha sido una permanente compañera de vida. Caminar, mochiliar, montar bicicleta son sus pasatiempos.

Por su esposa, conoció a Historias en Yo Mayor y fue posible así, contar las historias que ya tenía escritas, y escribir otras.

Otro cuento de Samuel Gutiérrez

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