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Por Liana Castello. Cuentos sobre padres e hijos

Fotos. Liana Castello, escritora argentina. Cuentos sobre padres e hijos. Cuentos para padres.

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Fotos. Cuentos cortos

Acabo de abrir un sobre que mi madre reservó para este día, mi cumpleaños número veintiuno.

-Te regalaré algo muy especial, verás- dijo hace tiempo con su eterno entusiasmo.

Y no se equivocó. Sin dudas, éste es el regalo más especial que he recibido en mi vida.

El sobre contiene veintiuna fotos, pero más que eso contiene una historia:

Cuando yo tenía pocos meses, un mes de enero, mi padre nos sacó una foto a mi madre y a mi, ambos con una gorra puesta con la visera hacia atrás como usan quienes hacen rap. Mi madre me sostenía en sus brazos y ambos lucíamos una sonrisa infinita.

Al año siguiente, mi madre repitió esa foto a la que ella llamó “la foto de los raperitos”. A partir de entonces, se instaló una tradición que se cumplía todos los años.

Amor por las tradiciones domésticas

Mi madre tiene cierto amor por las tradiciones domésticas, cosas pequeñas, gestos simples que le gusta repetir y que los instala como tradiciones cotidianas que hacen las veces de lazos que nos unen aún más.

Sin lugar a dudas, la tradición de esta foto ha sido su preferida. Cada verano (porque casi siempre era en verano y en vacaciones), ella se preparaba especialmente. Esperaba a estar tostada, se ponía el traje de baño que mejor le quedase y con su eterno entusiasmo casi infantil, nos pedía que nos preparásemos para la sesión de fotos.

Cuando dejamos de ser pequeños tanto mi hermano como yo, mi madre temió que nos negásemos a este ritual tan amado por ella, pero jamás lo hicimos. Nunca nos molestó, ni siquiera en edades en la que todo fastidia y más si viene de nuestros padres.

Creo que, sin decirlo, tanto mi hermano como yo comprendimos siempre que esa foto, esa ceremonia era sagrada para mi madre y no sólo lo respetábamos, sino que lo entendíamos.

Era tanto el entusiasmo con el que se preparaba y tan bella la sonrisa que luego salía plasmada en la foto, que parecía que esa imagen podía expresar su infinito amor de madre.

Cuando regresábamos de nuestras vacaciones, comenzaba otro ritual, revelar la foto o imprimirla y colocarla más que orgullosa en un portarretrato.

Recuerdo que cuando éramos pequeños, en el cuarto que compartíamos con mi hermano, mi madre había colgado en dos paredes todas nuestras fotos de raperitos, en una pared aquellas en las que estaba conmigo y en otra aquellas en la que estaba con mi hermano.

“Así vamos teniendo nuestra historia, año tras año”

“Así vamos teniendo nuestra historia, año tras año” había dicho. Era hermoso y en cierto modo divertido ver cómo íbamos cambiando y creciendo año a año. Sin embargo, había algo que en todas las fotos permanecía intacto y era la sonrisa de mi madre.

Hubo un año en que no pudimos sacar la foto estando de vacaciones, ese año mi padre había estado muy mal de salud y el verano se fue en otras cosas que eran, sin dudas, más urgentes.

Fue en el mes de abril y con mi padre ya repuesto que no faltamos a la cita que teníamos con nuestra historia, nuestra tradición y sobre todo con ese vínculo especial que manteníamos madre e hijos.

En aquella foto, que hoy también tengo en mis manos, mi madre está visiblemente más delgada, no estaba tostada y en sus ojos todavía se podía ver algo del calvario que vivió pensando que mi padre moriría. Sin embargo, una vez más, su sonrisa estaba presente y era la misma. Siempre pensé que mi madre sonría como si todavía fuese niña, creo que algo de eso hace que su sonrisa se vea tan mágica.

-Cuando cumplas tu mayoría de edad, te dejaré libre de estas fotos- dijo un día, pero yo no le creí.

Sin embargo, hoy y creo que a modo de darme la bienvenida a mi mayoría de edad, mi madre me ha regalado las veintiún fotos de raperitos que nos hemos sacado. Tengo mi historia con ella en este sobre que contiene mucho más que veintiún fotos.

No me canso de mirarlas una y otra vez

Es mi vida la que en ellas se refleja, el paso del tiempo, el amor que siento por mi madre y el que ella siente por mí. Son momentos especiales que he vivido, de esos que se atesoran para siempre, de esos que no abundan, de esos que espero, pueda yo brindarle a mis hijos.

Es un bello regalo, el más bello que haya recibido, preparado por mi madre con amor, con el mismo amor con que ha hecho siempre las cosas por mi hermano y por mí.

Sin embargo, un dejo de tristeza se me alojó en el alma, tal vez sea melancolía por esa infancia que dejé, por ese tiempo de familia que cuando uno crece cambia.

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Mirando las fotos una vez más, volví a reparar en la sonrisa de mi madre y la tristeza se borró. Hoy me espera a cenar y sé que me recibirá con esa misma sonrisa que se refleja en estas veintiuna fotos que hoy recibí.

Fin.

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