Cuentos del Día de la Madre. Selección de cuentos cortos para homenajear a mamá

Cuentos cortos de madres

Hoy, 10 de mayo de 2021, es el Día de la Mamá en algunos países, y siguiendo nuestra línea de publicación del mes de mayo, mes en el que se concentra la mayor cantidad de celebraciones por este motivo en todo el mundo, hemos realizado una selección de seis cuentos para el Día de la Madre para todos los gustos y edades. Vaya a las mamis nuestro más sincero homenaje con este regalo literario.

6 Cuentos cortos para el Día de Mamá

En primer lugar, La carta de mi madre es uno de los cuentos cortos de la colección “Cuentos para Pensar” de la escritora argentina Liana Castello. Sugerido para lectores de todas las edades, pero principalmente para jóvenes y adultos.

La carta de mi madre

Por Liana Castello

La carta de mi madre - Ilustración: Anna Burighel

Recuerdo perfectamente ese momento. Yo tenía dieciocho años y un día, que no era un día especial, que era un día común y corriente, mi madre mi dio una carta. No era mi cumpleaños, ni nada especial y por eso me extrañó.

Ella tenía la bella costumbre de escribirnos para las fechas especiales, pero como tenía muy fea letra, realmente ilegible, lo hacía siempre con la computadora. Podía parecer más frío e impersonal pero ella aclaraba, una y otra vez, fecha tras fecha, cartita tras cartita, que prefería tipear para que entendiésemos bien qué nos quería decir. Y yo entendía por qué lo hacía, jamás me molestó.

Era una persona de expresar sus sentimientos, pera ella era muy importante que lo que nos dijese o escribiese lo recordásemos y lo entendiésemos. Sin embargo, ese día no se festejaba nada y esa fue mi primera sorpresa. La segunda y más grande aún, fue que la carta estaba escrita a mano, me llamó mucho la atención.

La leí con detenimiento, era más corta que las habituales, solo decía (ni más, ni menos) cuánto me amaba, me pedía que jamás me olvidase de ese amor que ella sentía hacia mí infinito y eterno. No mucho más, no mucho menos. Me costó entender la letra, pero se notaba que se había esforzado por hacerla linda y prolija, al menos entendible.

Cuando terminé de leer, le pregunté por qué me había escrito esa carta, si había algún motivo especial.

– “Ninguno” -contestó-. “O muchos”, -agregó luego.

Me dijo que necesitaba decirme una vez más cuándo me amaba, que jamás debía olvidarme de ello y que quería que guardase esa cartita siempre para que, cuando me hiciera falta, la releyese.

En realidad, cada vez que mi madre me escribía una tarjeta, me decía lo mismo, que la guardase para siempre, que la tuviese siempre cerquita para cuando me hiciera falta leerla. Sin embargo, yo sentí que ese día que -en apariencia- nada tenía de especial, era tal vez el más especial de los días.

– “¿Por qué esta vez escribiste tú? Nunca lo haces y siempre dices que no lo haces porque quieres que nos quede bien claro lo que tienes para decirnos ¿no es contradictorio?” -pregunté.

– “Pareciera, pero no lo es” -me respondió y prosiguió-. “Mira hijo, cada carta que te he escrito y todas las que aún no te escribí deseo que las atesores, pero ésta está escrita por mí, con mi pobre letra fea y casi inentendible, Tiene mis trazos, mis giros, mis pausas. Me esforcé todo lo que pude para que la letra se entienda y creo que lo he logrado. Es ésta en particular, si tuviese que elegir una, la que deseo con todo mi corazón te acompañe siempre”.

Recuerdo que pensé que algo malo estaba sucediendo, que estaba gravemente enferma o algo parecido. No fue así, luego de esa carta, nada extraño o fuera de lo común sucedió. Las otras cartas que me escribió, con igual sentimiento y amor, fueron escritas en la computadora y las guardé junto con todas las demás y con aquella especial que había sido manuscrita.

No fue sino hasta que pasaron muchos años, que entendí el por qué de esa carta. Hoy que soy un hombre grande, hoy que ya no está mi madre para cuidarme y demostrarme constantemente su amor (al menos no está en este plano), cada vez que necesito recurro a las cartas, y en especial a esa carta particular.

Cuando era un jovencito recuerdo que pensaba que cuando fuese hombre, un hombre grande, plantado y con historia, no sería tan necesario ese amor de mamá que, a cierta edad, es más que imprescindible, tanto como el oxígeno que respiramos.

Hoy, que soy un hombre grande, me doy cuenta que ese jovencito se equivocó, que la necesito, que cuando estoy mal, o tengo una duda, o necesito un mimo me falta ella y entonces recurro a sus cartas. Y cuando lo hago, la primera que elijo y la última también que vuelvo a leer es aquella que ella escribió con esa letra desprolija e ilegible que tanto llegué amar.

Como ella me dijo, esa carta tiene sus trazos, sus giros, sus pausas, su esfuerzo por haber querido hacer –por una vez aunque más no fuese- una linda letra.

Y entendí que en esa carta ella está aún más presente que en las otras, si es que eso fuese posible, está siempre, está sin condiciones, disponible para mí, dispuesta a escucharme y una y otra vez, está para decirme que me ama.

Y yo, que ahora soy un hombre grande, lo agradezco, lo valoro y doy gracias a Dios porque mi madre me sigue acompañando tan amorosamente como lo hizo siempre. Ahora desde una carta escrita con su letra que hoy es, sin dudas, para mí, la más bella que existe.

Fin.

La carta de mi madre es un hermoso cuento para el Día de la Madre de la escritora argentina Liana Castello © Todos los derechos reservados. Ilustración: Anna Burighel

En segundo lugar, El cuarto hijo es uno de los bellos cuentos para pensar y reflexionar en el Día de la Madre, escrito por Madeline Moreno, un cuento para regalarle a las mamás en su día. Es un cuento recomendado para los más pequeños de la casa.

El cuarto hijo

Por Madeline Moreno

Cuentos del Día de la Madre

Era una familia que vivía en la ciudad, mamá, papá y cuatro hijos pequeños. La historia que les voy a contar es de Esteban, el cuarto hijo. Tiene tres años y está en la etapa del ¿por qué? Todo lo pregunta, es normal ante un niño de su edad.

Curiosamente su madre le contestaba todas sus preguntas con el nombre correcto de lo desconocido para él. En ocasiones su mamá parecía estar distraída por las tareas del hogar que no le escuchaba con claridad. Esteban dejó correr su imaginación.

Se preguntaba así mismo, “¿mis padres tendrán tiempo para mí?, ¿El amor que le tienen a mi hermano mayor será igual al mío?, ¿Yo soy pequeño y la lleno de preguntas?”. Sintió celos de sus tres hermanos, ellos tenían tareas que le ocupaban gran parte del día.

– “¿Mamá, estás atareada, necesitas de nosotros?”, -pregunta Esteban.

– “Hijo mío, descúbrelo tú mismo. ¿Ves esta mesa? Sobre ella colocamos los alimentos, agua y el jugo favorito de todos. ¿Qué pasaría si la mesa de cuatro patas le faltara una?”.

Esteban le contestó:

– “Los alimentos caerían al suelo, el agua y jugo se derramarían, estará todo perdido”.

– “¡Has contestado tu pregunta! Una familia de cuatro hijos faltándole el apoyo de uno, tambalearía. Necesitamos estar todos juntos, aún con tareas diferentes sostenemos una familia fuerte y sobre todo alimentándose de respeto, alegría y amor. Así como la mesa luce un bello mantel, también nosotros nos vestiremos elegantes para ir a las fiestas de cumpleaños que tanto nos gusta”.

– “¡Estoy orgulloso de pertenecer a esta familia!” -dijo Esteban.

– “¿Mamá, hay mesas de una, dos y tres patas, por qué?”.

Su madre sonriendo le dice:

– “Hijo, la historia se repite, hay padres afortunados con uno, dos o tres hijos”.

Fin.

El cuarto hijo es uno de los bellos cuentos para el Día de la Madre escrito por Madeline Moreno © Todos los derechos reservados.

En tercer lugar, Fernando y sus miedos en el Día de la Madre es un cuento, que en este caso, sucede exactamente un Día de las Madres. Escrito por nuestra gran colaboradora Rossana Favero-Karunaratna. Un tierno cuento sugerido para niños a partir de ocho años dedicado a sus mamis.

Fernando y sus miedos en el Día de la Madre

Por Rossana Favero Karunaratna

Fernando estaba muy preocupado. Aprenderse un poema largo era una tarea imposible. El colegio estaba preparando las celebraciones para todas las madres y en especial la suya, porque Fernando era el que iba a recitar al final de todas las actuaciones.

Toda la semana estuvo repitiendo palabra por palabra. Cerraba los ojos, las imaginaba escritas por todos lados. El problema era que iba a ser el centro de todas las miradas.

Su madre pudo enterarse de su predicamento porque se notaba su nerviosismo. Nunca había dejado una torta de chocolate sin terminar y ahora la dejaba de lado.

– “Respira hondo y deja todo esos nervios colgados en la pared. Imagina que estamos juntos, como ahora y que recitas el poema sin pensar en que otros te andan observando. Lo haces bien, yo lo siento y estoy muy orgullosa de ti. Todos nos sentimos nerviosos, hasta yo cuando tengo que hacer algo nuevo pero lo que haces con verdadero esfuerzo, es lo que vale”.

Es así que Fernando fue conectando las palabras, una a una, con ideas y sonidos. (Y por ahí que pudo escribir un par de palabras en sus manos por si acaso las olvidaba).

Al final del evento Fernando fue muy aplaudido y en medio de la gente pudo ver el rostro de su madre feliz por que pudo cumplir lo prometido.

Enfrentar miedos es importante y requiere de apoyo. Recuerden que todas las madres nos sentimos felices por todos los esfuerzos que nuestros hijos e hijas realizan para lograr todas sus metas y vencer miedos.

En el Día de la Madre celebremos ese camino juntos.

Fin.

Fernando y sus miedos en el Día de la Madre es un cuento corto de la escritora Rossana Favero Karunaratna © Todos los derechos reservados. Cuento sugerido para niños a partir de ocho años.

En la cuarta posición, A tus manos… el cuento de Cristina Mena, escritora española. Es un cuento un poco más profundo y reflexivo en homenaje a todas las madres. Principalmente para que lo lean los adolescentes y adultos.

A tus manos…

Por Cristina Mena

A tus manos - Cuento en el Día de la Madre

Cuando las miro observo muchos pliegues de recuerdos en ellas.

Esas manos fueron las que me tomaron en brazos en mi primer llanto, en mi primer bostezo, en mi primera sonrisa, las que me abrazaron con ilusión cuando regresaba del colegio, las que se movían enérgicas en gesto en un enfado, las que limpiaban, troceaban y cocinaban los alimentos.

Esas manos cogieron altura al apoyarse en mi hombro para conversar, esas manos sujetaron con fuerza las mías para transmitir confianza. Esas manos cosieron mis botones rotos, plancharon mis ropas arrugadas, frotaron aquellas intensas manchas que nunca supe como surgieron.

Esas manos escribieron cartas, también las recibieron, se mostraron compasivas ante una intolerancia, se detuvieron a peinar mis cabellos y acariciaron con generosidad mi espalda cuando me hacía falta. Esas manos me cuidaron cuando estuve enferma, me arroparon cuando tenía frío y me sujetaron con decisión por los brazos cuando debía escuchar.

Ahora observo tus manos, enredadas de años, deformes por el avance inevitable de esa carcomida desesperanza que avanza enferma por la savia de tus dedos y que te produce tanto dolor, tanta debilidad.

Apenas son recuerdo de manos firmes, ya perdieron su tersura, su belleza, sus desgastados huesos se vuelven polvo, se ajan, ya no de distinguen dedos largos, alineados y estirados, ahora son dedos embotados, oprimidos, horadados de fortaleza, se tuercen y se retuercen por dentro, sobreviven en unas manos repletas de experiencia, de años.

Y sin embargo… al pensar en tus manos, veo… distingo aún en ellas aquellas caricias llenas de frescura, veo con nitidez tu dedo enérgico levantado y tieso diciendo ¡no!, distingo la palma de tu mano sosteniendo mi cabeza, educando.

Cuando veo tus manos veo el paso decidido de la experiencia, te veo a ti enhebrando una aguja con precisión, sujetando con fuerza el hilo que nos une como familia y cerrando a puntadas firmes y bien cosidas lo que no deseas padezca de tristezas mi corazón. Cuando veo tus manos, veo la vida en forma de caricias que no necesitan de ninguna parte del cuerpo para seguir emocionando como el primer día.

Cuando veo tus manos, les siento tan cercanas, tan niñas, tan auténticas… que comprendo por qué se termina el cuerpo pero porqué no se acaba nunca… la Vida.

Se lo dedico a las manos de todas las madres.

Fin.

A tus manos… es un cuento de la escritora española Cristina Mena © Todos los derechos reservados.

El quinto cuento es justamente Cuentan… un muy breve y fantástico relato del escritor español Jesús Cano, principalmente recomendado para jóvenes y adultos.

Cuentan…

Por Jesús Cano

Cuentan, que un día, la soledad vio su reflejo en un río y entristeció. Comprendió que le faltaba algo. Se sintió incompleta.

Para cambiar tan amarga sensación, en un arrebato de egoísmo, comenzó la creación de una madre, sería el comienzo de un ser con cualidades suficientes para cuidarla y mimarla. Capacitada para dar sin pedir; Para agradecer en beneficio ajeno.

Tras concienzuda labor, quedó por llenar el corazón. Posó en él constancia y mucho cariño. Fuera de él dejó el sufrimiento y la preocupación. Lo sació de comprensión y dulzura. Alejó los desvelos y llantos.

Con su impaciencia por acabar tan suprema creación, tropezó volcando en aquel corazón todo aquello que apartó y desestimó.

¿Cómo repararlo? ¿Qué podría compensar tal desastre?

Pronto lo supo; creó cuantioso amor. Pero por mucho que empujó, nada más cabía en aquel corazón. Era imposible meter allí tanto amor. Lloró desconsolada, lo intento mil veces hasta caer rendida… ¡Jamás lo conseguiría!, se resignó.

Más una fugaz idea le dio la solución, y por fin su obra pudo acabar. Es por eso que en las madres… sus manos están llenas de amor. Es por eso que las madres… siempre comprenden tu soledad.

Cuentan… y unas manos no me dejan duda.

Fin.

Cuentan… es un cuento del escritor Jesús Cano © Todos los derechos reservados.

Por último, Conversando con mamá es un cuento del escritor argentino Julio Casati, que nos trae una charla de un hijo con una madre que ya no se encuentra físicamente pero que, sin embargo, la siente más cerca que nunca. Es un hermoso pero un poco triste cuento recomendado para adolescentes y adultos.

Conversando con mamá

Por Julio Casati

Conversando con mamá - Cuento
Imagen de congerdesign

¿Sabes algo? Hoy tengo ganas de hablar contigo, y no es porque otros días no las tenga, es que no se, de pronto sentí esa necesidad de dejar de lado la tristeza y sentarme en este banco imaginario en forma de papel. Es que bien sabes que no dispongo de otra manera de comunicarme contigo, aunque muchas veces puedo verte paseando por el cielo cuando algunas nubes me visitan.

Te apresuraste a marcharte hace ya un tiempo, y como solías hacer, no lo consultaste con nadie, y menos conmigo, según tus palabras, el rebelde de la familia.

Pero nada he de reprocharte, al contrario, el camino de mi vida que tú me marcaste, fue suficiente enseñanza, la cual siempre agradezco… tenía ganas que recordemos juntos algunas cosas ¿Te… parece bien? ¿No estás ocupada como siempre lo estabas?

Porque si mal no recuerdo, no había instantes en que tu cuerpo no estuviera en movimiento. No había minutos vacíos en tu día. Por eso, ahora que seguramente tienes ese tiempo, ahora que tal vez te sobren esos instantes, ahora que puedes contemplar tu obra, ahora… quiero contigo recordar momentos.

Aquellos que asomen en mi mente, o a través de los sueños, le diré a mi mano que los escriba con letra grande, así puedes leerlos. Imagino que tus ojos seguirán siendo hermosos, pero estarán más cansados y gastados, el tiempo nos pasa y nos pesa. Al tiempo no le importa dónde estés, siempre te encuentra,… y recuerdo esos ojos porque no solo eran bellos si no que transmitían ciertas cosas.

Si mamá, cuando me detenía en ellos, inmediatamente sabía lo que querías. Se convertían en voceros de tu corazón, otro de tus atributos, como va a existir una madre sin él, y el tuyo era particularmente grande.

En él cabían miles de travesuras y de errores ajenos, pero no sé de qué manera el los convertía en hermosas palabras.

Pero… espera un poco, mi mente me entrega otra imagen, ¡Sí claro!

¿Cómo olvidar ese regalo que te hice en la escuela, acaso no te acuerdas?,

Fue una hermosa botella de vidrio forrada con vela derretida y que según decía Gladys, la maestra, era un velador, aunque nunca logré que funcione, tú lo recibiste igual, hasta me besaste por eso. Lo pusiste sobre una mesita y allí quedó por años, tal vez para recordarte cómo había arruinado el único guardapolvo haciéndolo, y aquí debo confesarte que también en tres de mis dedos quedaron las huellas.

¡Huy! ahora recuerdo, perdón mama por esos vueltos nunca entregados, es que el vicio por el alfajor siempre me pudo hasta hoy día.

¿Te estoy aburriendo? ¿Puedo continuar?… bueno está bien, solo preguntaba. Sigo entonces compartiendo estos recuerdos como si de pronto hubiera encontrado la llave de aquel baúl marrón desgastado de viajes y de tiempo…

Aquel día que enfermaste pude ver de cerca a la terrible realidad, aquella palabra a la que todos temen, ese día crecí, ese día pude darme cuenta de lo grande que eras, y de lo pequeño y tonto que fui, de lo mucho que me diste y de lo poco que devolví…

Ese día quise extender mis brazos para poder rodearte con ellos, pero no pude. La realidad había llegado a mi alma.

Por eso, el día que partiste fue un día feliz, si feliz, sabía que por fin tendrías tiempo para tí, ahora podrías hacer lo que quisieras, sin apuro alguno. Ahora podrías conocer el mar y las montañas, podrías tener cientos de jardines repletos de jazmines, tú flor preferida y de la cual me transmitiste por siempre su aroma, podrías cantar lo que quisieras aun desafinando, pues nadie te haría callar… Si, estaba feliz a mi manera porque ese día, cuando te miré a esos ojos, ellos me susurraron tus últimas palabras, las que aún recuerdo, pero en mi corazón las guardo y las reservo, eso quedara por siempre entre tú y yo.

Bueno mamá, hay más recuerdos y muchos más sueños, pero los dejaremos para otro día, no muy lejano, porque los tuyos son infinitos y los míos, los míos están aquí, muy, muy cerquita, por eso te dejo con tus ríos, con tus montañas y tus flores, de estas últimas te pido que me guardes algunas por favor, quiero tenerlas y que juntos compartamos su perfume en nuestro próximo encuentro.

Fin.

Conversando con mamá es un corto relato del escritor Julio Casati © Todos los derechos reservados.

Y si lo que buscabas eran poemas para el Día de la Madre, puedes ver esta publicación con una buena cantidad de obras poéticas relacionadas con mamá.

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