Aura y el sombrero

Aura y el sombrero

Aura y el sombrero

Aura y el sombrero. Dolores Espinosa, escritora española. Cuentos infantiles.

Aquel sombrero no tenía nada de especial. Era un sombrero viejo y deteriorado. Un sombrero de color… de color… bueno, de algún color. La cinta estaba deshilachada y colgaba suelta por el lado derecho.

El ala lucía un curioso agujero perfectamente circular del tamaño de una moneda de diez céntimos, y la copa estaba completamente deformada.

Era, en fin, un sombrero al que nadie miraría dos veces y la mayoría, ni tan siquiera una… excepto Aura, claro. Ella lo miró dos veces, lo miró tres veces y hasta lo miró cuatro veces antes de sacarlo de la papelera donde lo había encontrado. Lo cogió con muchísimo cuidado, lo miró por todas partes, se lo puso en la cabeza y corrió hasta la fuente para verse con él.

Se miró el perfil derecho, se miró el perfil izquierdo, se miró de frente y hasta intentó mirarse de espaldas. Se puso el sombrero de lado, se lo echó sobre los ojos, lo empujó hacia atrás.

Hizo mil poses diferentes sin dejar de mirarse en el agua y, finalmente, sintiéndose satisfecha, Aura lo metió en su pequeña mochila rosa y se lo llevó a casa. Aura y su sombrero se hicieron inseparables y donde iba una, iba el otro. Durante unos días su madre intentó que lo dejara en casa cuando salía a la calle pero, finalmente, Aura se salió con la suya y lo llevaba constantemente: al cole, al parque, a casa de los abuelos, al super, al cine…

Aquel viejo sombrero era lucido por Aura con orgullosa alegría y contaba muy ufana, a todo el que le prestara atención -o no- que aquel era un sombrero mágico.

El sombrero más mágico de todos los sombreros mágicos que jamás habían existido o existirían. Por supuesto, los adultos no se lo creían, se limitaban a escuchar a Aura y luego sonreían. ¿Un sombrero mágico? ¡Qué bien! Y continuaban con sus conversaciones de adultos serios y formales.

Con los niños era diferente, ellos sí que la creían. Bueno, no, no creían, ellos “sabían” que aquel viejo sombrero era el más mágico de todos los sombreros mágicos del mundo y sus alrededores.

Porque ellos, todos y cada uno de ellos, había probado la magia de aquel maravilloso sombrero. Aura fue la primera en descubrir la magia del sombrero.

El día después de encontrarlo, lunes, lo llevó al parque para enseñárselo a sus amigos. Se lo puso y, antes de que se diera cuenta, Aura se había transformado en un feroz capitán pirata y sus amigos en la tripulación de un precioso barco. Aquella maravillosa tarde, Aura y sus amigos surcaron los siete mares y unos cuantos lagos, arribaron a mil islas y tres enormes rocas, abordaron cien buques y varios botes y enterraron docenas de cofres llenos de chuches y dos o tres monedas.

Al día siguiente, martes, fue Miguelito quien se puso el sombrero y, al instante, se convirtió en un valiente cowboy que, acompañado por su cuadrilla, llevaba una gigantesca manada al Oeste más al oeste que puedas imaginar. En el camino lucharon contra peligrosos cuatreros, ayudaron a algún sheriff en apuros, se enfrentaron a siouxs, apaches y comanches, durmieron a la luz de las estrellas y dominaron peligrosas estampidas.

El miércoles, el sombrero mágico fue a parar a la rubia cabeza de Carola quien se lo puso con mucho cuidado y, casi enseguida, se transformó en una intrépida mosquetera y, junto a sus valientes compañeros, rescataron a varias hermosas damiselas y a una o dos no tan hermosas; protegieron a la reina, al rey y hasta a un duque y tres marquesas; se batieron en duelo con varios enemigos y hasta con algún amigo.

Llegado el jueves, le tocó el turno de probar la magia del sombrero a Luis se transformó, gracias al sombrero, en un gran aventurero y, junto a sus amigos, visitaron lugares lejanos y exóticos, viajaron a lugares cercanos y curiosos, descubrieron dos ruinas, tres templos y un par de pirámides, huyeron de un grupo de salvajes y de otro de señores muy educados.

El viernes, Lucía fue directora de un gran circo, con fieros perros y divertidos leones… ¿o era al revés? Y montaron un gran espectáculo con payasos valientes y graciosos domadores y perros acróbatas y acróbatas con perros y equilibristas, y trapecistas y hasta tres magos sin sombreros mágicos.

El sábado, Pedrito fue… pues Pedrito fue un señor muy serio que usaba bastón y que paseaba saludando a damas con enormes sombreros y caballeros tan serios como él, mientras unos niños vestidos de marineritos jugaban con aros y unas niñas de faldas almidonadas jugaban con muñecas… Bueno, Pedrito es que siempre ha sido muy raro…

Y el domingo… El domingo el sombrero desapareció. Aura lo buscó bajo su cama, en su armario, junto a sus libros y hasta en la ventana. Miró en el salón, en el baño, en la cocina y hasta en la solana. Miró en bolsos, en bolsas, en mochilas y hasta en los pijamas. Pero su sombrero, el sombrero mágico más mágico de todos los sombreros, había desaparecido.

La niña, aquella tarde, volvió al parque muy triste, apenada, mustia y afligida pensando en dónde podía haberse metido su sombrero cuando, de repente, lo vio.

Un niño lo estaba sacando de la misma papelera en la que ella lo había encontrado. Iba a salir corriendo para reclamarlo cuando algo la detuvo… Aquel niño se puso el sombrero y corrió hacia la fuente. Se miró el perfil derecho, se miró el perfil izquierdo, se miró de frente y hasta intentó mirarse de espaldas.

Se puso el sombrero de lado, se lo echó sobre los ojos, lo empujó hacia atrás. Hizo mil poses diferentes sin dejar de mirarse en el agua y, finalmente, asintiendo, se lo guardó en un bolsillo y salió corriendo sin que Aura hiciera nada de nada y es que, en cuanto lo vio ponérselo, la niña supo que ese sombrero tan mágico no era sólo suyo, ni de sus amigos, no señor.

Aquel sombrero, el sombrero más mágico de todos los sombreros mágicos que hayan existido, existan y existirán jamás, pertenecía a todos los niños y que todos merecían tenerlo aunque sólo fuera una semana, Aura se fue sonriente en busca de sus amigos a seguir disfrutando de la magia que aquel viejo y feo sombrero había dejado en cada uno de sus corazones.

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Fin

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