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La historia del árbol de Mango 🥭 No solo se cuida un árbol… se preservan historias donde el amor, el cariño y el respeto tienen sentido.

Por Danny Vega Méndez. Cuento sobre el amor por los árboles.

En medio de un trágico acontecimiento, el relato «La historia del árbol de Mango» del escritor Danny Vega Méndez, nos sumerge en un mundo donde los árboles son más que simples seres inertes. La caída del árbol de mango despierta un sinfín de emociones y reflexiones en el protagonista, quien hereda una misteriosa caja de su abuelo.

Mientras observa el derribo del árbol, se cuestiona si los árboles realmente sienten y descubre la pasión de su abuelo por cuidar la naturaleza. A medida que la historia avanza, se revela la profunda conexión entre el anciano y el árbol, así como el legado que deja detrás. Con una curiosidad creciente, el protagonista se enfrenta al contenido de la caja junto a un conmovedor mensaje.

El cuento invita a los lectores a adentrarse en una historia llena de significado, donde la vida continúa y las historias esperan ser escuchadas.

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La historia del árbol de Mango

La caída del árbol retumba en el suelo. Los ecos de este doloroso sonido se perciben en los árboles de alrededor; testigos silenciosos de la tragedia. Las aves asustadas vuelan sin rumbo, sin hogar; y el viento de la tarde guarda un lúgubre silencio ensordecedor.

La historia del árbol de mango - Cuento

La fuerza insaciable de la motosierra no da tregua a la nostalgia, y corta. Corta con desespero y desprecio al sentir de su alma.

— ¿Los árboles sienten? —le pregunté aquella vez—.

— La vida siempre se siente —con mirada fija y voz tenue, me respondió sin vacilar—.

Desde la ventana contemplo aquel trágico espectáculo que inevitablemente crea un conflicto en mi interior. Un legado o un estorbo, todo depende de la percepción de las cosas y del cariño hacia ellas. Para mi abuelo Catalino, no eran metros de altura, sino la grandeza de vida intentando tocar el cielo; para mi familia, solo un proveedor de hojas secas y mosquitos indeseables.

Continúo observando la ilógica escena, mientras sostengo entre mis manos la caja que me heredó mi abuelo. Un detalle algo extraño, pero no menos interesante. La curiosidad reina en mi interior e intento abrirla, pero resisto un poco. Otra vez esa agresiva motosierra que irrumpe mis tranquilos pensamientos. ¿Que tendrá la caja?

Luego de un rato, el bestial ruido se detiene. Se percibe más espacio y el calor aumenta en el patio trasero. Algunos se cobijan bajo pequeñas sombras de los restantes árboles. Alguien toma un pedazo de madera y puedo reconocer que es el banco donde mi abuelo se sentaba a tomar café por las tardes. Esa imagen serena siempre estará viva en mi interior.

Recuerdo verlo vestido con su camisa blanca remangada; su pantalón tela y su sombrero de junco. Todo dispuesto para el trabajo. Levanta una mirada hacia el cielo y musita un ruego: «Ya es tiempo que llueva». Y sigue su labor. Se detiene y coloca su mano sobre aquel árbol que siempre ha admirado. Se queda callado, mientras contempla su majestuosa estructura. Por un instante pareciese que habla con él, que se dicen cosas que no entiendo pero que inevitablemente respeto.

¡El café está listo!, alguien grita desde la cocina e interrumpe el inusual diálogo de amigos. Suelta sus herramientas de trabajo. Se sacude las manos y camina con paso alegre, aunque a ratos es un poco débil. Se sienta bajo la sombra de su amigo en un banco improvisado que de joven construyó.

— ¿Por qué te gusta tanto cuidar los árboles? —muy intrigado le pregunto—.

— Me gusta trabajar y cuidar la naturaleza.

— Pero es que siempre dejan muchas hojas secas y durante la cosecha, los frutos, que se dañan, atraen demasiados insectos —le afirmo con autoridad—.

— No es sólo un árbol. Es una historia —me responde mientras baja su taza de café que tiene religiosamente en su mano y que luego la pone a descansar en su viejo banco—.

Sus palabras me dejaron confundido y la extrañeza de mi rostro la pudo leer sin dificultad. Se quita su sombrero para abanicarse con lentitud mientras sonríe.

— Escúchalo.

— ¿A quién?

— Al árbol.

— Yo no escucho nada.

La taza ya está vacía y me pide otra vez que escuche lo que dice a diario aquel árbol de Mango. Mi inocencia no entiende esos disparates; pero el sabio anciano me dice que escuche la sabia que corre por su interior; el susurro del viento entre sus hojas; el paso de los animales entre sus ramas; la vida que no se detiene y que es intensa en él.

— ¡Cuántas historias nos contaría!, —me dice mientras su mirada se pierde absorta entre el ramaje—. No solamente se cuida un árbol; se cuidan vidas; se preservan historias donde el amor, el cariño y el respeto tienen sentido. Es un hogar y un espacio de sosiego. Es nuestra vida bajo su sombra.

Sus palabras son interrumpidas porque a la distancia, el bullicio de la implacable motosierra define la suerte de un pequeño árbol. El estruendo continúa matizado con las sonrisas de los trabajadores que meticulosamente miden el terreno, ahora sin sombra, para colocar una caseta pública. Piensa que la razón y el sentido común no van de la mano con quien tuvo esa idea.

— Daniel, ¿Ya sabes que hay dentro de la caja? —alguien me devuelve a la realidad con aquella pregunta—.

— No, aún no sé.

La faena ya termina, solo quedan algunos trabajadores que bajo el fuerte sol reclaman sedientos un vaso de agua fresca para calmar la sed.

Me siento en el tronco descubierto… herido. Lo que una vez fue el orgullo del abuelo, ahora son esparcidos pedazos de su vida. Él ya no está, pero su legado permanece inmóvil en mis pensamientos. Creo que ya es momento de abrir la caja y lo hago con la solemnidad que el instante merece.

Una grata sorpresa me aguardaba. Sorprendido veo la semilla de un Mango junto a una inolvidable nota: «Porque la vida continua, ahora te toca a ti escuchar las mejores historias».

Fin.

La historia del árbol de Mango es un cuento del escritor Danny Vega Méndez © Todos los derechos reservados.

Sobre Danny Vega Méndez

Danny Vega Méndez - Escritor

Danny Vega Méndez nació el 17 de junio de 1983 en el distrito cabecera de Puerto Armuelles (Barú, Chiriquí) en Panamá. Es el tercer hijo de Maribel Méndez y Elidermo Vega. Cursó estudios secundarios en la Escuela Secundaria de Puerto Armuelles. Se licenció en Español y posteriormente alcanzó su Profesorado en Media Diversificada.

Su inquietud por vivir el mundo de las letras inició en el año 2009, en ese entonces vio una ranita azul a una orilla del camino que lo conducía a la comunidad de San Cristóbal (Comarca Ngäbe Bugle) donde impartía clases, pues en su memoria surgía la inquietud de escribir a cerca de las ranas doradas, debido a que su existencia está siendo amenazada. Los recuerdos de aquel animalito estuvieron forzando en su mente la creatividad hasta escribir su primer cuento “La ranita estrella“. Con él, intentó explicar el origen de este particular anfibio.

Envió su escrito a diversos lugares entre ellos la Autoridad del Ambiente y no obtuvo ninguna respuesta. Un buen día se animó a enviar el cuentito a un periódico de circulación nacional, Mi Diario; y desde allí han pasado muchos cuentos que han sido leídos por miles de panameños. Desde esta vitrina ha escrito bajo el seudónimo de Daniel Méndez. Daniel porque siempre le ha gustado este sonido como nombre y Méndez porque ha sido, a su modo, la manera de honrar el sacrificio de su madre a quién consideraba su héroe.

Su inspiración es que sus escritos sean útiles para todos, fáciles de recordar y de aplicar en la vida cotidiana. Para ello, no se basó en súper historias sino que se puedo sentar en la banca de un parque y mirar el trabajo de las ardillas (La ardilla de la Concepción), o también puede mirar a las iguanas paseándose por la escuela (La iguana de la escuela) o mirar los riachuelos y darles un origen (La quebrada de las Mellizas), y así la imaginación no tiene límites porque acaso nunca se conformó con caminar sino que tuvo que volar.

«Un escritor que conoce y domina su oficio», fueron la palabras por parte de un jurado en un concurso nacional de cuentos al reconocer su talento.

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