Lavarropas, el objeto de nuestro afecto


Por Liana Castello.

Lavarropas, el objeto de nuestro afecto. Liana Castello, escritora argentina. Historias cómicas del universo femenino. Historias de mujeres. Historias de la vida cotidiana.

Lavarropas, el objeto de nuestro afecto

Lavarropas, el objeto de nuestro afecto - Historia de mujeres
Imagen del Libro «Mujeres Alteradas» de Maitena

Parece un tema nimio, pero quien sea mujer y maneje una casa donde pululen hijos, sabe bien que no lo es.

El lavarropas no es un simple electrodoméstico, así parece, pero es mucho más que eso. Su existencia y funcionamiento ofrece a nuestra vida infinitamente más que ropa limpia. Nos provee de un orden imprescindible para mantener nuestra cordura (o lo que quede de ella).

Recuerdo cuando, siendo jovencita, se descomponía el lavarropas de mi madre. La pobre cambiaba su aspecto. Mutaba en algo -no alguien- que no podría precisar bien. Se transformaba, su cabello parecía haber pasado por una permanente furiosa y su expresión poco tenía que ver con alguien que estaba en sus cabales.

La juventud da un toque de impertinencia que por suerte se pasa con los años, como la juventud misma. Sin entender el por qué de su reacción -a mi juicio desmedido- yo le espetaba “que no era para tanto” y “que el mundo no terminaba porque el lavarropas se hubiera llamado a descanso”.

Con el tiempo, los hijos y una casa a cuestas, comprendí la reacción de la autora de mis días.
Sin dudas, hay una relación particular entre el lavarropas y la dueña de casa, se me hace similar a la que el hombre tiene con su auto.

El hecho que esta amada maquinita no funcione, nos sume en un caos nada agradable: pilas de ropa sucia, abultadas cuentas de lavadero, en fin, la armonía hogareña -no siempre fácil de conseguir- se ve seriamente amenazada.

Me he visto varias veces ante este desolador panorama y mi reacción, debo confesar, ha sido y es similar a la de mi madre.

El derrotero de una mujer cuyo lavarropas se ha descompuesto, podría resumirse de la siguiente manera:

Capítulo uno: Descubrir el desperfecto

Mujer frente al lavarropas muerto, tomándose la cabeza y preguntándose cosas tales como “¿Por qué a mí? O ¿Qué hice yo para merecer esto? Surgen también afirmaciones como “el universo está conspirando en mi contra”, “algo habré hecho”, etc.

Acuden a nuestro imaginario medias, remeras y calzones mugrientos que se entremezclan con posibles notas en los cuadernos escolares de nuestros hijos preguntando por qué no cumplen con el uniforme, esposos que se quejan porque no tienen su camisa en condiciones e hijas que preguntan sin parar “ma… ¿dónde está la remera de los Justin Bieber?”

Capitulo dos: actuar en consecuencia

Pasado el primer estadio de desesperación, hay que actuar. Presurosas buscamos el manual aquel que hemos guardado vaya a saber dónde y con ansiedad recorremos sus páginas hasta encontrar el número de teléfono del service que devolverá a nuestras vidas la calma y orden tan deseados.

Como no es de asombrar a nadie, la persona que nos atiende nos hace un sinfín de preguntas, tales como: modelo del aparato, cuál presumimos es el desperfecto (¡qué no anda! ¿Cuál sino?), y termina su speach informándonos que en 48 o 72 horas pasará el técnico. ¿48 o 72 horas??????????? Una eternidad sin dudas. Tratamos entonces de dar lástima y apelar a la bonhomía del empleado, tocar sus fibras más íntimas para que nuestro reclamo tenga solución en un lapso menor, pero nada, la persona se oye implacable.

Capítulo tres: La espera

Como reclusas de una cárcel de máxima seguridad, comenzamos a tachar en el almanaque que hemos pegado a principio de año en la heladera, los días que van pasando. Cada timbre, cada vez que suena el teléfono pensamos que será él. En estos casos, el técnico cobra la magnitud del Mesías en su segunda venida, con todo respeto dicho sea de paso.

Mas como el día le sigue a la noche, así, ni un minuto antes, ni uno después, llega el hombre cumplidas con holgura las 72,00 hs.

Capítulo cuatro: La visita

Tantas ganas tenemos de recibirlo que hasta nos parece buen mozo y simpático. Vemos cómo revisa el aparato con un interés similar a cuando nuestros hijos son revisados por el pediatra y esperamos también que nos diga “no es nada, sólo una pavadita”.

“La pavadita” sale fortunas y demás está decir que siempre, pero siempre, “la garantía expiró”. De todos modos, nada nos detiene en esta magna empresa, pagaremos lo que sea con tal de volver a tener nuestra amado lavarropas en funcionamiento.

Sin embargo, allí no termina la cosa, es probable que “la pavadita” no esté en stock, con lo cual deberemos seguir esperando un tiempo más y la pesadilla continúa para nosotras y para quienes conviven con nosotras, quienes a esta altura del partido ya nos quieren rifar en una kermés.

Capítulo cinco: El arreglo

No hay mal que dure cien años y desperfecto tampoco. El repuesto o “la pavadita” aparece y ahí sí (nuevamente con respeto) se produce la segunda venida del Mesías, perdón el técnico. Casi con lágrimas en los ojos vemos cómo el hombre mete mano a la maquinita y casi con un llanto desmedido y por demás emocionado escuchamos el dulce sonido de nuestro lavarropas funcionando a pleno ¡Ni Mozart podría sonar mejor! Pagamos la fortuna que nos ha salido el arreglo y despedimos al técnico deseando con toda nuestra alma no volver a llamarlo nunca más.

Capítulo seis: El día después

Nuestra vida ha vuelto a su cauce normal. Comenzamos el día saludando a nuestro amigo que brilla como nuevo y suena como Gardel, cada día mejor. Nuestra única pena es pensar en la gente del lavadero que ve resentida sus ganancias por nuestra culpa, de todos modos, nada nos impide disfrutar la felicidad que nos proporciona un lavarropas que funciona.

Es un día ideal para que nuestros hijos traigan malas notas, aumente la carne, la comida se queme o descubramos una arruga que hasta ayer no teníamos. Nada importa, mientras se escuche ese dulce sonido de ropa dando vuelta en el tambor… mañana será otro día.

Fin.

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