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La cacería 🐭 “Estoy alucinando”, pensé para relajarme un poco, pero no estaba muy convencido de que fuera mi imaginación.

Por Francisco Javier Arias Burgos.

Hoy tenemos un emocionante cuento llamado «La cacería«. En esta historia, conoceremos a un personaje que se encuentra en una situación inusual. Imagine estar en su apartamento a altas horas de la noche, tratando de escribir un importante informe. Pero de repente, algo sorprendente ocurre: ¡aparece una criatura grande y asustadora! Este personaje, que nunca antes había tenido que lidiar con una situación como esta, se ve atrapado en una persecución emocionante y aterradora.

Las acciones que toma nos mantendrán en vilo mientras intenta resolver este problema inesperado. Así que, si quieren saber cómo termina esta historia, los invito a sumergirse en «La cacería» de Javier Arias y descubrirán cómo un simple encuentro puede convertirse en toda una aventura. ¡No se lo pueden perder!

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La cacería

La vi pasar como una exhalación mientras escribía un informe que debía entregar sin falta a primera hora del día siguiente. Ya estaba muy tarde, tenía sueño y estaba agotado. Y apenas había escrito unas cuantas líneas de ese trabajoso reporte. “Estoy alucinando”, pensé para relajarme un poco, pero no estaba muy convencido de que fuera mi imaginación. Estaba seguro de que sí había visto algo.

Me paré, serví un café y volví a mi tarea. Fue cuando la vi. Su cabeza asomaba detrás de la pared del pasillo. Movía los bigotes como oliscando el ambiente, y cuando la miré corrió. Quedé paralizado del susto. Es que no era un ratoncito de esos que despiertan simpatía. Era una rata grande, negra y con una cola gruesa y asustadora.

Rata negra - La cacería - Cuento

“¿Y ahora qué?”, refunfuñé. Son las once y veinte de la noche, los vecinos del apartamento de arriba ya están durmiendo, el conserje está acostado, todo el mundo en el edificio descansa. “¿Y yo voy a armar un alboroto por esta inoportuna rata?”, pensé. Pero no podía dejarla adentro. Esa posibilidad estaba descartada de plano. Tenía que sacarla o matarla, cosas que jamás había hecho antes en mis setenta años de vida. Las cazábamos en trampas, recuerdo. Pero en este momento no tenía un artificio de esos.

Yo andaba en chanclas y solo tenía una pantaloneta y una camisilla puestas. Si la rata me atacaba podría morderme donde quisiera. Para colmo de males, en un apartamento tan grande, todas las ventajas estaban a su favor. Sabía de ataques letales de esos roedores cuando se sienten acorralados. La sola idea de una mordedura me daba pánico. Y me preguntaba por dónde diablos había entrado. “Qué importa cómo lo hizo, ya está aquí”. Renegué de mi absoluta soledad esa noche.

Cogí entonces la única arma que tenía a mano: la escoba de barrer. “Si le doy dos escobazos bien pegados la acabo”, pensé. Y empecé a buscarla. No estaba en la cocina. Moví los muebles de la sala, miré debajo de mi cama, abrí los closets. Nada.

Temía lo peor: que se hubiera encerrado en un baño. Es un espacio muy reducido y ahí la cosa se pondría fea. Muerto de pavor abrí la puerta del primer baño, encendí la luz, y ahí la vi, acurrucada en un rincón. Le mandé el primer escobazo y saltó como impulsada por un resorte, salió del baño y corrió hacia la sala. El golpe de la escoba rompió la tapa del sanitario.

Yo temblaba más que ella. Ambos estábamos asustados, pero creo que yo lo estaba mucho más. Le mandé un golpe con la escoba, y quebré el cristal de la puerta ventana. Fue un estruendo que debió de haber despertado a medio edificio.

Corrió hacia la cocina. Otro escobazo, y el golpe que le di a la nevera le dejó una abolladura en la puerta. Astuta rata, tenía una habilidad increíble para esquivar cada golpe. Al cuarto intento, el palo de la escoba se partió y me dejó con un pedazo inofensivo. Entonces eché mano de un martillo. Un martillazo bastaría para matarla. Pero un martillo tiene un mango muy corto, que me obligaría a acercarme demasiado a ella y me pondría en peligro de un mordisco. “¿Y si se lo tiro?”, pensé.

Eso hice. Volví añicos una baldosa y ni se inmutó. Se encendieron las luces de algunos apartamentos por el estruendo del martillazo, sonó el citófono y como no lo contesté tocaron a la puerta. Era el conserje, que ya había recibido quejas de los vecinos que desperté con ese alboroto.

– Don Arturo, ¿Tiene algún problema? Los vecinos se quejan del estruendo que se siente en su apartamento. Dígame en qué puedo ayudarlo -me dijo en forma amable, pero algo intimidante.

Le expliqué la causa de la algarabía.

– Espere hasta mañana -me dijo.

No valieron súplicas ni argumentos. Me dijo que a esa hora cualquier cosa que hiciera ruido le causaría problemas y un llamado de atención de la administradora, además de los reclamos de algunos vecinos quisquillosos. “Espere hasta mañana”, me repitió.

Eso hago, fuera de mi apartamento, sentado en las escalas, aterido de frío, impotente y lleno de rabia mientras la desgraciada estará dándose un banquete con la hamburguesa que dejé en la mesa de centro de la sala. Ojalá se indigeste.

Fin.

La cacería es un cuento del escritor Francisco Javier Arias Burgos © Todos los derechos reservados.

Sobre Francisco Javier Arias Burgos

Francisco Javier Arias Burgos - Escritor

Francisco Javier Arias Burgos nació el 18 de junio de 1948 y vive en Medellín, cerca al parque del barrio Robledo, comuna siete. Es educador jubilado desde 2013 y le atrae escribir relatos sobre diversos temas.

“Desde que aprendí a leer me enamoré de la compañía de los libros. Me dediqué a escribir después de pensarlo mucho, por el respeto y admiración que les tengo a los escritores y al idioma. Las historias infantiles que he escrito son inspiradas por mi sobrina nieta Raquel, una estrella que espero nos alumbre por muchos años, aunque yo no alcance a verla por mucho tiempo más”.

Francisco ha participado en algunos concursos: “Echame un cuento”, del periódico Q’hubo, Medellín en 100 palabras, Alcaldía de Itagüí, EPM. Ha obtenido dos menciones de honor y un tercer puesto, “pero no ha sido mi culpa, ya que solo busco participar por el gusto de hacerlo”.

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