El perrito sin dientes

fotos de perros y rebaños

El perrito sin dientes. Carlos Cebrián González, escritor español. Historias de animales. Cuentos para toda la familia.

Tom era un perrito desobediente y travieso. Mordisqueaba las piedras más bonitas del camino, trataba de doblar las chapas de los refrescos con sus dientes siendo un cachorro y devoraba los dulces que Carlitos, el hijo de Antonio, el pastor y de Carmen, su esposa, con cariño le arrojaba, a escondidas de sus padres, ya que sabía que su perrito era un glotón.

Su madre, Linda, una perra preciosa, siempre le recordaba que los dientes de un perro son su mejor defensa y que tenía que cuidarlos, ya que eran irremplazables.

Tom y Carlitos salían del pueblo y ambos jugaban felices sin hacer demasiado caso a las advertencias que sus respectivas madres les hacían.

Carlitos solía coger una piedra redonda y blanca y la arrojaba lo más lejos posible, con las escasas fuerzas que tenía a sus siete años. Tom salía disparado en busca del proyectil pétreo moviendo alegre el rabo y lanzando ladridos de satisfacción.

Tom trataba para impresionar a su amito el destrozar esa piedra capturada con sus dientes, apretando con fuerza sus mandíbulas, y poco a poco a base de morder lo que no debía, su dentadura se fue deteriorando y uno a uno fue perdiendo los dientes, para desesperación de sus amos, que conscientes de que Linda, su perra fiel se iba haciendo mayor y perdía agilidad, vista y reflejos, confiaban que Tom la sustituyera y muy pronto cuidara el gran rebaño de ovejas que poseían y que constituían la principal fuente de ingresos de la familia.

Antonio estaba desesperado al ver que a medida que Tom se quedaba desdentado, resultaba evidente que él no podía defender a sus ovejas ante un ataque de un lobo o de otras alimañas.

Cuando Linda murió tras una rápida enfermedad, Antonio y Carmen, decidieron ir a la ciudad y comprar otro perro pastor que pudiera sustituir a Tom, que se había quedado sin dientes y al que había que darle la comida triturada.

Carlitos tenía doce años y al salir de la escuela, se llevaba a Tom, al que sus amos habían estado a punto de sacrificar ya que no podía vigilar y proteger a su ganado, como habían previsto y se alejaban del pueblo a los rincones donde habían transcurrido sus juegos infantiles y de nuevo buscaba una piedra redonda y blanca para lanzársela a Tom, Éste, al recogerla, como no podía morderla, movía con fuerza la cabeza y lanzaba muy lejos la piedra con una precisión sorprendente, ante el entusiasmo de Carlos que aplaudía con vehemencia la buena puntería de su querido perro.

Pero a pesar de esos momentos de felicidad, Tom, al considerarse un estorbo de la familia, únicamente recobraba su alegría de vivir, cuando se encontraba a solas con su amito, ese muchacho alto y travieso, que seguía jugando con su perro favorito, ya que Tigre, el nuevo perro pastor era muy agresivo y por ello a Carlos no le apetecía coger confianza con él, al considerarlo un engreído y un bravucón.

Tom cuando se quedaba solo salía de la casa y vagaba por los caminos polvorientos y de vez en cuando se acostaba a la sombra de un pino muy longevo y se daba cuenta de que los perros de su raza, tal y como hizo Linda, su madre y como hacía Tigre el nuevo acompañante inseparable de Antonio, el pastor, tenían que tener unos dientes muy fuertes para proteger a las ovejas que estaban a su cargo. Y él por su desobediencia, había perdido los suyos y se había convertido en una carga para sus amos.

Una mañana invernal en la que había una niebla muy densa, como no había clase, Antonio, que estaba muy acatarrado le pidió a su hijo Carlos, que había cumplido los trece años, que llevase a las ovejas a pastar hasta el mediodía en que él lo sustituiría.

Carlos, al que la profesión de pastor no le gustaba, ya que soñaba con ser un día un buen médico y a ser posible cirujano, quiso llevarse consigo a Tom, pero sus padres le recriminaron su inconciencia . Tom, que escuchaba atento, tras la puerta de la cocina, como sus amos, reprendían a su amigo Carlos, no pudo contener las lágrimas cuando escuchó a Antonio, decirle muy enojado a su hijo:

—¡Estoy harto de ese perro desdentado!…No nos sirve para nada ¿Entiendees? Si no hubiera sido por tu madre, yo le hubiera descerrajado un tiro con mi escopeta y ahora tendríamos una boca menos que alimentar.

—Tom es mi amigo. Desde niño ha estado jugando a mi lado, ha sido y es mi confidente y no quiero que digas que no sirve para nada, porque a su lado soy muy feliz—respondió Carlos enérgico sin comprender las razones que le daba su padre para librarse para siempre de su querido compañero.

—Te irás con las ovejas a la vega, llevándote a Tigre, que ese si es un buen perro en el que puedes confiar, no en el inútil de Tom, al que detesto.

Hacía mucho frío y a pesar de ello, Tom, siguió de lejos al rebaño y procurando no ser visto, con los ojos arrasados por las lágrimas, no quiso dejar solo a ese muchacho al que tanto quería, consciente de que los lugareños habían advertido la presencia de lobos en las inmediaciones del pueblo, que estaba rodeado de altas montañas y de un paisaje muy agreste.

Tom que tenía un oído muy fino, escuchó a lo lejos unos aullidos que le helaron la sangre. Eran los aullidos de lobos y pensó que seguramente pronto iban a atacar al rebaño que guardaba Carlos, que a pesar de ir acompañado por Tigre, podía verse en peligro ante un ataque de los lobos.

De repente vio como varios ejemplares de lobos atacaban por los cuatro costados a las ovejas de Antonio y Carmen, sus amos. Tom cogió una piedra grande, sin importarle que no fuera blanca, ni redonda. Sin pensárselo dos veces, se dirigió raudo al encuentro con los terribles depredadores, olvidándose por completo de su carencia de dientes, y del peligro que corría su vida.

Se quedó atónito al ver como Tigre huía despavorido como un cobarde, dejando abandonados a Carlos y a su rebaño, la primera vez que las circunstancias le exigían que cumpliera con la principal obligación de un buen perro pastor.

Tom olvidándose del perro fanfarrón y cobarde que marchaba hacia el pueblo, con el rabo entre las patas, aceleró su marcha y pronto estuvo al lado de Carlos, que atemorizado, trataba de defenderse con su cayado de la furia infernal de esos lobos hambrientos, que tras rodearlos y encerrarlos en un círculo les atacaban feroces.
Tom lanzó la piedra con todas sus fuerzas y golpeó con ella al líder de la manada que acusó el golpe y retrocedió.

Luego cogió otra piedra y volviéndose con rapidez en un giro de ciento ochenta grados lanzó el proyectil al ojo de otro lobo que aulló dolorido.

Una loba de un zarpazo hirió a Tom en el lomo. Otro le arrancó una oreja de una dentellada. Tom perdía mucha sangre, pero seguía arañando con sus pezuñas a los lobos que le atacaban.
Carlos trataba de ayudar a Tom, que se sentía muy débil por sus heridas y estaba a punto de caer inconsciente a pesar de que no se rendía y lanzaba una y otra vez piedras y arañazos, cada vez con menos fuerza contra sus atacantes.

Cuando Tom muy herido cayó inconsciente, se oyeron unos tiros y dos de los lobos cayeron muertos al lado del perro inerte.

Antonio provisto de su escopeta había visto venir solo a Tigre, muy asustado y comprendió que los lobos habían atacado a su rebaño y que su hijo, por culpa de ese perro cobarde, estaba corriendo un grave riesgo.
Disparando varios tiros, ahuyentó a la manada, de la que habían muerto cuatro ejemplares. Carlos en pocas palabras le narró el gesto heroico de Tom, que al contrario que Tigre y a pesar de su falta de dientes había salvado su vida y ese valioso patrimonio que era el rebaño para su familia.

Antonio y Carlos transportaron a Tom hasta su casa y desde allí en su todo terreno llevaron al héroe al veterinario, que tuvo que intervenir a ese héroe animal, en una operación a vida o muerte, ya que las heridas que había sufrido podían catalogarse como muy graves.

Cuando Tom se repuso, el veterinario y un mecánico dentista, le hicieron una dentadura postiza, que les resultó cara, pero gracias a ella, Tom, que ya no mordía las piedras, ni devoraba los dulces, podía comer sin que su ama tuviera que triturarle la comida.

Tigre fue vendido a un sastre de la capital y Tom, cumplió el sueño de Linda, su mamá, sustituyéndola con acierto y fidelidad en el cuidado de su rebaño, consiguiendo por su valor y eficacia el cariño de Antonio y Carmen.

Además y hasta el resto de los días, fue el mejor amigo y confidente de Carlos, que al fin logró su sueño de ingresar en la universidad para cursar sus estudios de Medicina.

Una mañana primaveral y soleada, con un cielo azul y muy hermoso, Tom se sintió mal, se tumbó en la misma hierba de la que pastaban sus ovejas y Antonio, creyó ver o…¿Tal vez sufrió una alucinación?…como una perra blanca etérea.. ¡Linda! aparecía de improviso, surgiendo de la nada y se llevaba a Tom, hacia el paraíso de los perros.

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Fin

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