Rolimón y Trigandillo

Rolimón y Trigandillo

Rolimón y Trigandillo. Dolores Espinosa, escritora española. Cuento infantil sobre enanos y gigantes.

Me contó -no sé quien, no sé donde, no sé cuando- que alguien le había contado -no sabía quien, no sabía dónde, no sabía cuando- que en cierto lugar del Bosque Más o Menos Encantado, se encontraron, un hermoso día de otoño, el enano Rolimón y el gigante Trigandillo.

Me contó -no sé quien, no sé donde, no sé cuando- que andaba el gigante Trigandillo algo cabizbundo aquellos días y que paseaba por el bosque sin fijarse muy bien por donde andaba y que, por eso, casi casi se da de narices con el enano Rolimón que andaba aquellos días algo meditabajo y tampoco se fijaba dónde ponía los pies. Así que, cabizbundo uno y meditabajo el otro, fue inevitable que tropezaran el otro contra el uno y el uno contra el otro.

Dije antes que casi se dan de de narices pero dije mal porque eso, por supuesto, era imposible ya que la nariz del otro no quedaba a la misma altura que la del uno, no, lo que ocurrió fue que el uno casi se cae por no pisar al otro y el otro casi se come la bota del uno. Está bastante claro ¿no?

Y ocurrió que el enano Rolimón bajó la mirada hasta sus pies y vio al gigante Trigandillo que miraba hacia lo alto. Sí, sé lo que he escrito y no, no me he equivocado: el enano Rolimón bajó la mirada y el gigante Trigandillo miró hacia lo alto.

Y es que el gran problema que tenía a Rolimón cabizbundo era que, para ser un enano, resultaba demasiado alto, tan alto, tan alto que parecía un gigante y los demás enanos se reían de él.

Y el gran problema que tenía a Trigandillo meditabajo es que, para ser un gigante, resultaba demasiado bajo, tan bajo, tan bajo que parecía un enano y los demás gigantes se burlaban de él.

Se estuvieron mirando -Rolimón y Trigandillo- durante largo rato, tan largo que acabaron los dos con dolor de cuello y decidieron que lo mejor sería igualar alturas.

Así que el enano Rolimón se tumbó cuan largo era y el gigante Trigandillo se sentó frente a él y, ya más cómodos los dos, se contaron sus respectivas historias.

Y contó Rolimón que allá, en la ciudad de los gigantes, en el extremo este del Bosque Más o Menos Encantado. Debía andar con mucho cuidado y lleno de cascabeles de modo que los demás gigantes supieran siempre donde se encontraba el pequeño-gigante Rolimón y no lo pisaran.

Que de pequeño no tenía amigos porque, al ser tan pequeño, nadie quería jugar con él y que todos, todos, se burlaban de su tamaño. Y contó Trigandillo que allá, en la ciudad de los enanos, en el extremo oeste del Bosque Más o Menos Encantado, debía andar con mucho cuidado y mirando siempre al suelo por temor a pisar a los demás enanos. Y que de pequeño no tenía amigos porque, al ser tan grande, nadie se atrevía a jugar con él y que todos, todos, se burlaban de su tamaño.

Durante muchos días, enano y gigante se vieron en aquel claro para compartir penas y quejas pero también risas y juegos. Y así, poco a poco, día a día, secreto a secreto, juego a juego, Rolimón y Trigandillo se hicieron los mejores amigos del mundo mundial y hasta del universo universal.

Cierto día, tras pasar muchas horas hablando de sus respectivos problemas, pensaron que, quizás, si el uno se iba a la ciudad del otro y el otro a la ciudad del uno, las cosas irían mejor y, dándose ánimos el otro al uno y el uno al otro, Trigandillo puso rumbo al este, a la ciudad de los Gigantes y Rolimón puso rumbo al oeste, a la ciudad de los Enanos… ¿O era al revés? Bueno, tú ya me has entendido… ¿no?

En un principio todo fue estupendamente estupendo. Trigandillo podía andar por las calles de Gigantea sin temor a pisar a nadie y podía jugar sin miedo a aplastar ninguna casa.

Por su parte Rolimón descubrió que era un gustazo andar por las calles de Enania sin temor a ser pisado y jugar sin miedo a recibir un puntapié que lo enviara al otro lado de la ciudad.

Pero… tanto el uno como el otro, el otro como el uno seguían sin sentirse a gusto. A fin de cuentas Trigandillo estaba acostumbrado a las costumbres de los enanos y la vida de los gigantes le resultaba extraña y los habitantes de Gigantea no acababan tampoco de aceptarlo.

Y Rolimón, por su parte, estaba acostumbrado a las costumbres de los gigantes y la vida de los enanos le resultaba extraña; además, los habitantes de Enania no acababan, tampoco, de aceptarlo.

Y antes de darse cuenta, Rolimón, pasito a pasito, cabizbundo y mustio, fue saliendo de la ciudad y, sin querer queriendo o queriendo sin querer, se fue acercando al claro donde, tantas veces, se había reunido con Trigandillo. Y antes de se diera cuenta, Trigandillo, pasote a pasote, meditabajo y mohíno, fue saliendo de la ciudad y, queriendo sin querer o sin querer queriendo, se fue aproximando al claro, donde tantísimas veces, se había reunido con Rolimón.

Así que, cabizbundo uno y meditabajo el otro, fue inevitable que tropezaran el otro contra el uno y el uno contra el otro. Ya sabéis, la cabeza de Rolimón con la rodilla de Trigandillo, o la rodilla de Trigandillo con la cabeza de Rolimón. Se miraron, se sonrieron, se pusieron cómodos y volvieron a contarse sus penas como los grandes amigos que eran.

Y hablando y charlando, charlando y conversando, conversando y dialogando, llegaron a darse cuenta -y ya era hora de que se la dieran…- de que siendo tan amigos, llevándose tan bien y teniendo el mismo problema quizás la solución fuera construir una casa ahí, en medio del bosque, y vivir juntos para siempre… o para casi siempre.

Y eso hicieron. Construyeron una casa con una habitación enorme para Trigandillo y una chiquitina para Rolimón, con una silla muy grande para Trigandillo y una pequeñita para Rolimón, con una cama gigantesca para Trigandillo y una cama enana para Rolimón.

Y a ella se mudaron y en ella vivieron y a ella comenzaron a acudir, nadie sabe por qué, todos aquellos que se sentían raros por cualquier motivo: una bruja bondadosa, un lobo manso, un hada fea, un dragón sin fuego, un sapo que no se convertía en príncipe, una princesa estudiosa, un príncipe rosa y un montón de bichos raros.

Tantos, tantos, tantísimos que, al final, se acabó por formar todo un pueblo y luego toda una ciudad en la que nadie, nadie se sentía diferente o, mejor dicho, una ciudad en la que todos, todos se sentían diferentes pero donde a nadie, nadie, le importaba porque todos, todos sabían que eran diferentes y estaban la mar de contentos de ser así.

Fin

 

 

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