El poto de la hormiga



El poto de la hormiga. Alfonso Quiroz Hernández, escritor chileno. Cuento para padres.

El poto de la hormiga

Recoger los granos de azúcar, seguir la huella, tocar las antenas con las que vienen y mirar el poto de la hormiga antecesora, poto que a su vez es guiado por el bamboleante y seductor poto anterior. Todas ligadas a la fila como eslabones de una zigzagueante cadena, fusión que perdura mientras se acata, porque en todo sistema movible y precario siempre surgirá una de miles que se aísla y despierta. La hormiga despabilada ve el camino más allá del azucarero, respira y se interna por un sendero desconocido del jardín. Apura el tranco, corre, por primera vez ríe y cuando está a buena distancia salta, baila y canta. Imita al viento, se arroja en la hierba y rueda para sentir aquello prohibido: realizar lo improductivo, mirar las nubes pasar, cantar una melodía otoñal, girar y disfrutar con sus antenas del sol y la brisa tibia del atardecer.

Más tranquila, sentada y aún jadeante, piensa. Por un instante le abruman el compromiso abandonado y la responsabilidad esclavizante, pero al disfrutar de la hierba los sentidos le otorgan la razón, sus ojos miran donde quieren y el tiempo por primera vez es suyo. Se ríe, ya no hay potos que seguir. Cierra sus ojos y se duerme bajo los faroles que poéticamente bautiza con el nombre de estrellas.

Así pasa los días con letargo y descubre el ocio saludable, hasta que una mañana el hambre le habla desde el estómago y decide cultivar la tierra. Busca un terreno y en el valle planta lo que más le gusta: un viñedo y un trigal. Lo cuida, trabaja, come y antes que llegue el invierno construye su hogar. Sobre una loma diseña una cabaña con madera de roble. La construye con viga a la vista, ventanales grandes, chimenea de piedra y sobre el tejado instala una veleta negra con la forma de una bruja montada en su escoba.

Entonces, se levanta todas las mañanas para respirar esa libertad y un día, caminando por su tierra, descubre los cantos de los pájaros y esa melancolía en los oídos le advierte de la soledad. Pero confía en su nueva vida, en su juventud, y en un paseo matutino descubre a la muchacha del río, esa de cabellos dorados y cuerpo esbelto. Le sonríe a la distancia, se aman con fiereza, se casan, son felices y luego de muchas primaveras llegan los hijos. Es natural, disfrutan viéndolos crecer y los educan. Estudiar genera gastos, pero ellos tienen un hogar, son felices, poseen tierras y el trabajo no les falta. Lo hacen a su propio ritmo, son libres, no se encadenan a otros y eso es precisamente lo que les permite la diversión. Así ingresan a un club y los amigos crecen, la familia aumenta, la cabaña se hace chica y los recursos escasean. Pero tienen su tierra y como solución vende la propiedad.

A pesar de los inconvenientes deciden mantener su felicidad y compran un vehículo a crédito, en su nueva manera de pensar descubren que la vida también se construye de sacrificios. Trabaja el automóvil durante cinco años y lo cambia por una camioneta porque la mujer que ama desea un futuro más seguro. Y él acepta, la felicidad tiene su precio y bien vale la pena pagarlo. Vende la camioneta porque necesita comprar un camión.
Y los días no pasan en vano, los años hacen mella. Un día cualquiera se dirige a la capital, toma la carretera y al llegar se pierde en la ciudad. Ya está viejo, le cuesta pensar, los clientes esperan. Dobla por la avenida y toca la bocina. Es tarde, en la fábrica le llenan el container y se aleja de la Azucarera Nacional. Para volver sigue a los demás, enfila por la calle principal, entra por el túnel y se saluda de antena con antena con la hormiga que viene. Vuelve a la fila para no crear taco. Y para no extraviarse le mira el poto a la hormiga antecesora. Se encadena a esos ritmos, al bamboleo seductor, a la seguridad rimbombante y mal definida por todos como madurez.

Fin

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