El anciano de la vara


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Por Gisela de la Torre. Cuentos fantásticos

El anciano de la vara es un cuento de fantasía de Gisela de la Torre sobre un anciano que aparece en auxilio de una familia de campesinos a los que les van pasando diferentes cosas perjudiciales para sus cultivos.

El anciano de la vara

Unas reses penetraron en los sembrados de un campesino y comenzaron a comerlos. Este quiso ahuyentarlas, pero pretendieron embestirlo y tuvo que alejarse.

—Salgan, él ha trabajado sin descanso para tener su cosecha —le dijo un anciano que apareció y con una vara comenzó a espantarlas.

—No. Apártese, pueden lastimarlo —le aconsejó el campesino. Sin embargo, el anciano las pinchó una a una y estas salieron huyendo sin hacer el mínimo intento de atacarlo. Después con la vara tocó la siembra que había sido destruida y estas quedaron como si no las hubieran tocado los animales. El campesino lleno de asombro se quedó mirando su siembra y después le agradeció a su bienhechor.

—Si vuelven, se alejarán enseguida —le dijo el anciano y descansó al lado de un tronco de un árbol. Luego sacó de su bolso una botella con un líquido verdoso y lo regó por los alrededores de los sembrados.

Se despidió del campesino y se marchó a pasos rápidos.

— ¿Para qué habrá regado ese líquido y cómo camina tan deprisa si es un anciano? —se preguntó el campesino lleno de asombro. Después siguió su labor hasta muy entrada la tarde.

Al día siguiente cuando había desyerbado lo suficiente, se dispuso a sentarse un rato. Escuchó los mugidos de las reses, y se puso en guardia y quiso alejarlas, algunas se marcharon y otras fueron a comer; pero enseguida retrocedieron espantadas y se fueron. Así sucedió muchas veces hasta que no regresaron más.

El líquido verdoso

—El anciano tenía razón, parece que ese líquido las hace alejarse —se dijo y siguió su faena.

—Buen día —oyó a su espalda, al voltearse se encontró con el anciano y le devolvió el saludo, le agradeció nuevamente y lo invitó a compartir su almuerzo.

—Está bien, vengo de tan lejos y aún debo andar un buen trecho —le dijo el anciano y comió con avidez, se despidió no sin antes entregarle una botella con un líquido oscuro—. En tiempo de sequía, riéguelo en tus terrenos para que las cosechas no se vean afectadas —y se marchó. El campesino guardó la botella y siguió trabajando.

Cuando llegó el tiempo de sequía regó la tierra y sus cultivos progresaron como si fuera en tiempo de lluvia. Recordó con gratitud al anciano y siguió trabajando.

Un día lo vio llegar con paso lento y desanimado. Le dio de comer y le preguntó qué le sucedía, pero el anciano no contestó y se quedó dormido.

Llegó su hijo y su esposa. Le preguntaron quien era:

—Papá, llevémoslo con nosotros, a lo mejor no tiene adonde ir —le pidió el niño y cuando el anciano se despertó lo llevaron para su casa y cuidaron de él por un buen tiempo hasta que se recuperó.

Una mañana decidió marcharse y le entregó al campesino otra botella con un líquido transparente diciéndole que con tres gotas de ella podía preparar una y regar los sembrados si eran atacados por plagas. Le entregó además su vara diciendo que en tiempo de ciclones la clavara en medio de los sembrados para que las ráfagas no arrasaran los cultivos. Se despidió y caminó lentamente hasta perderse de vista.

Líquido transparente y una vara

— ¿Por qué nos habrá entregado su vara? —. Dijo el campesino a su familia—. Me parece que no volverá más —y se la aguaron los ojos.

Pasó el tiempo y una plaga comenzó a invadir los sembradíos y el campesino preparó las botellas con el líquido, regó los sembrados. Después anunciaron la llegada de un ciclón y colocó la vara en medio de sus siembras y a pesar de las intensas ráfagas éstas no fueron afectadas. Recogió la vara y la guardó en su casa.

— ¡Cuánto le debemos al anciano! ¿Dónde estará? —le dijo el campesino con pesar a su esposa y a su hijo.

—A lo mejor ya ha…

— ¡Muerto! —se oyó la voz del anciano —. Aún no, tengo mucho que hacer — y entró en la casa. Todos dieron gritos de alegría y lo abrazaron, compartieron su comida con él y conversaron mucho. A la mañana siguiente se marchó diciéndole que esta vez ya no regresaría y le entregó una diminuta piedra, pidiéndoles que en caso de dificultad la apretaran y dijeran su nombre.

—Pero es que nunca no los ha dicho —dijo el niño.

—Me llamo auxilio.

— ¡Auxilio! —. Exclamaron a coro los tres.

—Sí. Ese es mi nombre.

Auxilio es mi nombre

—Entiendo —dijo el campesino—. Siempre está auxiliando a los demás —y lo abrazó.

El anciano se marchó enseguida y la familia quedó llena de angustia. La esposa del campesino guardó la piedra en una caja de cristal y pidió que ojalá nunca tuvieran que necesitarla.

No había día que la familia no lo recordara con gratitud por sus buenas acciones. Y una noche vieron una humareda que provenía del campo y corrieron a tratar de apagarla pero era tanta la candela que no le era posible.

— ¡La piedra papá, la piedra! —. Se acordó el niño, fue a la casa por ella y se la entregó al campesino. Este la apretó y dijo el nombre del anciano. Poco a poco la candela comenzó a apagarse. Regresaron a la casa pesarosos por el desastre que pudo haber sido mayor a no ser por la piedra.

Al día siguiente cuando fueron al campo, todo estaba como si nada hubiera pasado y dieron gracias al que tanto bien le seguía haciendo aunque ya no lo pudieran ver.

Fin.

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