Más allá de lo creíble


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La tarde del miércoles, víspera de Semana Santa, se presentó cálida, soleada y tranquila, Tomé mi netbook, la guardé en la mochila y salí de casa con mi bicicleta rumbo al Área fundacional.

La sombra de un añejo árbol del parque O’Higgins me pareció un buen sitio para sentarme, abrir la netbook y comenzar a navegar sobre el pasado de este sitio histórico mendocino del que tenía que hacer un trabajo escolar.

Lo primero que me llamó la atención era el contraste de imágenes que se mostraban al comparar las ruinas que aquí existían antes de la construcción de este parque. Ruinas que yacían indiferentes y pasaban inadvertidas para la gente. La creación de este parque con su historia, arqueología, mitos y tradiciones contribuyó notablemente a enriquecer el patrimonio cultural no sólo de Mendoza, sino también del país.

Sumido en las imágenes que pasaban frente a mi vista, me dejé atrapar por las que representaban la vida colonial, su rudimentaria arquitectura, su aislamiento de la capital del Virreinato y la conciencia sísmica de aquella mentalidad aldeana.

De pronto mi atención recayó en una foto, una reconstrucción del cabildo como centro del espacio urbano, chato, alargado, sostenido por una recova con siete arcadas. A su izquierda la fachada de una iglesia con dos torres y un campanario. Delante de ambos edificios, se extendía una plaza con una fuente en el medio y decenas de puesteros con su mercadería expuesta para que los transeúntes se las compraran.

Sobre la margen derecha, un canal llevaba abundante agua de deshielo y una hilera de sauces rozaba sus ramas caídas en los saltos que se formaban.

El tañir fuerte de una campana me sustrajo de la escena; pero, asombrado, comprobé que el sonido no provenía del exterior de la pantalla.

¿Qué estaba pasando?

Acerqué más la vista, y observé con nitidez que una mujer vestida de aldeana me hacía señas con su brazo para que entrara.

– Vení, acercate. ¿No quieres comprarme una manzana?

– ¿Cuánto sale? – le respondí sin saber por qué se lo preguntaba.

El bullicio de la feria se interrumpió por unos gritos desesperados que venían del canal

– ¡Manzanera, Manzanera, tu hijo se cayó al agua!

La vendedora soltó la fruta y con sus brazos me agarró para introducirme en la escena. Yo corrí tras de ella y al llegar a la orilla visualicé cómo las aguas arrastraban a un niño que revoloteaba sus brazos sin poder agarrarse de ninguna rama.

-¡Salva a mi hijo por favor! –me gritó desesperada

Sin meditarlo, me arrojé al agua y nadé hasta alcanzarlo. Con la ayuda de los presentes, ambos pudimos evitar que la corriente nos llevara.

La manzanera lo estrechó contra su pecho y lo abrazó con el alma, luego me sonrió agradecida y desapareció con su hijo entre el gentío que se agolpaba.

El atardecer estaba cayendo sobre el cabildo, la iglesia y la plaza. En medio del silencio y la soledad, me acurruqué bajo un frondoso árbol y la quietud me sumió en un profundo sueño.

De pronto, un remesón hizo que me despertara. La noche había caído en el parque O’Higgins, las farolas estaban prendidas y las calles iluminadas. La netbook me mostraba el protector de pantalla. Miré mi reloj: 8,36. Como un pensamiento punzante, recordé que esa había sido la hora y el día en que se había producido el terremoto de 1861. Sentí frío y la piel húmeda

Sin saber por qué, un manto de rocío había cubierto el césped que me rodeaba. Cuando quise guardar la netbook en la mochila, noté que algo lo impedía. Rápidamente metí mi mano para ver de qué se trataba, al tantear el objeto, un temblor me sacudió el cuerpo, no podía creer lo que estaba percibiendo con el tacto. Al sacar lentamente el brazo, extraje entre mis dedos una manzana.

Fin

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Esta es una leyenda urbana, género que aparece a fines del siglo XX y comienzos del XXI. A diferencia de las antiguas historias, su transmisión no es oral, sino virtual.

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