Los sueños de Mariana. Cuentos cortos

niño cartonero

Los sueños de Mariana es un cuento de la colección cuentos cortos de nuestra escritora de cuentos infantiles Zunilda Borsani sugerido para niños de todas las edades.

Mariana y Fermín no tenían padres, desde pequeños su madre los había dejado con el abuelo Joaquín, el mismo día en que a su marido se lo llevaron a la cárcel acusado de rapiñas graves y otros delitos.

Un ser al cual las drogas lo habían transformado en una persona incapaz de tener sentimientos, golpeador y violento hasta con sus propios hijos. Ella esperó a que todos estuvieran dormidos y se fue con un bolso que apenas contenía algo de ropa, sin despedirse y sin besar a sus hijos por última vez. Se marchó, se fue muy lejos, donde nunca pudieran encontrarla. Ellos habían quedado con el abuelo, el único familiar que conocían. Vivían en una casucha de lata y cartón.

La calle era de tierra donde abundaban pozos que almacenaban el agua de lluvia, haciendo casi imposible transitar por allí. Mariana y Fermín estaban acostumbrados a todo eso que les había tocado vivir y no conocían otra cosa. El abuelo tenía una barba blanca y desprolija, algo achacoso, con voz dura y severa. Nunca pensó que su hija lo abandonara con esos dos pequeños, por lo menos cuando ella estaba, había algo de comer en la mesa.

Estaba seguro que a partir de ese día, tendría que mandarlos a mendigar para sobrevivir y eso hizo. Lo único que le quedaba era un carro tirado por un caballo que apenas caminaba el pobre, pero era suficiente para recoger metales viejos y cacharros, que luego vendería en una feria cercana a los rancheríos, donde se vendían todo tipo de cosas, incluso aquellas que habían sido robadas en otros lugares. A los chicos además de mandarlos a pedir limosnas, también los hacía recoger de los contenedores; papeles, cartones y todo aquello que después reciclarían para venderlos y obtener algunas monedas.

En el barrio había muchos niños y niñas que vivían aún peor que ellos, estaban solos, algunos habían escapado de su casa por la violencia que existía en ella, otros del hogar donde habían sido recluidos por distintos delitos y muchos, simplemente habían sido abandonados. Robaban, y si era necesario golpeaban a la víctima para cubrir sus necesidades sin pensar en las consecuencias, sin importarles la vida, porque siempre estaban al borde de la muerte.

Perseguidos y ultrajados por la miseria, sobrevivían en un mundo paralelo, sin límites, lejos de una sociedad consumista que los despreciaba.

Mariana era una niña dulce, de cara pálida y ojitos de hambre. Su pelo desprolijo y sucio, caía sobre su frente pequeña, cubriendo en parte el menudo rostro. Era una soñadora, a pesar de toda su situación, le gustaba mucho soñar y volar a otros lugares, fabricarse unos padres y concurrir a la escuela.

Sus ojitos siempre se detenían en aquellos niños que parecían palomas blancas con exquisitos perfumes, moños en el pelo y sus morrales cargados en la espalda, con las cosas más fantásticas que pudiera imaginar su cabecita; libros, cuadernos, lápices de colores y tantas otras cosas que jamás había tenido. En sus caminatas, mientras recogía los cartones y plásticos, solía detenerse cerca de la escuela con su bolsa a cuestas, bajo la mirada exhaustiva de los padres, que muchas veces sentían miedo que ella pudiera acercarse a sus hijos y contagiarles algo. Mariana se marchaba con la cabeza baja y pensaba que tal vez algún día, ella también sería igual a esos niños.

Fermín, en cambio, era un chico dispuesto, decidido y hasta podría decirse desinhibido. Todos los días salía con su bolso al hombro, golpeando cada puerta y repitiendo la misma frase:

– ¿Tendría algo para comer o alguna ropa vieja?

Unas puertas se cerraban en sus narices y otras, al mirar el rostro de compasión que solía poner el muchacho, las personas colocaban en su bolsa el pan de ayer, o alguna fruta que ya no comerían.

Fermín tomaba todo con agrado y luego cuando había recogido lo suficiente, se marchaba a casa contento a entregarle al viejo la riqueza del día. Él no podía prescindir de su abuelo, que a pesar de ser un viejo gruñón, lo quería y lo necesitaba mucho, como también a su hermana a quien adoraba. Le gustaba sentirse hijo, nieto, hermano, todas esas cosas tan necesarias para seguir viviendo.

Los días y las noches transcurrían… Los veranos ardientes y los crudos inviernos, ambos insoportables en aquellas casuchas grises y mal olientes, donde los insectos penetraban por cualquier hendija de la pared, posándose en la mesa donde solían compartir la riqueza del día.

No había juegos electrónicos, ni celulares, ni computadoras y mucho menos cuadernos o libros.

En las noches, sólo la luz de la vela iluminaba la única pieza de la casa. Fermín llevaba a pastar al viejo caballo y luego se sentaba en unos cajones que oficiaban de sillas a escuchar al abuelo contar parte de la historia de la familia, con la cual los chicos se deleitaban…

– Cuando yo era peón de tambo – decía el abuelo – me levantaba en la madrugada, cuando cantan los gallos ¿saben? Tomaba un desayuno con leche recién ordeñada, pan casero que preparaba la Margarita, la cocinera de la estancia. Creo que fue ese el motivo de nuestro casamiento.

– ¿Nuestra abuela? – Interrogó Fermín.

– Claro – contestó el abuelo con una tímida sonrisa – ¡Qué tiempos aquellos!

– ¿Dónde está ella, abuelo?

– Prefiero no hablar de eso. Vayan a descansar, mañana nos espera otro día de trabajo.

– ¡Ay! Abuelito cómo me gustaría ser peón de tambo y tomar esa leche fresquita – dijo Mariana con ojos ansiosos – mientras el anciano se recostó en un viejo colchón y con su rostro desencajado por la rabia le contestó:

– Vamos a dejarnos de pavadas y a dormir.

– Los días y los meses pasaban lentamente. El abuelo estaba cada vez más viejo y enfermo y a Fermín le preocupa mucho, no sólo el abuelo, también porque ellos se quedarían solos para siempre.

– ¿Qué será de Mariana? Tengo que hacer algo. Lo primero es vender el caballo, eso nos dejará algún dinero para comer unos días y después buscaré trabajo.

Una mañana, salió como siempre, con su bolso a cuestas, su garganta seca y un pensamiento en la cabeza.

– Tengo que demostrarle al abuelo que puedo ser un hombre, que no pediré más limosnas y que conseguiré un trabajo.

Sus pasos lo llevaron hacia la farmacia de la zona y le pidió al farmacéutico que por favor a cambio de mandados, pudiera pagarle un pequeño salario.

– No le robaré nada – decía con ojos implorantes, porque él sabía que la zona estaba llena de pequeños delincuentes sucios y harapientos como él que solían asaltar los negocios.

– ¡Claro que no! – respondió el farmacéutico con voz grave y dura – siempre andas sucio y con muy mal aspecto. ¡Vete de acá!

Fermín bajó sus ojos y envuelto en una profunda tristeza emprendió el camino hacia el almacén, sabía que era muy difícil que le creyeran.

Al acercarse al almacenero, este reaccionó de inmediato – ¡Vete de aquí, muchacho! No quiero verte rondando mis cajones, eres sucio y ladrón.

Los ojos de Fermín se mojaron un poco pero se enfureció, apretó los puños y lo interrogó:

– ¿Por qué me acusa? ¿Acaso le robé algo?

– No sé… no sé… – respondió el almacenero – ¿Qué buscas?

– Sólo un trabajo, señor – respondió Fermín frotándose nerviosamente las manos. Cuando hubo terminado de decir esto, el almacenero se sintió turbado, como si él mismo fuera culpable de que Fermín estuviera allí, en esas condiciones terribles. No decía nada, sólo lo observaba. Fermín bajó la cabeza y ya se disponía a salir, cuando el almacenero con algo de desconfianza todavía y acariciándose el bigote – le dijo:

– Hum… ¡Vamos a ver! ¡Vuelve aquí! ¿Cuándo quieres empezar?

Sin más, Fermín soltó su bolsa y contestó rápidamente:

– Hoy mismo, señor, necesito este trabajo, mi abuelo está muy enfermo y…

– No, no me hagas esos cuentos a mí, no quiero enterarme, yo los conozco bastante a todos ustedes, vamos a probar – dijo el almacenero mientras se dirigía a la caja.

– ¡Cuentos, cuentos! – exclamaba moviendo la cabeza.

– No, no son cuentos, créame es verdad – decía el muchacho bastante acongojado.

– Bueno, bueno, dejemos eso y vayamos al grano. Primero irás adentro y le pedirás a Juana, mi esposa, que te limpie un poco y luego hablaremos – dijo el almacenero.

Fermín entró desconfiado por el corredor que llevaba a la casa. De pronto apareció ante él, una señora bastante regordeta y una sonrisa cómplice en sus labios que se acercó y le dijo:

– He oído todo y creo que podremos ser grandes amigos, ya lo verás, claro, si te portas bien.

– Lo haré, señora, ya verá, necesito trabajar.

Juana preparó una pileta con agua jabonosa y lavó los cabellos rulosos y grasientos del muchacho, la cara y las manos. – la próxima vez te dejaré usar el baño del fondo para que te bañes ¿entiendes? Debes estar limpio para repartir la mercadería. A los clientes no les gusta que una persona con aspecto de abandono les lleve los comestibles.

– Sí, señora, está bien, haré lo que me diga.

Fermín no podía creer todo eso, iba de asombro en asombro. Luego vio como Juana preparaba una mesa como él jamás había visto. Un mantel blanco y sobre él una gran taza de chocolate caliente y rosquitas de maíz. Los ojos de Fermín estaban tan abiertos que parecían dos grandes monedas.

– Bueno – dijo Juana – ¡Ven pronto, siéntate! Un repartidor debe estar limpio y fuerte, por eso tienes que alimentarte bien.

Fermín se sentó a la mesa y casi no podía mover sus manos, todo eso le parecía imposible de creer. Ahora sí, estaba seguro que con su salario podría hacer realidad el sueño de su hermana.

Día a día, el muchacho cumplía con su trabajo sin ninguna queja. Todos los días podía llevar comida a casa y medicinas para el abuelo. Los señores Barboza como así se llamaban los dueños del almacén, comenzaron a sentir un gran afecto y confianza por aquel muchachito con tanta decisión y ternura.

Por eso al terminar el trabajo, Juana le preparaba una bolsa con manzanas crocantes, pan fresco, queso y fiambre para llevar a su casa. A medida que transcurría el tiempo, Fermín y los Barboza se iban haciendo grandes amigos. Fueron conociendo la cruda y breve historia del muchachito y su familia. Al llegar a la casa, Fermín notaba que su abuelo estaba cada vez más pálido y enfermo, los olores nauseabundos, los trastos herrumbrados por las aguas que venían de un pequeño arroyo, agravaban día a día la situación. Juana no permanecía indiferente a las preocupaciones del muchacho, muy por el contrario, quería ayudarlo. Fue entonces que una mañana, antes de abrir el almacén, decidió hablar con su marido:

– Pedro, deberíamos hacer algo por este muchachito, él necesita ayuda.

– ¿Qué quieres mujer? – decía Pedro mientras separaba los billetes en la caja.

– ¿Quieres que además de pagarle un sueldo, también mantenga a toda su familia?

– Espera, Pedro, no te enojes – decía Juana mientras acariciaba su hombro.

– He pensado mucho…

– ¿Qué has pensado? Vamos, dilo ya.

– Bueno… – decía Juana, estrujando su delantal – Nosotros no tuvimos hijos y nos hubiera gustado mucho, ¿verdad?

– Sí, claro – respondió Pedro – era lo que más quería en mi vida, pero no los tuvimos.

– Pero podríamos tenerlos – dijo Juana entusiasmada.

– Piensa, piensa, Pedro, Fermín te ayudaría en el almacén y Mariana… ¡Imagínate cómo me ayudaría en las tareas! ¡Ah, me gustaría tanto Pedro!

Pedro algo nervioso y preocupado respondió:

– Tengo mucho miedo, Juana, estos chicos después cambian y quién sabe si no se convierten en pequeños ladronzuelos.

– ¿Miedo, Pedro? Son tan sólo niños carentes de familia, de afecto, podríamos hacer de ellos personas dignas, ni qué hablar de formar una familia.

– Lo sé Juana, no lo digo por eso, pero tengo tantas dudas, tengo miedo por todo, hasta que algún día ese padre preso y la madre aparezcan y puedan reclamarlos, ¿te imaginas cómo quedaríamos?

– No lo creo. De todas formas podríamos darles mucho cariño y ya verás como también ellos nos lo darán.

– Sí, puede ser, pero ¿has pensado en el abuelo? porque ese es otro problema que debemos asumir.

– Claro que pensé en el pobre anciano. Hay unos lugares que admiten a este tipo de persona mayor y enferma, los niños podrían visitarlo y también nosotros, no dejaríamos que quedara abandonado totalmente, pero es necesario sacarlos del lugar inhóspito en el que se encuentran lo antes posible.

– Bueno, está bien, si te parece que dará resultado, lo hacemos – dijo Pedro que no quería demostrar su debilidad por los niños, aunque por dentro, moría de alegría.

Los señores Barboza se pusieron de acuerdo y combinaron todo de tal forma, que aquel día fuera inolvidable para los chicos. Cuando Mariana y Fermín recibieron la noticia se sintieron en las nubes, algo mágico había sucedido en sus vidas. Por fin los sueños de Mariana se harían realidad.

Fermín se convirtió en un muchacho trabajador y empeñado en estudiar para ayudar aún más a Pedro. Mariana, pudo realizar su sueño: Tuvo un morral lleno de útiles, una túnica blanca, una moña en el pelo y un beso tierno y cariñoso de una madre que en las mañanas frías de invierno, y antes de ir a la escuela, le servía un desayuno caliente en una mesa de mantel blanco y luego la arropaba por fuera y por dentro.

Pasó el tiempo y Fermín se convirtió en un muchacho fuerte y agradecido, ayudaba a su padre Pedro en las horas que no concurría a estudiar.

El abuelo… bueno, el abuelo pasó sus últimos días en un hogar de ancianos donde se alimentó y fue atendido debidamente, recibiendo a menudo las cariñosas visitas de sus nietos, contento de saber que ellos habían ganado un hogar digno como el de los Barboza.

Pero aún quedan otros que siguen allí, en las casas de lata y cartón, de caminos cubiertos de lodo y miseria, esperando que alguien pueda comprenderlos, ayudarlos y rescatarlos de ese mundo paralelo.

Fin

Los sueños de Mariana es un cuento de la colección cuentos cortos de nuestra escritora de cuentos infantiles Zunilda Borsani sugerido para niños de todas las edades.

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