La carreta del sepulturero es uno de los cuentos de fantasmas de la colección cuentos de misterio de la escritora Raquel Eugenia Roldán de la Fuente sugerido para adolescentes, jóvenes y adultos.

El pobre hombre no sabía cuándo se iba a acabar aquello, hacía dos o hasta tres viajes al día, a veces con dos, con tres, cuatro o hasta con cinco cuerpos.

Lo mandaban llamar con un mensajerito, algún chamaco descalzo de los que andan por la calle: “¡Don Romualdo, don Romualdo, que vaya porque hay otros dos!” Y tenía que ir rápido porque era urgente sacar los cadáveres, no se podían estar mucho ahí por aquello del contagio; enganchaba sus mulas y se iba rápido al hospital de San Pedro a recoger los cuerpos. Él hasta a eso le había perdido el miedo.

Las primeras veces que cargó difuntos en su carreta, el puro hecho de ser difuntos le inspiró temor, no le fueran a jalar los pies en la noche… Pero los centavos que le daban por el servicio le hacían mucha falta.

Después se acostumbró y los muertos le dejaron de asustar, pero cuando empezó la terrible epidemia se volvió a atemorizar: ¿y si se contagiaba? Claro, sacaban los cuerpos por no tenerlos ahí para no contagiarse, pero ¿quién le aseguraba que a él no se le pegaría la terrible enfermedad?

Luego, también a eso se acostumbró. Y Romualdo se acostumbró a muchas otras cosas. Al principio le apenaba ver al párroco que salía a despedir a los cuerpos y echarles agua bendita; ya que no tendrían un entierro más formal, por lo menos que eso se llevaran. También le entristecía ver a los familiares, que a veces iban a ver si les podían entregar el cuerpo, y el médico o el cura les decían que no, que se expondrían al contagio y que por eso era necesario echarlos en la fosa común, que se cubría todas las noches con tierra. Y las lágrimas de esa pobre gente… Al principio le apenaba todo eso, y luego se fue endureciendo.

Recogía los cuerpos y los aventaba como mejor podía a su carreta, sin voltear a mirar a los familiares que sufrían. “¡Bah!, si el muertito ya no siente nada cuando lo echo ahi’ nomás”.

Romualdo se preguntaba por qué, si era tan peligroso eso del contagio, mejor no quemaban los cuerpos en lugar de enterrarlos, él sabía que así se morirían los bichos que producen las enfermedades; en el rancho de su compadre eso se hacía cuando los animales morían de alguna enfermedad. Pero el cura, un poco escandalizado, le había explicado que los cuerpos de los difuntos no son como los cuerpos de animales y no se deben quemar, porque entonces en el día de la resurrección no habrá cuerpos para esas almas; él preguntó entonces qué pasaría con los que se habían quemado en algún incendio, y el cura le respondió que esos habían muerto así por voluntad de Dios, así que Dios vería cómo resolver ese problema y uno no tenía por qué preocuparse por ello, pero a los que no habían muerto quemados no se les debía quemar.

Además, el quemar los cuerpos de algún modo hacía pensar en las llamas del infierno… No podían hacerles eso a los muertos. El caso es que ya no le preocupaba ni el cargar muertos, ni la pena de los familiares, ni el que se pudiera contagiar. Hacía casi dos años que trabajaba en eso para completar el gasto de su familia, y llevaba medio año cargando apestados y no le había pasado nada, seguramente terminaría la epidemia sin que él enfermara.

Varias veces cada día recogía los cuerpos, cuando tenía que ser de noche los cargaba en su carreta mientras alguien lo alumbraba, y luego salía hacia el camposanto. En las afueras de la Puebla de los Ángeles se había abierto un gran agujero que funcionaba como fosa común, eran tantos los muertos que peligraban muchos vivos yendo al panteón, así que la autoridad decidió que se hiciera de otro modo.

Todas las noches, el ayuntamiento enviaba a alguien a cubrir con tierra los cuerpos llevados ahí durante el día y desde la noche anterior. Cuando Romualdo se empezó a sentir mal pensó que era cansancio, había trabajado de más, aparte de su quehacer en la carpintería todo el acarreo de los cuerpos, era natural que se sintiera así.

Para cuando sus hijos y su esposa se dieron cuenta ya estaba casi muriéndose, finalmente se había contagiado de la peste. No hubo lugar para él en el hospital, estaba lleno, así que murió en la calle esperando que se desocupara un catre. Ni siquiera salió el cura a darle la bendición antes de que expirara, sino hasta que estuvo muerto le echó agua bendita como a tantos otros. Tampoco hubo carreta que lo llevara al camposanto, hasta varios días después se contrató a otro carretonero; a él le tocó ir a lomo de mula y ahí quedó, encima de tantos otros que él había llevado.

* * * * *

No sé si fue real lo que vi esa noche o si lo imaginé. No había habido trabajo, sólo había hecho dos dejadas en mi taxi y ya eran las cuatro de la mañana, para ser viernes era demasiado poco.

Estaba preocupado y muy cansado, hacía mucho calor y yo tenía sueño, tal vez por eso lo vi. O quizá sólo lo imaginé. Iba bajando por la 4 Oriente, a un costado del antiguo hospital, San Pedro, y de pronto el portón de madera se abrió solo. Por lo menos, no alcancé a ver a nadie que lo abriera.

Yo sé que ahí había vecindades, ahí vivía gente, algunas veces traje a alguien pero de eso hace mucho tiempo; ahora creo que las vecindades ya no están habitadas. Jamás vi que la puerta se abriera a esa hora, ni vi salir nunca un carro o lo que fuera jalado por caballos. Y eso fue lo que vi esa noche a la luz de las farolas de la calle.

Me tuve que frenar porque salió a todo lo que daba una carreta tirada por dos caballos, aunque más bien eran mulas grandes, y el que conducía las iba fustigando con un látigo, así que iban rápido. Del hombre no pude ver nada más que llevaba ropa oscura y una especie de gorro como si hiciera mucho frío, aunque yo había sudado toda la noche.

En el interior de la carreta, que no era muy profunda y se veía bastante vieja y desvencijada, alcancé a distinguir unos bultos blancos, como costales llenos de cualquier cosa y aventados de cualquier modo en la batea. Por la ventanilla abierta escuché mezclarse los ruidos que hacían las pezuñas de los dos animales sobre el piso con los lastimeros quejidos de la destartalada carreta de madera y el ruido del motor de mi auto, así como otros motores de vehículos en otras calles.

Tomó por la calle hacia abajo y alcancé a ver que daba vuelta, pero cuando yo llegué a esa esquina, a ver si ahí encontraba algún pasajero trasnochado, ya no la vi; pensé que no podía ir más rápido que yo en el coche. Volteé para todas partes, hasta en el bulevar, pero la carreta ya no estaba…

Fin

La carreta del sepulturero es uno de los cuentos de fantasmas de la colección cuentos de misterio de la escritora Raquel Eugenia Roldán de la Fuente sugerido para adolescentes, jóvenes y adultos.

De la serie “Sueños, voces y otros fantasmas”

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