Mi brujita

Mi brujita. Lydia Giménez Llort, escritora española. Cuento/reflexión sobre las mujeres y la peluquería.

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Me pregunto por qué pasamos allí tanto tiempo. Ellos no lo hacen con tanta frecuencia y son más impacientes.
Pero hoy me he visto tentada otra vez y he llamado a la puerta en busca de una nueva oportunidad. Y mientras reposaba mirando hacia lo alto, oía sus voces… y me ha parecido encontrar la respuesta. Luego he prestado atención durante un rato para cerciorarme que no iba equivocada.
Es un ejercicio de Oyakudachi puro, por dentro y por fuera. Llegamos con ganas de mejorar, de renovarnos y recuperar lo perdido. Y salimos con el alma y el exterior renovado.
Es curioso. Cuando llegamos, nos sentamos, miramos al frente y nos escudriñamos con bastante severidad.
¿Qué haremos?
Es la gran pregunta y cada una responde de una manera u otra, pero en realidad todas esperamos lo mismo: salir renovadas. Algunas saben claramente cómo llegar ahí mientras que otras, ante la duda, simplemente le devuelven la pregunta. Entonces, un vaivén de posibilidades, mientras nos acaricia la cabeza y valora los posibles resultados, nos mantiene en vila esperando el veredicto.
Dejamos nuestro destino en sus manos con la confianza que nos inspiran las imágenes colgadas en las paredes y la sorprendente belleza de una princesa que ya se va. Pero por encima de todo, persiste en nosotras el recuerdo de lo que fuimos y hoy queremos volver a ser.
Y como bruja con receta en mano que pone en su olla ancas de rana y lenguas de lagarto, nos prepara la pócima milagrosa. Nos dejamos embadurnar hasta la piel de color de sapo y entramos en una metamorfosis de forma inverosímil jamás imaginada fuera del lugar. Luego, aguardamos coronadas de plata cual sapo que impaciente ya quiere ser príncipe.
Empieza la cuenta atrás de nuestra transformación mientras ojeamos la vida de los demás. Bajo el hechizo, confundimos nuestra realidad con los deseos y por un momento, sólo un momento, nos parece que estamos más cerca de poder ser nosotras las protagonistas. Mientras tanto, la fórmula mágica va haciendo su curso y el proceso de metamorfosis va avanzando. Llega el momento de quitarnos los mejunjes con la tibieza del agua mientras sus dedos relajan nuestros pensamientos. El milagro todavía no es visible, aún falta que nos despoje de algunos lastres y recorte la pesadez que nos quita ligereza. Y dejamos que sus manos, rápidas y veloces, a la vez que suaves, nos modelen como si fuéramos barro y ella alfarero.
Pero aunque todas pensamos que el secreto está en las manos, el trabajo más laborioso lo realiza con el alma. Empezamos hablando del tiempo pero pronto afloran las noticias o la falta de ellas, mientras su mirada alterna nuestro yo con el nuevo. Va comprobando, una y otra vez, si el camino es certero para llegar a convertirnos en princesas. Y mientras hablamos y hablamos, ella escucha.  Nos arropa con sus treinta años de experiencia escuchando. ¿Cuántas historias le habrán contado desde aquellos sillones?
Y para cada historia tiene un guiño simpático de complicidad, como quien toma un café con un amigo. Así que la metamorfosis, que empieza a ser evidente ya por fuera, empieza a hacer mella también por dentro. Y las conversaciones se cruzan entre ranas y sapos, unos esperando ser coronados y otros a punto de coronar. Y ella, después ya de tantos encantamientos, disipa las dudas de forma asertiva.
Y finalmente, como anhelábamos desde hacía tiempo, el espejo de Blancanieves nos dice que somos la más bella del lugar, incluso miradas por detrás. La lluvia de estrellas nos rocía antes de marchar para mantener el hechizo hasta las campanadas de las doce. Y caminamos ágiles y con la mirada altiva, como princesas recién coronadas esperando llegar a casa para sentirse las reinas de la fiesta.
Y aunque en realidad continuamos siendo las mismas, el hechizo nos demuestra que es cierto lo que cuentan, que detrás de cada rana o cada sapo hay siempre una princesa.
Mi brujita, y a la vez hada madrina, se apellida Sallès y, como la suya, como todas las peluqueras, está hecha de puro Oyakudachi.
 
 
 
 
Fin
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