El sello de Lyrax – Capítulo VIII

Cuentos fantásticos latinoamericanos

El sello de Lyrax – Capítulo VIII es uno de los cuentos fantásticos latinoamericanos de la escritora mexicana Elizabeth Segoviano.  Ilustración a cargo de Elizabeth Segoviano.

EN EL CASTILLO OXIDADO

Después de una frenética carrera Ivy por fin llegó al otro lado, y en cuanto puso los pies en tierra firme el túnel se cerró por completo, no quedaba nada más que una sólida pared de roca; Ivy se acercó y al ver que no había forma de que la entrada volviera a abrirse comenzó a golpearla con sus pequeños puños mientras sollozaba.

–no Ivy, no debes llorar– se decía a sí misma, recuerda que no estás sola– entonces secó sus lágrimas con la manga de su abrigo, cerró los ojos, respiró profundo y susurró con mucho cuidado “Haibane Renmei, Haibane Renmei, Haibane Renmei”, casi de inmediato una brisa suave y fresca comenzó a soplar, olía a café, le recordaba las mañanas soleadas de los domingos, la brisa y el aroma se intensificaron y la niña pudo sentir el suave roce de una llovizna de ceniza, abrió los ojos y pudo ver como la ceniza se convertía en plumas, y las plumas volaban por doquier hasta que se amontonaron frente a ella y tomaron la forma de su amigo, el cuervo Haibane.

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– ¡Cuervito! –gritaba Ivy mientras lo abrazaba– perdóname cuervito.

– ¿Pero qué dices mi niña? ¿perdonarte? si no has hecho nada malo.

– Es que no pude ayudarte, me protegiste y enfrentaste a la sombra tú solo… yo no pude hacer nada.

– Pero Ivy, si has sido tú quien me ha salvado.

– ¿Cómo?

– Tus plegarias… tus plegarias resonaron en la oscuridad, acallando los estruendos de Tandrara, y fueron tus lágrimas honestas y brillantes las que me ayudaron a alejarla del túnel.

Los amigos sonrieron y se abrazaron, pero aquel viaje aún no terminaba. Frente a los ojos de Ivy se levantaba un impresionante castillo, cada pared y puerta, cada torre, ladrillo y detalle estaban hechos de metal. Podía verse que era muy antiguo, no sólo porque parecía medieval, sino porque estaba completamente oxidado.

Al llegar a la gran puerta levadiza Ivy notó otra señal de su hermano, sobre el óxido estaba escrito esto: “SEMPER FI”, la pequeña de inmediato tomó la placa que colgaba de su cuello y la puso sobre la cerradura, ésta se abrió rápidamente y las cadenas comenzaron a moverse, los amigos entraron y cerraron la puerta asegurándola muy bien; dentro del castillo había mucha luz, aunque no sabían de donde provenía, porque no había lámparas, candelabros ni ventanas; pues todas habían sido tapeadas con grandes placas de metal, y por dentro estaban decoradas con vitrales hechos de aluminio y estaño, en todas ellas se podía ver el escudo de armas de la familia Lyrax, igual que en la mansión.

– ¿Qué se supone que debemos hacer aquí? –preguntaba Ivy–

– Hay que buscar al legendario guardián, el dragón Thorfax –decía el cuervo–

– ¿Thorfax? tú dijiste que ése es mi otro apellido.

– Así es Ivy, tu segundo apellido viene del nombre de tu protegido.

– ¿Pero cómo voy a proteger un dragón? ¿acaso no son gigantescos y sumamente poderosos?

– Verás Ivy, cada veintiocho años un nuevo dragón Thorfax nace para unirse a su clan y proteger no sólo este mundo, sino también el mundo de los humanos, y según sabemos el nuevo dragón es muy pequeño todavía.

– ¿Es un bebé? – Así es

– ¿Y dónde está?

– Éste es el lugar más seguro de nuestro mundo, el único que no ha podido tocar Trandara, el dragón debe estar aquí.

El tiempo apremiaba, con cada segundo la alquimista oscura recuperaba sus fuerzas y haría lo imposible por capturar al dragón; así que con ese pensamiento en mente comenzaron su búsqueda.

Registraron las cinco torres, desde el sótano hasta la punta más alta, abrieron cada habitación, pero todo estaba vacío, el castillo parecía haber sido abandonado hacía siglos, el polvo, el óxido y las telarañas no mentían, aquel lugar debió ser hermoso alguna vez, Ivy podía imaginárselo brillando como el sol … igual que el sol –pensaba la niña–

– ¡IGUAL QUE EL SOL! –gritó de repente Ivy–

– ¿A qué te refieres mi niña?

– ¡Hay que esperar que el sol esté en lo más alto del cielo, el sol nos va a mostrar en donde está oculto el dragón!

Por fortuna no faltaba mucho para que el sol llegara al cenit, y cuando finalmente lo hizo, un sólo rayo penetró en el castillo, se reflejó en el aluminio de cada ventana, siguió trepando por las escaleras como si fuera una serpiente, llegó a los techos y atravesó las puertas inundándolo todo; a pesar del óxido el metal brillaba como el oro, y de repente aquel inmenso mar de luz comenzó a deslizarse por una rendija en el piso, era como si algo lo estuviera absorbiendo, y el rayo fue haciéndose cada vez más y más delgado hasta que desapareció. Al ver aquello, Ivy y el cuervo se apresuraron al lugar donde estaba la rendija, intentaron buscar alguna puerta, un pasadizo, algo que les permitiera abrir el piso, pero no había nada, Haibane intentó abrir la ranura con su pico, pero el piso era metal sólido y no pudo ensancharla, pero al introducir el pico comenzó a sentir un calor abrumador, el piso comenzó a calentarse, también las paredes y las manijas de las cerraduras, entonces los amigos decidieron salir, y cuando lo hicieron no podían dar crédito a lo que presenciaban sus ojos; el rayo de sol había salido y rodeaba el castillo por completo como si estuviera envuelto en una burbuja; y cada parte del edificio comenzó a doblarse como si estuviera hecho de papel, las torres quedaron aplanadas y dobladas sobre los muros de la planta baja, las ventanas quedaron reducidas a pequeños cuadros, por momentos parecía como si el enorme castillo estuviera convirtiéndose en un barquito de papel, pero pronto tomó la forma de un cubo y lentamente este empezó a girar y girar cada vez más rápido hasta que se convirtió en una esfera y ésta en un óvalo, un óvalo dorado del tamaño de un taburete, y el óvalo cayó suavemente en el suelo y por fin dejó de brillar.

¡El castillo oxidado no era otra cosa que el cascarón de un huevo de dragón!

Continuará…

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Capítulo IV

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