Marina, la pequeña curiosa

Marina, la pequeña curiosa

Marina, la pequeña curiosa

Marina era una nena muy curiosa siempre se le escapaba un porqué de su boca.

Tenía una casa con un jardín lleno de flores y plantas que brillaban por las mañanas cuando el sol las alumbraba.

Una tarde de verano Marina le preguntó a su mamá:

-¿Mami, por qué el sol siempre se va a la tarde y todo se oscurece?

– El sol no se va, Mari- respondió la mamá-, se esconde detrás del tejado y la sombra de la casa cubre todo el césped, las plantas y las flores.

-¡Mami, la sombra entonces es más grande que nuestra casa! –exclamó asombrada la pequeña.

Por la noche, antes de acostarse, Marina le dio un fuerte abrazo a su osito Peluchín, con el que jugaba todas las tardes al volver de la escuela, lo dejó sentadito en la cómoda y se metió en la cama.

Mientras sus ojitos se cerraban, veía como la luna se asomaba lentamente por su ventana. De pronto se despertó sobresaltada, se dio vuelta y vio que Peluchín había crecido un montón.

No puede ser pensó y con una voz suavecita le preguntó: -¿Pelu, sos vos?

Marina, además de curiosa, era inteligente y sabía que los ositos de peluche no hablaban; así que se tapó con la manta y se quedó callada por un momento. Después volvió a espiar a través de las sábanas y le pareció que Peluchín se había convertido en un oso gigante.

Como sabía que los papás estaban durmiendo, no quiso despertarlos. Entonces se sentó en la cama y dijo en voz alta: – Tengo que averiguar lo que está pasando.

Se levantó y despacito comenzó a caminar hasta encontrarse con su amigo. Al tocarlo, descubrió que el osito no había crecido y que era su sombra la que lo hacía tan grande.

Marina lo tomó entre sus brazos y lo abrazó muy, muy fuerte.

-¡Qué susto me diste, Pelu! -le dijo mientras lo acariciaba y le daba un montón de besitos.

Después miró a su alrededor y descubrió que la luz de la luna había dibujado sombras en todos los objetos del cuarto.

Presurosa se acercó a la ventana y, mirando al cielo con una sonrisa, gritó: -Luna traviesa, ya sé que fuiste vos la que me engañaste; pero yo te descubrí. Ahora sé que te gusta copiarte del sol cuando, por las tardes, llena de sombras todo mi jardín.

Fin

 

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