Un cangurito pegote



Un cangurito pegote. Escritora Argentina de cuentos infantiles. Cuento de canguros.

Tema del cuento: La dificultad en desprenderse de mamá y papá.

Un cangurito pegote

  Todos sabemos, o muchos por lo menos, que en Australia hay muchísimos canguros. Todos con grandes y poderosas patas traseras y con una cola larga y musculosa. Tienen cabezas pequeñas, comen hierbas y se mueven dando saltos.
  Sin embargo, no todos los canguros son iguales, aunque lo parezcan.
  Esta es la historia de Pegote, un pequeño canguro al que le costó mucho desprenderse de su mamá.
  Pegote había nacido muy, pero muy chiquito. No tenía pelo, sus ojos y orejas no se habían terminado de formar y tampoco había diferencia entre sus patas traseras y delanteras.
  Como todo cangurito bebé, debía completar su desarrollo en la bolsa de su mamá y allí permanecer aproximadamente doscientos días, hasta ser capaz de salir de ella y moverse solito, aunque sea de a ratos.
  Pegote era muy mimoso y no quería desprenderse de su mamá. El tiempo pasó y los doscientos días también. Era inútil que sus papás trataran de convencerlo que debía salir al mundo, que no podía permanecer por siempre en la bolsa.
  Pegote cada día estaba más grande y con su tamaño, también crecía el miedo a la separación. Las cosas empezaron a complicarse para todos. Su mamá ya casi no soportaba el peso de tener que cargar con su hijito todo el día. Por su parte, el pequeño cangurito con tal de seguir dentro de la bolsa, se hacía un bollo y terminaba el día muy dolorido.
  Lo más serio, era que Pegote no tomaba conciencia de todas las cosas que un pequeño canguro puede y debe hacer solito. 
  Cuando lo invitaban a jugar, él iba con su mamá, por lo que a veces sus amigos se burlaban de él y Pegote sufría.   
  A la escuela también iba con su mamá. Esto también le traía problemas pues no era bien visto que un cangurito asistiera a clases en la bolsa y no había banquito que resistiera el peso de ambos. Por otro lado, su mamá, equivocadamente, le soplaba en alguna que otra prueba, motivo por el cual terminaban los dos en la dirección.
  El tiempo de abandonar ese lugar tan cálido había terminado hacía mucho. Pegote no lo quería entender y su mamá tampoco lo ayudaba mucho. Es cierto que es difícil salir al mundo, pero por raro que parezca, más difícil aún es no salir.
  En una oportunidad, en el colegio, organizaron una excursión: irían a un parque de diversiones. Todos los canguritos estaban felices pues no veían la hora de subir a todos los juegos. Pegote también estaba muy contento, hasta que se enteró que sólo podía ir él, sin su mamá. El parque era para canguritos pequeños y los juegos no resistían el peso de un canguro adulto. A pesar de la tristeza que le produjo perderse el paseo, pudo más el miedo a salir de la bolsa y se quedó.
  Tampoco se sintió muy feliz cuando no pudo participar de un campeonato de fútbol. No sólo porque vivía dentro de la bolsa, sino porque por haber estado siempre allí, no sabía cómo jugar y nadie lo quería en su equipo.
  Pegote comenzaba a darse cuenta que debía vencer su temor a salir al mundo y que debía vivir como un cangurito de su edad. Empezaba a sentir pena por las cosas que no podía hacer por no ser capaz de despegarse de su mamá.
  Como es de imaginar, con la vida que llevaba Pegote no tenía muchos amigos, excepto por un gusanito que, como entraba perfectamente en la bolsa, pasaba mucho tiempo con él charlando.
  Firulí, así se llamaba el gusano, se había convertido en el único amigo del alma que tenía Pegote. Charlaban, se contaban cosas, se ayudaban con los deberes y se divertían, sin hacer demasiado a decir verdad, pero se divertían.
  Cierto día, mientras repasaban la tabla del dos, la mamá de Pegote tropezó y cayó redonda al piso. Bueno lo que se dice redonda, redonda, no. La cosa fue que Firulí fue a parar a la rama de un árbol y la  mamá quedó tendida en el piso pues se había fracturado una pata trasera.
  Firulí pedía ayuda a los gritos
  – ¡Dos socorros por dos cuatro socorros! ¡Tres auxilios por tres, nueve auxilios! – hablaba así porque se había quedado pensando en las tablas de dividir.
  Pegote no sabía qué hacer. Debía bajar a su amigo de aquella rama tan alta. También debía ayudar a su mamita, quien había quedado tendida en el piso y se quejaba del dolor, pero… ¿Cómo hacer?
  A veces en la vida, nos enfrentamos a situaciones difíciles que, aunque no sean agradables, nos ayudan a crecer. Así pasó con Pegote. Dándose cuenta que debía ayudar a su mejor amigo que no estaba acostumbrado a andar por los aires y a su mamá, decidió salir de la bolsa.
  La sensación fue más que extraña. No sólo por la torpeza de sus patas, tan poco acostumbradas a caminar, sino porque por primera vez en la vida sintió lo que era la libertad.
  Como pudo y con muchísimo esfuerzo, trepó al árbol y rescató al gusano que no paraba de gritar mientras ya iba por la tabla del nueve. Luego bajo y le sujetó la pata rota de su mami con otra ramita, envolviéndola con muchas hojas.
  Sin saberlo, Pegote había crecido más de lo que él creía. No sólo porque había sabido ayudar en el momento necesario a las personas que amaba, sino porque aprendió que fuera de la bolsa, podía hacer mucho más que adentro.
  Comprendió algo que no olvidaría jamás, que para poder estar junto a quienes amamos, no hace falta estar pegados y que, incluso para poder crecer verdaderamente hay que tomar cierta distancia, lo que en absoluto significa alejarse.
  Así fue que Pegote salió definitivamente de la bolsa de su mamá, sumó muchos amigos y aprendió a jugar muy bien al fútbol. Ahora todos se peleaban por tenerlo en su equipo.
  De todas maneras y por donde anduviera libre y feliz, Pegote siempre tenía la mirada atenta y amorosa de su mamá.

Para pensar un poquito:

- ¿Te cuesta desprenderte de tus papás?

- ¿Te da miedo?

- ¿Podés darte cuenta que debes, con el tiempo, ir haciendo cosas solito, pero que ellos siempre te cuidarán?

- ¿Te acordás que sentiste la primera vez que hiciste algo solito, sin la ayuda de tus papis?

Fin

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