El delgado hilo de la amistad

soldados en trinchera

El delgado hilo de la amistad

El delgado hilo de la amistad. Cuento sobre la amistad sugerido para jóvenes y adultos.

Rolando y Germán habían nacido en el mismo barrio de Paris, a corta distancia de las grandes catedrales, tiendas y cafés que despiertan hasta la actualidad la admiración de los visitantes; pero en un barrio de trabajadores del ferrocarril que en nada se acercaba al glamour de la capital.

Crecieron junto a la estación de trenes; recogiendo en bolsas los trozos de carbón, que cotidianamente caía a las vías desde los numerosos vagones que lo trasladaban y vendiéndolo por monedas en las cercanías de su barrio. Su tarea plena de suciedad y esfuerzo los acercó incluso más de lo que puede hacerlo la misma sangre, pese a que Germán tenía hermanos más pequeños, siempre consideró a Ronaldo (pocos meses mayor) como un amigo-protector, que cumplía algunas de las funciones que hubieran correspondido a su desconocido progenitor.

Compartieron sus escasas alegrías y alcanzaron su juventud sin pensar demasiado en el futuro, se jugaron a la velocidad de sus piernas en pequeños robos y se defendieron sin reserva alguna en las usuales peleas callejeras, que a diario se sucedían en su barrio y sobre las vías del tren, en ocasión de disputarse con otras pandillas los frutos de su tarea.

Su confianza mutua y amistad se consolidaron definitivamente, cuando alcanzaron la edad en la que debieron alistarse obligatoriamente, en la que fue la mayor guerra conocida en la historia.

En el campo de batalla los cubrió el barro de las trincheras, el olor inconfundible de los cuerpos en descomposición y los cortó el mismo alambre que coronaba los obstáculos metálicos colocados para impedir el paso del enemigo.

Nada une tanto a los seres humanos como la ausencia de la esperanza y la presencia cercana de la muerte. El último mendrugo de pan es compartido e incluso la vida puede ofrendarse en aras de esa amistad, a la que otorgamos en esos momentos un nivel absoluto y definitivo.

La suerte los acompañó casi hasta el final de la guerra. Rolando dormía recostado sobre el cieno del fondo de la trinchera, soñando e inmune al ruido de la estridente sirena que anunciaba un nuevo ataque enemigo; mientras Germán con el rostro apoyado sobre la tierra que la coronaba vigilaba con atención, ensordecido por el comienzo de la terrible melodía de la artillería.

Levantó sus ojos al percibir la tenue sombra que pasaba a su lado, giró con rapidez y pudo observar que algo caía junto al cuerpo de su compañero dormido, comprendiendo de inmediato que se trataba de una granada de mano. Sin reflexionar un solo instante corrió ágilmente, tomo la granada y la tiró de cualquier forma, cubriendo con su cuerpo el de Ronaldo. Pese a su agilidad el artefacto bélico estalló muy cerca, y su último recuerdo antes de llegar la oscuridad, fue el de la blanca luz de la detonación.

Ronaldo ileso y conmocionado se levantó y se encontró frente al rostro ensangrentado de su amigo, lo levantó sobre sus hombres y logró alcanzar el hospital de campaña, donde con gritos desesperados exigió que lo curaran rápidamente. El médico que lo atendió, encontró solamente heridas sin mayor importancia en el cuerpo de Germán, pero diagnosticó la pérdida definitiva de la visión.

Poco tiempo después, ya terminada la guerra, fueron repatriados y dados de baja con el premio de una pequeña pensión, quedando sus vidas a la deriva en un país de post guerra asolado por la pobreza y el hambre.

A propuesta de Ronaldo, acordaron que momentáneamente la única solución era mendigar. Germán poseía conocimientos rudimentarios de guitarra y estaba dotado de una hermosa voz; por lo que comenzaron a recorrer las calles y catedrales de la ciudad; brindando la música y canto de Germán, con la ayuda de Ronaldo guiándolo por la ciudad y agitando el tarro de latón con el que recogían las limosnas. Los recorridos terminaron redituándoles buenos beneficios, que alcanzaban para subsistir en forma humilde y por varios años se mantuvieron gracias a la bondad de quienes los ayudaban.

Su existencia se desarrolló sin mayores sobresaltos ni dificultades, hasta un sábado, cuando en la escalinata de una de las catedrales de París, donde se encontraban ambos desarrollando su diaria actividad, se detuvo un hombre vistiendo un excelente traje; escuchó a Germán con atención y luego subiendo las escaleras hasta su altura, acercó su rostro y lo miró larga y fijamente a los ojos. Luego bajó y haciéndole una seña a Ronaldo alejándolo del cantor, le dio una limosna generosa, expresándole a continuación:

“Estoy considerado como el mejor cirujano oftalmólogo de Francia y tengo mi sanatorio propio cruzando la calle; creo que puedo lograr que su amigo recupere la visión. No se preocupe por los gastos y honorarios, dado su caso lo atenderé en forma totalmente gratuita”. “Le dejo mi tarjeta de presentación, para entregársela a mi secretaria y los espero el próximo lunes”.

Ronaldo entonces con la elegante tarjeta entre sus dedos, regresó a las escaleras, donde Germán ante su extraño silencio, le preguntó: ¿Qué deseaba esa persona con la cual conversabas? Y Ronaldo, aun sintiendo que moría una parte de sí mismo… sopesando las consecuencias de su decisión, contestó: “Un imbécil que quería preguntar por una dirección”, “Además creo que no vamos a volver nunca más a esta zona, la propinas son miserables “. Luego arrugó bruscamente la tarjeta arrojándola a la calle y haciendo sonar su tarro con monedas prosiguió gritando: “Una monedita para el pobre ciego por el amor de Dios”.

La amistad no es inmutable, varía su intensidad y se consolida o desaparece en el tiempo, y como resultado de ello la historia recoge hechos que incluyen desde el sacrificio de la propia vida, hasta las traiciones más deleznables, como las que se encuentran en este breve relato.

Podemos considerarla como un contrato de ayuda mutua, una unión de secretos compartidos y actos solidarios; que en ocasiones persiste en el tiempo por sobre felicidad o desdicha, manteniendo la dureza de la roca unida a la fragilidad del cristal. Cualidades ambas del hilo que la une y al cual nuestras acciones robustecen o debilitan.

Es la ratificación permanente de la confianza mutua y la fidelidad compartida. Pero también puede ser utilizada de forma ruin y tendenciosa, de acuerdo a la fortaleza o debilidad de cada personalidad, utilizando criterios que supongan el beneficio solamente de una parte de quienes la integran; ocultándose intensiones en forma artera e intencionada a fin de que no se divisen los verdaderos objetivos. No percibir este hecho es ignorar que la cuerda se ha soltado, quedando atada a uno solo de sus componentes: la amistad se ha convertido en falsedad y engaño.

Fin

Autor: Rodolfo Nario
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