Serafín, el grillito viajero. Cuentos infantiles


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Serafín, el grillito viajero es un cuento de la colección cuentos infantiles de la escritora  Renata Ursula Otto sugerido para niños a partir de nueve años.

Serafín vivía entre unos yuyos y piedras, a orillas del arroyo Piray, en el norte de misiones.

Vivía allí con muchos hermanos, primos, y amigos. Todos grillos.

Se pasaba el día jugando, saltado de yuyo en yuyo y de piedra en piedra, y por momentos, sobre todo a la hora de la siesta y del atardecer, se juntaban para cantar:

-¡ Cri, cri! ¡cri, cri!

Entre ellos vivía un grillo grande y gordo. Era un grillo abuelo. Él muchas veces les contaba a los grillitos que tenían parientes en todo el país, hasta en buenos aires.

-¡Qué bien! -exclamó serafín -¡Yo quiero ir a visitarlos! ¿Cómo puedo llegar a Buenos Aires? -preguntó.

-¡No, no podés! -respondió el grillo viejo – ¡Es muy lejos para un grillo! ¡No vas a llegar!

Serafín se sintió triste, pero no perdió las ganas de ir. Un día, sentado en una piedra miraba pasar el agua del arroyo, envidiándole un poco porque podía ir a otros lados y preguntó:

-¿Y el agua de arroyo no llega a Buenos Aires? ¿No puedo ir por el agua? _

-¡Creo que llega, sí! -dijo el grillo viejo- ¡Pero es muy lejos para un grillo! ¡Y no podés nadar tanto, te vas a ahogar!-

Pero serafín ya se había decidido. Y al ver pasar una madera que flotaba, dio un salto, y gritó fuerte:

– ¡Chau! ¡Me voy a Buenos Aires! ¡Cri, cri! Me voy a visitar a nuestros parientes! ¡Cri, cri!

Se armó un gran revuelo, sus amigos gritaron:

– ¡Es serafín! ¡Miren! ¡Se va a Buenos Aires!

Y muchos le gritaron: ¡Buen viaje!

Otros: ¡Suerte! ¡Cuídate mucho! ¡Qué llegues bien! ¡Saludos!

Como hacía mucho calor, Serafín, que iba muy contento, quedó medio adormilado. Se estiró sobre la maderita y se dejaba llevar. De pronto un golpe seco sacudió la maderita y se despertó sobresaltado. ¿Con qué había chocado? Miró para arriba, y vio una pared muy alta. Miró para un lado y vio que esa pared era muy larga. Miró para el otro lado y la pared era muy larga también hacia allí. ¿Ya saben contra qué chocó? ¡Sí! ¡Muy bien! ¡Contra un barco!

Cuando se dio cuenta de que esa cosa enorme se movía por el agua, no lo pensó dos veces, y de un salto, se subió. Una vez en el barco, vio un marinero, que barría la cubierta y pensó que debía cuidarse de ese muchacho y de su escoba. Por las dudas, no hizo ni ¡cri!

Se buscó un rinconcito entre unas sogas y miró el paisaje que pasaba: veía monte, algunos arroyos que desembocaban en el río, algunas lanchas, algunos pueblos. ¡El viaje le estaba gustando mucho!

Cuando llegó la noche, vio muchas luces de un lado y del otro del río Paraná. Y hasta una cadena de luces uniendo las dos orillas. ¿Saben dónde estaban? ¡No! No era buenos aires, aunque sí era una ciudad, mejor dicho dos: una a cada lado del río. Y entre ambas, un puente.
¿Quién sabe? ¡Sí! ¡Muy bien! Estaban pasando por Posadas, con toda su costanera iluminada, y el puente que cruza allí el río lleva a… ¡Exacto! ¡A Paraguay, que es otro país! Y la ciudad se llama: Encarnación. Serafín disfrutó de ver las luces, tanto que se le escapó un ¡cri-cri! Pero el marinero ni lo escuchó. Pero él, mirando y mirando, se dio cuenta que el río se ponía cada vez más ancho.

Así siguieron viaje muy tranquilo hasta la mañana. Entonces, pasó algo muy raro que preocupó mucho a serafín. Pero no sabía qué hacer, no podía irse, porque el barco entró en una habitación enorme, ésta se cerró, fue descendiendo y volvió a abrirse. ¡Qué alivio cuando vio que seguían en el río. Pero miró hacia atrás y vio un enorme paredón: ¡Sí! ¡Habían pasado por la esclusa de la represa de yacíretá!

Serafín estaba muy emocionado. Iba mirando que el terreno se volvía más plano, vio otras ciudades, otros puentes. ¿Por dónde iban? ¡No, no llegaron a Buenos Aires todavía! Pasaron por las provincias de Corrientes, Chaco, Santa Fe, y Entre Ríos.

Allí el río Paraná comenzó a tener islas. Cada vez más islas. El barco iba por un canal entre bosques de álamos, naranjos y entre ellos, casitas con muelle. También había muchas lanchas, que iban de una isla a otra. ¡Hasta vio una lancha llena de alumnos en guardapolvo, que se iban a la escuela! ¡Estaban en el delta del Paraná!

Poco a poco, la costa estaba cada vez más poblada. Y a la noche, miles de luces se reflejaban en el agua y bailaban entre las olitas.

Al día siguiente, llegaron al puerto de Buenos Aires. ¡Qué emoción sintió Serafín! ¡Había logrado llegar! Pero enseguida, su alegría se hizo susto y preocupación.

Apenas bajó del barco, tuvo que apurarse para cruzar la calle, por la que pasaban cientos de autos, camiones y colectivos. Y en las veredas, ¡cientos de pies casi lo pisan!

-¡Ay! -se dijo- ¡en qué lío me metí! ¡Acá todo es cemento, piedra, asfalto! ¡Y cuánto ruido hay! ¡

Nunca voy a poder escuchar ni un “cri”! ¿Cómo voy a encontrar a mis primos?-pensó

Tenía ganas de taparse los oídos, ¡la ciudad de Buenos Aires le daba mucho miedo!

Con cuidado, pegadito a la pared, fue avanzando, salto tras salto. Cuando debía cruzar una calle, saltaba lo más rápido que podía, y suspiraba de alivio al estar al otro lado. Así, cuadra por cuadra, llegó por fin a una plaza. ¡Qué alivio, sentir un poco de pastito, poder recostarse al pie de un inmenso árbol! Allí se durmió una buena siesta. Cuando oscureció, despertó porque le pareció escuchar algo conocido. ¡Y efectivamente! ¡Ahí sonaban, uno, dos, decenas de grillos!

¡Qué alegría inmensa! De inmediato empezó a buscarlos y los encontró por toda la plaza. ¡Y pronto ya estaba entre ellos, y todos juntos cantaban, charlaban y se divertían! Los grillos porteños no salían de su asombro, y preguntaban:

-¿En serio viniste desde Misiones? ¡Pero ése es un viaje re-largo! ¿Cómo aguantaste tanto? ¡Qué héroe que sos! ¡Te felicitamos!

Y Serafín se sentía emocionado y feliz, y contaba algunas de las cosas que había visto.

Un tío ya mayor, dijo entonces que también tenían primos en España. Y Serafín exclamo: –

-¡Quiero ir! –

Pero el tío respondió:

-¡No, hijo, no podés ir! ¡Es muy lejos para un grillo! ¡Y además hay que ir en avión, y no dejan subir animales!

Serafín volvió a ponerse triste. ¿Por qué no podía ir a España? ¡Tenía tantas ganas de seguir viajando!

Así pasaron los días, y una noche, mientras estaban a pleno “¡cri, cri!”! En una plaza junto a un restaurante, de pronto escuchó que una señora allí sentada cenando, le contaba a su amiga que al día siguiente partía para visitar a su hijo que vivía en España.

¡No lo pensó ni una vez! ¡No! De un salto, se subió a la cartera de la dama y, antes de meterse en ella, saludó a sus primos:

-¡Chau! ¡Me voy a España!

-¿Eh?- gritaron- ¡Serafín se va a España!

-¡Buen viaje! ¡Saludos a los españoles! – respondieron los otros grillos que no salían de su asombro.

Serafín se acomodó en la cartera de la señora, y casi tiene que estornudar, porque olía mucho a perfume. Pero decidió que no haría ni “cri” para no ser descubierto.

Varias veces pasó momentos de susto, cuando las manos de la mujer entraban a la cartera a sacar la billetera, o guardarla, al sacar las llaves. Cada vez, Serafín se hacía lo más chiquito posible y se pegaba al fondo, para que no lo descubra.

Al día siguiente, la señora desayunó, tomó una valija y la cartera, llamó un taxi y fue al aeropuerto de Ezeiza. Allí esperaron bastante, despacharon la valija, la cartera pasó por un escáner, donde por suerte, serafín pasó desapercibido. Tal vez el guardia pensó que era un prendedor.

Por fin se embarcaron, y la señora acomodó su cartera en el portaequipaje. Serafín se quedó muy quieto, pero una vez que hubo despegado el avión, salió de la cartera y recorrió todo el portaequipaje de punta a punta. Por fin encontró una puerta que no cerraba bien, y por allí espió, para ver el interior del avión. Vio a muchos pasajeros, todos sentados con sus cinturones de seguridad puestos, tomando algunos una gaseosa, otros un café y algunos comían unos bocadillos.

Cuando anunciaron el aterrizaje, volvió rápidamente a la cartera. Escuchó que bajarían en Barcelona y entonces, pensando, de pronto le asaltó una duda: ¿Será que los grillos en Barcelona hacen “cri, cri” en el mismo idioma que yo? ¿Y si no los entiendo, y ellos no me entienden? ¡Qué imprudente soy! ¿Por qué me metí en este problema?

Pero no tuvo tiempo de pensar más, porque la señora ya había pasado la aduana y se estaba por tomar un taxi.

De un salto salió a tierra española y volvió a temer por su vida en las calles de Barcelona. Pero pronto alcanzó una plaza y se puso a descansar. Al atardecer, comenzaron a sonar los “cric, cri” de los grillos lugareños y se puso muy, pero muy contento, porque los entendía. ¡Se acercó a saludarlos y lo recibieron muy bien!

¡Allí se quedó un buen tiempo, compartiendo con todos sus parientes españoles, que no salían de su asombro por este joven grillo que cruzó el mar!

Todos quisieron conocerlo, y lo llevaban de plaza en plaza. En uno de esos paseos conoció a una grillita muy bonita, de la que se enamoró. Pero esa historia está en otro cuento. Por hoy, y serafín colorado, este cuento se ha acabado!

Fin

Serafín, el grillito viajero es un cuento de la colección cuentos infantiles de la escritora  Renata Ursula Otto sugerido para niños a partir de nueve años.

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