Caperucita Roja la verdadera historia

Todos conocen la historia de Caperucita Roja, esa que ella ha contado a quien ha querido escucharla y que hasta está escrita en los libros, pero a mí… ¿Quién me ha preguntado? ¿Tú me has preguntado? ¿Ella me ha preguntado? ¿Alguien me ha preguntado? ¿No? Pues aunque no me hayáis preguntado yo, hoy, os lo […]

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Caperucita Roja

Todos conocen la historia de Caperucita Roja, esa que ella ha contado a quien ha querido escucharla y que hasta está escrita en los libros, pero a mí…

¿Quién me ha preguntado? ¿Tú me has preguntado? ¿Ella me ha preguntado? ¿Alguien me ha preguntado? ¿No? Pues aunque no me hayáis preguntado yo, hoy, os lo voy a contar.

Me llamo Lobo, de apellido Feroz y vengo hoy a contaros lo que aquel día ocurrió. La culpa fue de las muelas y de un dolor atroz, atroz, que aquel día me tenía frito y de muy mal humor. Iba a ver a la abuelita que es famosa en todo el bosque por lo mucho que sabe sobre hierbas y esas cosas para pedirle un remedio, cuando me encontré con la estirada-repipi-cabeza-de-chorlito, es decir, con Caperucita Roja.

La saludé con toda la amabilidad que pude pero a la media hora de escuchar esa voz chillona hablándome sobre una princesa que mordió un zapato y otra que perdió una manzana y otra que se casó con un guisante y no sé qué sobre un príncipe que se comió una rana… o algo así, ni yo ni mi muela lo resistimos más y salimos corriendo.

Es cierto, muy cierto, que tomé un atajo pero fue, más que nada, por evitarme el tener que volver a soportar a la estirada-repipi-cabezadechorlito que, entre cotilleo y cotilleo, entre tontería y bobería, entre blablas y runruns, entre esto, aquello y lo de más allá, me había comentado que iba a visitar a su abuelita. Así que corrí y corrí, con las muelas dando alaridos y, cuando llegué a la casita de la abuelita, estaba tan desesperado que, en lugar de llamar a la puerta educadamente, abrí de un portazo…

¡PATAPAM! La puerta rebotó y me dio en todo el hocico… ¡GRROAAAAAAAAAYYYYYRRRR! Medio rugí, medio me quejé de dolor. Y la abuelita, claro, se dio un susto morrocotudo, tan morrocotudo que salió corriendo por la puerta de atrás… Y entonces es cuando yo debería haberme largado.

Y si me hubiera largado no me habría encontrado con la estirada-repipi-cabezadechorlito. Y si no me hubiera encontrado con ella no habría habido cuento. Y si no hubiera habido cuento yo no estaría aquí contando mi versión. Pero como no me largué… aquí estoy. ¿Dónde estoy? Ah, sí, en la puerta de la casa de la abuelita con dolor de muelas y el morro hecho cisco…

Tras el golpe tenía tal mareo y tales dolores que decidí meterme en la cama de la abuela un rato a ver si se decidía a volver y me daba algo para curarme… y entonces llegó ella, la estirada-repipi-cabezadechorlito de Caperucita Roja. Llegó dando grititos y saltitos y llamando a la abuelita con esa estridente voz de pito.

Se acercó a la cama, me miró de hito en hito y comenzó con las preguntas absurdas que todos conocemos:

-Abuelita, abuelita que ojos tan grandes tienes…

Esta niña está muy cegata, pensé yo para mí, confundirme con su abuela hay que ver, hay que ver. Y yo contesté:

-Estooo… son para ver mejor.- E intenté levantarme pero la niña no me dejó.

-Abuelita, abuelita- siguió la pesada – qué orejas tan grandes tienes…

¿Grandes mis orejas?, ¿mis orejitas grandes?, pensé yo para mí, encima de cegatona con mal gusto, hay que ver, hay que ver… Y yo respondí:

-Puess… son para oír mejor…- ¿Qué otra cosa iba a decir? Yo intenté largarme pero ella no me dejó.

-Abuelita, abuelita,- continuó ella con su rollo -qué dientes tan grandes tienes… Y aquí ya es cuando se lió.

Y es que la muy estirada-repipi-cabezadechorlito a la vez que esto decía a la cama se acercó, y se tropezó con la alfombra y me dio con la cabeza en el hocico dolorido cerrándome de golpe la boca y haciendo entrechocar mis doloridas muelas… -

¡GRRROAAAAAAARAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAYYYYYYYY! Grité enfurecido, dolorido, acongojado y airado… Me levanté de un salto, gruñendo, gritando, rugiendo y hasta llorando. La niña que se asusta y que se pone a gritar, la abuela que en ese momento llega y también empieza a chillar. Un leñador que pasa, se acerca a ver lo que ocurre y se pone a vociferar.

Y allí todos a voces, gritando sin parar estuvimos un rato sin poder reaccionar. De pronto, Caperucita me mira, luego me mira su abuela, el leñador hace lo mismo y, no sé cómo ni por qué, de pronto me vi corriendo a todo correr, con mi dolor de muelas, con mi morro echado a perder, asustado, aterrado y sin comprender nada ni nada entender.

Corrí y corrí sin parar hasta llegar a mi guarida donde, por fin, me pude esconder. Con mis muelas doloridas y el hocico ensangrentado, la camisa hecha un asco y el pantalón desgarrado. Vaya día, vaya día, hay que ver, hay que ver… Estuve en casa una semana, sufriendo a solas mi dolor.

Cuando, por fin, salí a la calle, todo el mundo contaba esa estúpida historia que todos conocéis… Y, desde entonces, yo soy un lobo muy malo, muy malo y la estirada-repipi-cabezadechorlito es una niña muy buena, muy buena a la que casi me comí…

Puaj, comerme yo a Caperucita, con lo mal que me iba a sentar… ¿Y quién se come a la abuela con lo dura que debe estar? Al menos aprendí una lección que voy a compartir: cuando te duelan las muelas vete al dentista no sea que acabes convertido en el malo de los cuentos.

Fin


Caperucita Roja la verdadera historia

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