La desesperada historia del temeroso señor Plin

La desesperada historia del temeroso señor Plin. Marta Bendomir, escritora. Cuento infantil sobre gatos y peces. Esta historia sucedió en un barrio de Buenos Aires. El barrio era un barrio común con su escuela, su comisaría y su plaza. Muchos vivían allí desde hacía un largo tiempo, otros, en cambio habían llegado hacía muy poco. […]

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La desesperada historia del temeroso señor Plin. Marta Bendomir, escritora. Cuento infantil sobre gatos y peces.

Esta historia sucedió en un barrio de Buenos Aires. El barrio era un barrio común con su escuela, su comisaría y su plaza. Muchos vivían allí desde hacía un largo tiempo, otros, en cambio habían llegado hacía muy poco.

Como en todos los barrios había señoras que salían a barrer la vereda, kiosqueros conversadores y bandas de chicos buscando un espacio para jugar a la pelota. Los árboles guardaban en sus cortezas los romances de otros tiempos y las paredes gritaban los más recientes. Por las mañanas, un olor a medialunas recién hechas llenaba la calle Andrade, que era la que quedaba justa al costado de la plaza. Ninguno de los que pasaba podía dejar de darse vuelta y suspirar, hasta las chicas que estaban haciendo dieta se tentaban.

En fin, que este barrio era un barrio – barrio, tranquilo y acogedor, en donde los chicos podían salir a la vereda a andar en bicicleta y a patinar en la calle los domingos a la hora de la siesta. Claro que como todos los lugares que hacen historia algo tenía de diferente de los demás. Nadie nunca supo bien por qué pero, en este barrio no había ni un solo perro.

La gente que se mudaba no los traía y cuando se acostumbraba a vivir allí, ya no se le ocurría tener alguno. Por esa misma razón los gatos merodeaban sin problema. Como eran los únicos animalitos que andaban sueltos, los vecinos se desvivían por atenderlos. Vivían a sus anchas y comían todo lo que les dejaban por ahí.

Al principio carne picada, restos de guiso y hasta algún pedacito de pizza los viernes por la noche. No se sabe bien cuándo sucedió, pero dicen que fue en un final de fiesta que les dejaron también restos de las medialunas de Doña Carmen, la panadera de la calle Andrade. Tan pero tan ricas eran estas medialunas que los gatos se fueron pasando el dato y, con el tiempo, ya casi no les interesaba comer otra cosa. Y así fue como empezó a suceder que todas las mañanas, muy temprano, amén de la fila de compradores que venían por sus facturas para el mate, se empezó a formar otra cola que terminaba en la puerta de atrás y, que no era de personas sino de gatos.

Tanto se alimentaban los gatos de medialunas que las ratas del barrio estaban más contentas que portero con escoba nueva, porque no había ningún gato con hambre en ese lugar. Claro que no eran muchas las ratas que andaban dando vueltas por ahí porque, lo que se decía en los alrededores, era que en ese barrio había más gatos que en el jardín botánico, y ninguna rata con buen tino se arriesgaba por allí.

Como era de esperar, la noticia se desparramó por los barrios vecinos y un día hasta vino la televisión para hacer una nota sobre “los gatos que se alimentaban de medialunas”. En fin, que casi todos los habitantes del barrio y de los barrios vecinos estaban enterados de que en ese barrio los gatos no cazaban ratones ni ninguna otra cosa parecida.

Es más hasta le dieron al Consejo Vecinal una distinción especial de la Sociedad Vegetariana Municipal. Digo “casi” porque el único que no estaba enterado era Plin, el pez de Doña Carmen. Plin era un pez gordo y dorado, acostumbrado a una vida tranquila y segura. Tenía los ojos siempre muy abiertos y pasaba gran parte del día contabilizando las burbujas que salían de su pecera. Como no tenía adonde anotar, porque cualquier libreta se le hubiera mojado adentro del agua, se acordaba todo de memoria. Eso le ocupaba gran parte del día.

Uno de sus mayores problemas era intentar que las burbujas no se le escaparan de la pecera, cosa que lograba rara vez, porque por más esfuerzos que hacía para lograrlo, y una vez que las tenía bien contadas y acorraladas, no sabía bien por qué ¡¡¡ Puf !!! ¡¡¡ Puf !!! , de golpe las burbujas salían volando por el aire ante su desesperación. Lo peor era que, más chapoteaba para mantenerlas en su lugar, más se escapaban, y así, llegaba al final del día sin una sola burbuja, cansado de intentar lo imposible, pero decidido a recomenzar al día siguiente.

Aunque siempre había vivido adentro de esa pecera, por las noches soñaba con nadar en el mar abierto, en donde había millones de burbujas que no se escapaban nunca porque el mar era lo suficientemente grande para que entraran todas. A veces se despertaba de malhumor y protestaba por el tamaño de la pecera. “Yo me merezco algo mejor” se decía, mientras miraba cómo su hermoso lomo dorado se reflejaba en el espejo del comedor.

Y así pensó hasta el día en que los vio por la ventana. Esa mañana Doña Carmen había hecho limpieza general y, no se sabe bien por qué, aunque algunos dicen que por el apuro de los gatos que esperaban desde muy temprano, dejó la ventana abierta de par en par. Una larga fila de gatos hacía cola para entrar a su casa. Gatos negros, gatos rojos, gatos grises, gatos grandes, gatos chicos, gatos de todos los colores y tamaños.

Plin pegó un grito de espanto, que por supuesto nadie escuchó porque estaba debajo del agua. Él no sabía muchas cosas de la vida, pero lo que sí sabía con toda seguridad era que los gatos comían pescado, y si era fresco mejor. Él era un pez y ellos eran gatos. Se escondió como pudo detrás de la única piedrita que había en la pequeña pecera y observó durante un buen rato a los gatos que venían relamiéndose los bigotes y con cara de hambre.

Tanto susto tenía que no pudo evitar empezar a temblar. Tembló tanto que hizo que la pecera cayera al suelo rompiéndose en mil pedazos. Por suerte justo en ese momento, entraba Doña Carmen. – Plin, mi querido Señor Plin, pero ¿qué pasó? – se lamentaba la panadera, que ni se imaginaba cuál era el origen del desparramo. Rápidamente lo metió en un vaso de agua prometiéndole solucionar todo lo antes posible.

Y resultó que, con la fama, los negocios iban mejor, así que Doña Carmen aprovechó para comprar a su pez favorito una pecera enorme con luces y todo. Tan linda era la pecera nueva que decidió ponerla en el borde de la ventana para que se pudiera ver bien desde la calle. Plin estaba desesperado.

No tenía ninguna duda de que ahora sí lo iban a ver los gatos. La pecera nueva era tan linda que le daban ganas de nadar de un lado para el otro, pero, atemorizado, se quedó en un rinconcito en donde las burbujas se multiplicaban a montones. Estaba tan preocupado, que ya ni siquiera las contaba. Si tan sólo se hubiera atrevido a llegarse hasta el otro lado de la gran pecera hubiera podido ver perfectamente cómo Doña Carmen saciaba el hambre de los gatos con medialunas.

Si se hubiera arriesgado nadando tan sólo hasta el otro lado, todos sus temores habrían desaparecido. Quizás hasta se hubiera hecho amigo de los gatos. Pasó toda la noche pensando y pensando hasta que finalmente tomó una decisión. Al día siguiente, tratando de pasar inadvertido, juntó despacito todas las piedras de colores que había en la pecera y se armó una muralla que lo tapaba bastante bien de las miradas que podían colarse por la ventana.

Finalmente le quedó un espacio más o menos igual al que tenía en su antigua pecera. Al fin seguro, reanudó su tarea de contar burbujas que una vez más se le escapaban por la falta de espacio. Los gatos de la fila nunca se pudieron explicar por qué Doña Carmen había puesto en la ventana una pecera vacía de la que permanentemente salían burbujas.

Fin


La desesperada historia del temeroso señor Plin

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