Sombra fresca de paraíso

sobra fresca del paraiso

Sombra fresca de paraíso. Mirta Pegito. Escritora argentina. Cuento para padres sobre la muerte.

sobra fresca del paraiso

Cuando íbamos a enterrar a mi padre, yo me encontraba sentada del lado de la ventanilla de uno de los autos del breve cortejo, mirando hacia la calle.

En sentido contrario, pasaban dos hombres por la vereda; uno de ellos se persignó al pasar frente a él el coche fúnebre.

Ese rápido gesto -apenas puedo recordar su rostro-, me pareció de una delicadeza infinita. Quiero decir que por primera vez esa costumbre netamente católica de persignarse ante las iglesias o los entierros, no me pareció un gesto ostentoso de religiosidad pública para comenzar a parecerme un detalle de sincero respeto.

Sé que esa nueva sensación estaba teñida del amor hacia mi padre, que en ese momento de profundo dolor invadía absolutamente todo, al punto de pensar que todos lo habían amado y respetado como yo en ese instante.

Desde aquel día, son pocas las veces en que he vuelto al cementerio; no por desidia o porque sea un lugar que me cause congoja, sino porque en verdad encuentro menos a mi padre allí que en alguna cosa suya que he conservado o algún recuerdo. Por otra parte, es por el momento una tarea que mi madre asumió por toda la familia. Quizá, cuando ella ya no esté, ocupe yo ese lugar y retome con ello una vieja costumbre: la de ir a visitar a los muertos de la familia casi como una salida dominguera.

Recuerdo que para mi hermana y para mí era toda una aventura. Para ser sinceros, nos interesaban más las tumbas desconocidas que, por ejemplo, la del tío Guillermo, al que en realidad habíamos conocido a través de una foto vieja en blanco y negro. Después de bajar del auto todos los implementos de limpieza -trapos para pasar el Braso, una escoba vieja a la que alguien le había cortado el palo para mayor comodidad, tachitos para buscar el agua en la pileta inundada-, dejábamos a nuestros padres en esas tareas y partíamos con mi hermana a recorrer los caminitos y a sentarnos de tanto en tanto en los bancos ubicados ante cada tumba para recuperarnos del calor agobiante de la hora de la siesta. Nos gustaba demorarnos en la lectura de las inscripciones de las placas porque a partir de ellas podíamos armar una historia y es, lo que con un afán clasificatorio, nos permitía dividirlas en rubros.

A veces, el estilo sentido y grandilocuente de alguna inscripción contrastaba con nombres como Cacho o Pololo iniciando las frases y escritos invariablemente entre signos de exclamación, como si los que se hubieran quedado de este lado le hablaran a un sordo póstumo.
La de los angelitos niños también las visitábamos, pero en realidad nuestro rubro preferido era el romántico a través del cual se podía armar alguna historia de amor eterno. Justamente dentro de esta clasificación es que vi. escrito por primera vez el nombre Jannette, cuyo origen francés me pareció el más apropiado para una historia de amor trunco.

Pero lo que verdaderamente nos impactó fue descubrir una vez, en uno de los senderos, a la sombra de un paraíso, una tumba-casa de lo más coqueta, pintada de verde clarito. Tenía hasta una terraza, por sobre la que corrían unas cuerdas que hacían las veces de cables de electricidad. Pensamos que la pareja estaría construyendo su casa o pagando las últimas cuotas de una vivienda Tarzán cuando la muerte sorprendió a la mujer sin poder ver concretada su obra. El hombre, harto en vida de ella de escucharla decir que con su sueldo miserable jamás lograrían concretar el sueño del techo propio, pudo finalmente darle el gusto a un módico precio.
De pronto, un grito de mi padre, -un trueno en la paz del cementerio-, nos volvía a la realidad.
A ayudar a su madre, a recoger los pétalos caídos, qué nos creíamos, a tirar los papeles que envolvían las flores. Al auto, que nos vamos a casa. Todo terminaba abruptamente. Un día, no recuerdo cuándo, rechazamos la invitación y nos quedamos en casa. Nadie insistió.

Mi hermana prefirió quedarse a leer por enésima vez una Corín Tellado, sobre todo la parte ésa donde ella se daba una ligera ducha, olvidaba el toallón en el piso y él la estrechaba entre sus brazos viriles; y yo, al borde del acaloramiento, un libro titulado El médico en casa (que para entonces ya era antiguo), que contenía palabras como sífilis y blenorragia y que me llevó a pensar que el sexo era una actividad que traía implícita las siete plagas de Egipto.
Con ese cambio de rumbo perdimos, sin saberlo, una parte hermosa de la vida. Aquélla en la cual la muerte no era más que una palabra, una casita verde, una sombra fresca de paraíso. No sospechábamos que alguna vez sería de golpe otra cosa: tu nombre escrito entre unos inevitables signos de exclamación, como llamándote, como pidiéndote que vuelvas y grites otra vez con tu voz de trueno, o que bajes la voz para charlar bajito todas aquellas cosas que nos quedaron pendientes.

Fin

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Registrado en la Dirección Nacional del Derecho de Autor bajo expediente 757533/09

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