¡ A Julia la quieren el doble !

A Julia la quieren el doble

A Julia la quieren el doble

A Julia la quieren el doble. Bernard Ashley, escritor. Cuento perteneciente al proyecto Cuentos para Crecer.

Julia era una niña afortunada. Tenía dos abuelas. La abuela de la ciudad se llamaba Lola y la del campo, María. Como Julia vivía en la ciudad veía muy a menudo a su abuela Lola, porque era quien la cuidaba cuando su madre tenía cosas que hacer o estaba muy ocupada.

Julia y su abuela Lola se divertían inventándose palabras y juntas hacían cosas muy, muy especiales. —Venga, abuela Lola —decía Julia—. ¡Juguemos al subibaji!

—¡Subibaji! Arre, caballito, vamos a Belén, que mañana es fiesta y al otro día también. Arre, caballito, vamos a la feria, no me tires coces que me caigo en tierra… —cantaba la abuela Lola.

Y con Julia a cuestas, daban una vuelta trotando. Muchas veces la abuela Lola llevaba a Julia al parque y cogidas de la mano bailaban entre los árboles.

Cuando volvían a casa, la abuela Lola le daba limonada y galletas de chocolate. Julia veía a la abuela María durante las vacaciones. Julia y sus padres pasaban algunos días en su casa y los tres dormían en el cuarto de invitados, Julia en una cama plegable. Julia y la abuela María se divertían inventándose palabras y juntas hacían cosas muy, muy especiales.

“¡Mis patos llevan zapatos con lazos!, ¡cuac, cuac, cuac, cuac!”, canturreaba Julia. Y la abuela María la llevaba a la granja a ver los patos y las gallinas. Muchas veces se hacían unos bocadillos y se los comían en el campo, detrás de la casa. La abuela María llevaba zumo de manzana y las galletas preferidas de Julia, las de sabor a queso.

Entonces Julia decía: “Venga, abuela, juguemos al corro de la patata.” Y empezaban a dar vueltas hasta que se caían al suelo tronchándose de risa. Cuando volvían a casa, la abuela María llamaba todos los domingos por teléfono para hablar con Julia. La voz se oía como si estuviera muy cerca.

Abuela Lola y abuela María. ¡Cuánto las quería a las dos! Un día nació el hermanito de Julia y prepararon una fiesta. La celebraron en casa y acudió todo el mundo… ¡hasta la abuela María, con lo lejos que vivía! Era la primera vez que Julia veía a sus dos abuelas juntas. ¡Qué alegría!

Pero la abuela Lola no se apresuró a llevarle limonada, y la abuela María no corrió a buscarle zumo de manzana. Estaban sentadas la una junto a la otra, sin decirse ni palabra… Hasta que Julia tropezó y se cayó. Se dio un golpe en la cabeza, se asustó y empezó a llorar.

Como un rayo, la abuela Lola y la abuela María corrieron a levantarla. La abrazaron entre las dos haciendo un bocadillo de abuelas con Julia en medio. Julia recibió un beso de ciudad en una mejilla y uno de campo en la otra. Julia tomó a las abuelas de la mano y no había forma que las soltara.

—Venid —les dijo tirando de ellas.

—¿Adónde? —preguntaron las abuelas Lola y María.

—A la otra habitación. ¡Vamos a jugar! —respondió Julia.

La abuela Lola puso en marcha un radiocasete.

—María, ¿sabe bailar esta canción? —le preguntó la abuela Lola.

Y la abuela María dio algunos pasos y vueltas con mucha gracia. Las tres, las abuelas y Julia, bailaron juntas. De repente, sonó una vieja canción. Las dos abuelas enseguida se animaron.

Entonces, la abuela Lola montó a Julia a los lomos de la abuela María. “¡Subibaji!”, gritó Julia, y salieron al trote por la cocina y por el pasillo, cantando arre, arre, caballito, y dando saltos.

¡Y después llegó el turno del corro de la patata! Pero esta vez todos los invitados formaron una rueda y chocaron unos contra otros. ¡Cómo se reían y aplaudían cuando caían rodando por los suelos!

—Vendrá a verme a la ciudad, ¿verdad, María? —le dijo la abuela Lola.

—Claro que sí. ¡Y usted tiene que venir a pasar unos días al campo! —le respondió la abuela María. Julia nunca se hubiera imaginado que podría sentirse tan feliz.

Con sus dos abuelas juntas se divertía el doble y también… la querían el doble.

Fin

 

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