Compartir de corazón

Compartir de corazón. María Inés Casalá y Juan Carlos Pisano, escritores argentinos. Cuento sobre la generosidad y el valor de compartir. La señorita Adriana era maestra jardinera en una escuela ubicada en un barrio humilde. Le apasionaba su trabajo y lo realizaba con entusiasmo. Se preocupaba por cada niño en particular y conocía a sus […]

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La señorita Adriana era maestra jardinera en una escuela ubicada en un barrio humilde. Le apasionaba su trabajo y lo realizaba con entusiasmo. Se preocupaba por cada niño en particular y conocía a sus familias. Adriana los esperaba cada mañana con una sorpresa: un títere, un muñeco nuevo para la sala, un cuento, una canción… Cada día era algo diferente.

Los niños entraban felices al salón. A media mañana, la cocinera de la escuela llegaba con el carrito. Los chicos escuchaban el ruido de las rueditas y corrían a colocar sobre las mesas el plato y el vaso. Cuando la cocinera abría la puerta, ya estaban sentados y la recibían con un gran aplauso. Ella les dejaba una jarra con mate cocido, leche calentita y algo para comer. También en ese aspecto, cada día había algo distinto: alfajores, galletitas, pan recién salido del horno, facturas… Chicas y chicos tomaban con muchas ganas la leche, especialmente los días de frío, y comían todo lo que les daban. Adriana los ayudaba para que no se cayera nada y se alimentaran bien. Siempre se asombraba porque Martín comía más rápido que los demás a pesar de ser muy flaquito y pequeño. En su rostro sobresalía una sonrisa enorme que no se borraba ni cuando jugaban a poner cara de enojados. Adriana pensaba que era extraño que comiera tan rápido porque no parecía ser de los chicos a los que les gustara mucho comer. La leche la tomaba de a poquito y, si algún día sobraba y podía repetir, era uno de los que siempre lo hacía. Cierta vez, Adriana llevó caramelos para repartir a la salida. A medida que los despedía, les ponía uno en el bolsillo. Cuando le tocó a Martín, se dio cuenta de que tenía guardado el sándwich que le habían dado a la hora de la merienda. No dijo nada pero empezó a observar con más atención lo que hacía Martín y descubrió que nunca se comía lo que le daban. Si era un alfajor, le sacaba el papel para que ella creyera que se lo había comido, pero lo guardaba para llevarlo a la casa. Entonces, Adriana se acercó a la mamá de Martín a la hora de la salida. Le preguntó si Martín se comía lo que llevaba a su casa en el bolsillo. La mamá la miró visiblemente asombrada y respondió que no, que Martín le había dicho que la cocinera siempre le daba dos cosas, una para él, que se la comía en la escuela, y otra para su hermanito más chico, que se quedaba en la casa al cuidado de una vecina. Todos los días, Martín le daba lo que llevaba de la escuela. A Adriana se le hizo como un nudo en la garganta, no pudo decir una palabra y de inmediato entendió lo que estaba ocurriendo. Esa tarde no dejó de pensar en qué podía hacer con esa situación. Al día siguiente, a la hora de repartir las cosas de la merienda, Adriana fue entregando un paquete de galletitas para cada uno y, sin que vieran los demás, puso otro paquetito en el bolsillo de Martín. El niño agradeció en silencio y disimuladamente con una enorme sonrisa. Pero la sonrisa fue más grande todavía cuando abrió el paquete y comió las galletitas mientras acariciaba en su bolsillo lo que iba a darle a su hermano. Y así fue, todos los días del año.

Fin


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