El guardián de los sueños – Capítulo II. Cuentos largos

El guardián de los sueños - Capítulo II. Cuentos largos

El guardián de los sueños – Capítulo II. Cuentos largos

Cuentos largos. Cuentos en capítulos.

 

Cuento infantil en idioma español sugerido para niños lectores de 9 a 12 años.

Capítulo II – Conserva tus sueños, dame tus pesadillas

Desde que Soleil había encontrado al hada sus noches eran terroríficas, tan pronto oscurecía el miedo iba creciendo en su corazón, al recostarse en la cama ya no sentía el alivio y la seguridad de dormir acurrucada en el fragante edredón que le había hecho su mamá, ahora solo podía pensar en las horribles visiones de monstruos acechándola sin parar hasta el amanecer.

La niña intentaba mantenerse despierta leyendo los libros de cuentos que tanto amaba, pensó que si sólo leía historias hermosas llenas de fantasía y de héroes soñaría con ello, pero cuando el cansancio la vencía, de nueva cuenta las pesadillas se apoderaban de ella, cada noche era idéntica, lobos, monstruos, brujas. sombras … todos queriendo atraparla … soñaba que corría por el pueblo buscando a su familia y lo único que encontraba eran casas vacías, mientras un centenar de horripilantes criaturas la perseguía hasta que los bondadosos rayos del sol entraban por la ventana acariciando su rostro bañado en lágrimas.

Día con día la niña alegre y curiosa que era Soleil, iba cambiando, siempre estaba triste, nerviosa, a veces malhumurada y prefería estar sola, el dulce brillo de su mirada se había opacado, toda ella se estaba convirtiendo en una sombra.

Aquella situación preocupaba profundamente a su mamá, quien no sabía que hacer, ya había intentado cantarle hermosos arrullos, dormir abrazándola, incluso habían visitado al médico … solo que la pequeña no estaba enferma y la medicina nada podía hacer.

Soleil corría a todo lo que le daban las piernas a través de los resbaladizos pasillos de la escuela, un sudor frío bajaba por su espalda, cada vez le costaba más trabajo respirar y comenzaba a quedarse sin fuerzas, pero al sentir un aliento fétido en la nuca, el miedo la alentaba a seguir, los horrorosos sonidos detrás de ella solo eran opacados por los latidos de su corazón, subía y bajaba escaleras buscando alguna salida, o alguien que le ayudara pero repentinamente los pasillos se terminaron y quedó atrapada entre la pared y un grupo de horribles criaturas que le doblaban el tamaño, sus pequeños dientes afilados y retorcidos emulaban las fauces de los tiburones y sus garras la tenían fuertemente asida de la ropa para comenzarla a levantar en el aire, Soleil pataleaba con todas sus fuerzas tratando de escapar, y entonces sucedió…

Una voz gentil y dulce pronunció su nombre, la oscuridad en sus sueños de inmediato retrocedió, los monstruos se desvanecieron y Soleil pudo despertar, al hacerlo notó que quien la llamaba era Nani, su abuela, que de inmediato la abrazó tratando de calmarla.

– Tranquila mi niña –decía la abuelita– era una pesadilla, eso es todo, ahora cuéntale a tu Nani que estabas soñando, si lo haces, tus pesadillas nunca se harán realidad.

Soleil se aferraba con todas sus fuerzas a su Nani, entre lágrimas y su lenguaje de señas le contó a su abuelita de las terribles apariciones que acechaban sus sueños; y de la angustia que se apoderaba de ella al no poder despertar.

Nani la miraba atenta, pero no podía entender en donde se habían originado sus miedos y porqué justo ahora.

Cuando la niña terminó de contarle todo, Nani le dijo que podían vencer sus pesadillas si ella dibujaba en papel todos esos espantosos monstruos con mucho detalle, sin olvidar un solo cabello o diente chueco, cada uña retorcida y cada ojo saltón. La niña, que era muy obediente y confiaba mucho en su abuelita porque había vivido largos años y era profundamente sabia, comenzó a dibujar uno a uno los monstruos que la aterrorizaban.

Cuando hubo terminado, la abuela les echó un vistazo y luego los arrojó al bote de basura, encendió un fósforo y dijo “ las pesadillas no pertenecen aquí, hoy las hacemos cenizas, son basura y nada más” les arrojó el fósforo y vieron los monstruos desaparecer en las flamas.

– ¿Lo ves mi niña? Las pesadillas se han ido para siempre, ya no podrán volver, ahora mismo las botamos en el basurero y jamás volverán a molestarte.

Al observar a los monstruos arder Soleil se sintió mejor y sabía bien que su Nani no le mentiría, un profundo sentimiento de alivio y tranquilidad inundó su corazón, y por primera vez en muchos días dejó de sentir miedo.

Después de meter las cenizas en una bolsa y atarlas fuertemente para arrojarlas en el basurero, Nani y Soleil pasaron un día fantástico paseando en el parque, comiendo helado y luego al cine para ver una película.

Soleil parecía ser la niña alegre, amable, sensible y curiosa de siempre, y aquella noche se fue a dormir entre los protectores brazos de su abuelita con una gran sonrisa, ahora sabía que sus monstruos habían desaparecido.

Pero mientras abuela y nieta dormían, las cenizas de los dibujos estaban siendo liberadas por un inoportuno ratón goloso que buscaba alguna cosa rica para merendar. En cuanto el aire tocó las cenizas, éstas se esparcieron por el cielo buscando de nueva cuenta a Soleil.

Pasada la medianoche los monstruos de ceniza ya sobrevolaban la casa de la pequeña y en pocos segundos fueron entrando por las rendijas, arrastrándose por debajo de las alfombras inundándolo todo con una densa oscuridad.

Sin embargo, Nani no estaba dormida y observó claramente como esas malignas sombras acechaban a su nieta. De inmediato ella cubrió la frente de Soleil con su mano derecha y las sombras, al notar que en su dedo anular Nani llevaba un anillo de amatista con una estrella de plata, las tenebrosas sombras aullaron, chillaron, se sacudieron y desaparecieron mientras la abuela decía: “ninguna sombra se posa sobre el sol, ninguna sombra se posa sobre las estrellas”.

La abuela miró el rostro apacible de Soleil y susurró “conserva tus sueños mi niña, dame tus pesadillas, tu Nani puede con ellas”.

Nani pasó la noche velando el sueño de su nieta, pero sabía que debía buscar más ayuda, pues esto no era solo una pesadilla, no era solo miedo a la oscuridad, la abuela sabía que eso era un maleficio y debía romperlo antes de que fuera demasiado tarde.

El alba ya comenzaba a clarear, Nani se quitó su anillo, lo deslizó en el dedo de Soleil, le pidió que no se lo quitara hasta que ella estuviera de regreso, besó a la niña en la frente y emprendió el camino.

CONTINUARÁ …

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Elizabeth Segoviano © Copyright 2013 TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS

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Ilustración de Elizabeth Segoviano

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