Chocolate amargo

Chocolate amargo. Susana Cavallero, escritora argentina. La cocina de la casa mostraba una actividad digna de una colmena de abejas laboriosas en esa mañana de primavera de 1840. Las tres cocineras y sus cuatro ayudantes corrían de un lado a otro atareadas con mil quehaceres. Una cocinera estiraba la masa para los pasteles, otra vertía […]

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Chocolate amargo. Susana Cavallero, escritora argentina.

La cocina de la casa mostraba una actividad digna de una colmena de abejas laboriosas en esa mañana de primavera de 1840.

Las tres cocineras y sus cuatro ayudantes corrían de un lado a otro atareadas con mil quehaceres. Una cocinera estiraba la masa para los pasteles, otra vertía la preparación líquida de una torta en un molde, otra daba órdenes para la decoración con crema y frutillas de una tarta apetitosa.

Pedro, el peón alimentaba con leña la gran cocina de hierro para que mantuviera el fuego parejo, otra ayudante lavaba las cacerolas que se amontonaban en la mesada. Un gran caldero negro se mecía colgado de un gancho con las llamas lamiendo su base. Un aroma riquísimo se adueñaba del lugar.

Tomasita, en un rincón, al lado de la leñera tomaba su mate cocido con una rebanada de pan de centeno untada con manteca. La niña hubiera querido tomar un tazón del brebaje que se cocinaba en el caldero, pero era imposible. Era la comida para los señores.

Estaba terminando de comer cuando la llamaron. Corrió escaleras arriba, hacía los dormitorios de los niños. Llamó tímida en una puerta y cuando tuvo la orden, abrió y entró en la habitación de la niña Josefina. Dos ojos azules la miraron desde la cama.

Tomasita pensó en dos lagunas en un día de sol. Observó esa piel blanca y fina, y cómo siempre la comparó con la suya, tan oscura y áspera.

-¡Vamos! Apúrate Tomasita, ayúdame a vestir y peinar.

-Si amita, dijo Tomasita tomando el cepillo de plata para peinar la dorada cabellera de Josefina.

Las niñas tenían la misma edad, siete años y habían nacido en la misma casa, pero hasta ahí llegaba la similitud. Tomasita era negra, pelo mota y grandes ojos marrones, nariz achatada y boca gruesa, era la hija de la lavandera y su tarea era servir a Josefina.

Josefina era la niña de la casa, rubia de ojos azules, piel muy blanca, de rasgos finos y delicados. Ese día era su cumpleaños y había recibido cómo regalo una bella muñeca de porcelana con vestido de organza. Esa tarde habría una recepción con sus amiguitas.

A Tomasita jamás le habían regalado ni festejado ningún cumpleaños, miró la muñeca y con un suspiro comenzó a cepillar los largos cabellos de Josefina, eligió las cintas y trenzó con maestría los mechones mientras pensaba en el chocolate que se estaba calentando en el caldero.

Pasó el mediodía y llegó la hora de la siesta. Tomasita vigilaba la cocina, vio cuando Gregoria, la cocinera llenaba la gran chocolatera nueva, traída Buenos Aires, con su elegante mango de madera y cobre, luego la tapó con unos paños y se fue a dormir la siesta.

La niña entró sigilosa, buscó una taza y con esfuerzo tomó el mango de la chocolatera y se sirvió, con tal mala suerte, que cuando iba a sentarse para disfrutar del manjar, tropezó y se le cayó la taza, empujó el caldero que se desprendió del gancho y se volcó todo el chocolate en el suelo.

Tomasita, aterrada solo atinó a barrer el chocolate hacía el resumidero donde tiraban la grasa y lavó el piso pasando trapos mojados para sacar el liquido pegajoso. Nadie la escuchó lidiar con los cepillos para limpiar y como no había tomado su chocolate, se sirvió otra taza, tres tazas del rico chocolate se tomo la niña.

Pero luego, al darse cuenta del desastre y que la chocolatera estaba casi vacía y el caldero también, empezó a temblar por las consecuencias. Ni lerda ni perezosa, buscó en las alacenas algunos granos de cacao, pero no encontró, vio en un pote un polvo amarronado, parecido al cacao, pero con otro olor que le recordó a la canela.

Raspo el fondo del caldero, agregó agua, el polvo para que tomara color chocolate y revolvió, probó y era horrible. Salió de la cocina tan silenciosa como entró. Pasada la siesta, ayudó a Josefina a poner su vestido de fiesta color celeste, compuso su peinado y admiró el resultado.

Escondida detrás de un árbol espiaba por los ventanales del salón y se extasiaba con los vestidos primorosos que lucían todas las niñas de la fiesta, soñando con uno igual para ella. Estaba absorta en sus sueños cuando vio que en el salón reinaba el caos total.

Las elegantes niñas reunidas alrededor de una mesa llena de cosas ricas, se tiraban de las sillas, se agarraban de la garganta con sus finas manos, otras tosían y escupían en el suelo, una torta llena de crema cayó al piso y la elegante chocolatera de cobre y madera estaba volcada sobre el mantel.

Tomasita no quiso mirar más y huyó hacía el campo. Oyó gritos y corridas y vio por la ventana de la cocina a los padres de Josefina, que retaban a las cocineras. Estas estaban en fila, todas llorando y apretando nerviosas sus delantales, a la vez que negaban haber hecho tal desastre.

-Eso no era chocolate, estaba picante y amargo, arruinaron la fiesta –dijo enojadísimo el señor.

-las niñas están descompuestas, ya llamamos al doctor Vergara –susurró la señora.

-¡Están todas despedidas! –dijo el señor, tienen dos días para juntar sus pertenencias e irse.

-Pero nosotras hicimos chocolate, no sabemos qué sucedió, lo hicimos con la bolsa de cacao que Ud. Trajo de la plantación –dijo la cocinera mayor.

-¡Están despedidas!- gritó furioso el señor.

Tomasita, aterrada, asomó sus inmensos ojos marrones y sin respirar, confesó todo. Llorando le dijo al papá de Josefina que ella jamás había tomado chocolate y esa chocolatera brillante parecía que la llamaba para darle un poquito, y como le estaba prohibido tomarlo, pasó lo que pasó…

Los padres de la niña, primero se enojaron muchísimo, pero luego se dieron cuenta que era una niña y que no tenía los privilegios de su querida Josefina. Así es que le dijeron que una vez al mes la cocinera haría chocolate y ella sería la encargada de llenar la chocolatera y serviría una taza a Josefina y otra para ella, y la tomarían sentadas a la misma mesa.

Tomasita escuchó en silencio, luego sus grandes ojos quedaron en blanco, su oscura piel se volvió blanca y cayó desmayada en el piso de la cocina. Justo al lado de la chocolatera.

Fin


Chocolate amargo

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