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El Cucharón 🍲 “Comer siempre lo mismo cansa, don Pablo. ¿No dicen que en la variedad está el placer?”

Por Francisco Javier Arias Burgos. Cuento sobre la cocina tradicional.

En un tranquilo rincón de la ciudad, «El Cucharón» se alzaba como un refugio gastronómico, emanando aromas tentadores y calidez familiar. Bajo el cuidado amoroso de don Pablo, cada plato era una oda a la tradición culinaria, impregnada del legado de su madre y abuela. Sin embargo, la clientela comenzó a menguar, dejando al dueño perplejo ante el misterioso declive. Con determinación y valentía, don Pablo tomó una drástica decisión. ¿Podrá su arriesgada apuesta revitalizar «El Cucharón» y restaurar su gloria pasada? Un cuento recomendado para adolescentes, jóvenes y adultos.

El Cucharón

El Cucharón - Cuento sobre tradición culinaria y cocina tradicional

La decisión de don Pablo fue tajante: Ni un plato más desde hoy, aunque sus comensales alabaran la comida que con tanto esmero preparaba y que tenía, según los clientes de su bonito restaurante, una sazón única. No es que él fuera un chef preparado en las mejores escuelas de gastronomía ni que se mantuviera pendiente de las últimas tendencias en asuntos de comida; se limitaba a cocinar con las recetas que conocía, algunas heredadas de su madre y de su abuela paterna. Pero eso sí: lo hacía con todo gusto, cantando, alegre. Con amor.

La idea del restaurante, que bautizó con un nombre sugerido por su esposa, se le había ocurrido hacía unos diez años. Don Pablo creció en una familia que, aunque de modesta posición económica, podía alardear de lo sabroso que en ella se comía. Su madre siempre los sorprendía con unos desayunos, unos almuerzos y unas cenas que les hacían chuparse los dedos y quedar con ganas de más. Y cuando su abuela paterna, la dulce Bertica, lo invitaba a visitarla, le daban ganas de quedarse a vivir con ella por lo rico que cocinaba.

“Para comer bien no se necesita mucha plata ni cosas extravagantes. Si usted me dice que le gustó lo que le cociné, con eso basta”, le decía la anciana mientras volvía a llenarle su plato cuando lo veía relamerse. A veces era él quien le pedía que no le sirviera más para no llenarse, porque tampoco era glotón. De ella aprendió a preparar un dulce de brevas inigualable, unos fríjoles y unos sancochos y unas sopas y unos pescados y carnes deliciosos, una mazamorra increíble. Y ni hablar de los postres.

Don Pablo atendía a sus clientes con una amabilidad de esas que en los restaurantes grandes no se ve, en los que los comensales son mirados solo como aquellas personas que cualquier negocio necesita para progresar. Ese, creo, era uno de los ingredientes principales, sino el principal, para su éxito.

Por eso no entendía por qué, de un momento a otro, algunas de las viandas que hicieron famoso a “El Cucharón” dejaron de ser consumidas por sus habituales visitantes, que poco a poco fueron retirándose y apenas aparecían muy de vez en cuando. Sus comidas conservaban el sabor que las hizo famosas y tan apetecibles, la cantidad seguía siendo generosa, el precio era más que razonable. Y su amabilidad, ese valor agregado tan escaso hoy, estaba intacta.

Consideró varias posibilidades y las analizó con su esposa, que tanto le había ayudado a hacer de su restaurante un sitio agradable y único.

“Es que la gente ya no puede darse el lujo de comer por fuera”, le decía alguien con quien charlaba a veces. Este argumento no lo convenció. “Lo bueno no es caro”, le replicaba, aunque él fuera consciente de que los ingredientes que utilizaba en su negocio sí habían subido de precio y en ocasiones tenía que reducir el tamaño de las porciones que servía. Mas como don Pablo no era una persona ambiciosa y abusiva, sacrificaba las ganancias económicas por otras más importantes como el cariño de sus clientes, que eran como su familia y más valiosos que el dinero.

El argumento de aquel amigo y otras razones lo tenían muy inquieto.

“Hasta lo más sabroso empalaga algún día”, le dijo alguien más. “Y comer siempre lo mismo cansa, don Pablo. ¿No dicen que en la variedad está el placer?”

Así que esta podría ser la verdadera razón del alejamiento de sus comensales. Se sintió desalentado al oírlo. Pero no le dio rabia. Todo su trabajo había sido hecho con dedicación y cariño, con honestidad, con la convicción de quien sabe lo que hace y además le gusta.

No se sentó a llorar. Lamentarse no le serviría de nada. Pero renunciar de manera definitiva a su pasión, a lo que tantas satisfacciones le había dado, tampoco era la solución. Empezó a buscar alternativas y a enterarse de las nuevas tendencias gastronómicas.

Se dio un tiempo prudente para reconsiderar la decisión tajante que le había hecho cerrar “El Cucharón” y lo reabrió dos meses después, en el mismo lugar, con una decoración distinta, con un menú totalmente nuevo. En vez de los platos que aparecían en su viejo menú se veían ahora nombres en francés, en italiano, en inglés y hasta en ruso. Contrató tres cocineros graduados de una reconocida escuela de gastronomía. Era un tiro al aire, pero se arriesgó.

Los primeros días fueron difíciles. La gente que pasaba por el restaurante pensaba que iba a encontrar lo mismo de siempre y seguía de largo. Los primeros clientes de su nuevo local fueron unos turistas extranjeros alojados en un hotel cercano. Eran americanos y no hablaban español. Con el poco inglés que don Pablo sabía se entendió con ellos y los atendió de la manera cordial que lo caracterizaba.

Los turistas quedaron encantados. Don Pablo también porque le dejaron una generosa propina, que repartió entre el personal: meseros y cocineros se beneficiaron de esos dólares recibidos como muestra de agradecimiento.

Los americanos regresaron al día siguiente, pero no venían solos. Con ellos aparecieron diez o doce más, compañeros de viaje que estarían en la ciudad por algunos días. Y de pronto, como en los viejos tiempos, “El Cucharón” volvió a verse repleto. Don Pablo y su esposa no lo creían. Sus empleados estaban felices. La fama del restaurante creció como espuma. Volvieron a verse grupos de personas esperando un turno para comer. Tal como antes.

Él, tan apegado a la tradición, tan renuente a lo que la gente llamaba modernidad, tan convencido de que lo que siempre había hecho era lo mejor, tuvo que aceptar que los tiempos cambian, así como las tendencias y las personas.

Le costó adaptarse, pero era la única manera de seguir vivo.

Fin.

El Cucharón es un cuento del escritor Francisco Javier Arias Burgos © Todos los derechos reservados. Prohibida su reproducción total o parcial sin el consentimiento expreso de su autor.

Sobre Francisco Javier Arias Burgos

Francisco Javier Arias Burgos - Escritor

Francisco Javier Arias Burgos nació el 18 de junio de 1948 y vive en Medellín, cerca al parque del barrio Robledo, comuna siete. Es educador jubilado desde 2013 y le atrae escribir relatos sobre diversos temas.

“Desde que aprendí a leer me enamoré de la compañía de los libros. Me dediqué a escribir después de pensarlo mucho, por el respeto y admiración que les tengo a los escritores y al idioma. Las historias infantiles que he escrito son inspiradas por mi sobrina nieta Raquel, una estrella que espero nos alumbre por muchos años, aunque yo no alcance a verla por mucho tiempo más”.

Francisco ha participado en algunos concursos: “Echame un cuento”, del periódico Q’hubo, Medellín en 100 palabras, Alcaldía de Itagüí, EPM. Ha obtenido dos menciones de honor y un tercer puesto, “pero no ha sido mi culpa, ya que solo busco participar por el gusto de hacerlo”.

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