El Osito Bruno – Capítulo III

El Osito Bruno – Capítulo III. Lázaro Rosa, escritor y ex educador cubano. Cuento en capítulos.

Como ya había llegado el calor del verano el pequeño Bruno decidió dormir en el último lugar donde lo encontrara la lechuza Pody. No quiso regresarse hasta su grueso hoyo porque recordó que ahora el sitio de las abejas le quedaría más cerca. Al día siguiente Bruno tuvo muchísimo éxito.

Retrocedió hasta el claro dentro del bosque de álamos y pudo apreciar que una gran cantidad de abejas se alejaban, a gran distancia, desde donde se hallaban los panales. Los guardianes acompañaban a las laboriosas obreras mientras éstas sacaban el polen de nuevas flores que habían crecido junto a los nuevos caminos que eran transitados, con bastante frecuencia, por familias enteras de gamos y ciervos rojos.

Ante esta favorable situación el osito no perdió tiempo y decidió acercarse corriendo hasta las grandes colmenas. Se irguió sobre sus patas traseras y de esta forma pudo alcanzar un vistoso panal que terminó sosteniendo, lo más fuerte que le fue posible, con su alargado hocico. La suerte acompañó nuevamente a Bruno que, a pesar de ser visto desde lejos y luego perseguido, de inmediato, por los corpulentos guardianes, estos últimos no lograron alcanzarlo.

El pequeño recorrió cuatro bosques con el panal en la boca y luego se echó en medio de un prado desde el que veía dos extensas nubes que giraban, continuamente, por encima de su cabeza bañándolo con una lluvia fina.

Luego de devorar el panal y saborear la miel el osito se fue hasta el río Nelson y comenzó a jugar con algunos salmones que saltaban dentro del agua. Más tarde decidió darse un baño para poder limpiarse algunas manchas, de barro color marrón, que se habían pegado fuertemente contra su negra pelambre.

El osito estaba alegre. Saltaba y cantaba en el idioma de sus parientes cuando escuchó otra voz que le era conocida pero, en esta ocasión, no se trataba de Pody, sino del ciervo Minne. –

-¿Qué haces dando tantos manotazos sobre el agua?—Preguntó el recién llegado-

– ¡te has dado el gran baño del verano después de haber corrido y comido a tus anchas! El ciervo hablaba con la boca llena disfrutando de las hierbas que crecían bajo sus cascos.

Sobre su cabeza se notaban enormes cuernos brillantes que podrían verse desde cuatrocientos metros en la lejanía. –

-¿Cuándo bajaste de las montañas grises?, ¿lograste ver a mi pariente Rigoberto? –

-Acabo de llegar y no he visto a tu pariente, hay muchas posibilidades de que lo veamos mañana, eso me dijo el cuervo Ann—Fue la respuesta que dio Minne aún hablando con la boca llena de hierbas. –

-Come primero y después me hablas, no tengo ningún apuro por escucharte, yo estaré aquí todo el tiempo y me da miedo que puedas atragantarte—Expresó Bruno calmado

—Hoy podremos caminar bordeando el río Nelson, también podremos correr, saltar obstáculos y hasta llegarnos al pueblo más cercano, allí no existe ningún peligro con los rifles, además veremos a los niños que juegan al escondido y montan en sus columpios dentro de los parques.

Tras decir estas palabras Bruno salió del río sacudiéndose el agua de su cuerpo para luego dirigirse, a paso lento, en dirección al bosque más cercano. Momentos después el osito se detuvo para volver su cabeza al notar que Minne seguía comiendo y no se había movido del mismo lugar. –

-¿Me sigues?, ¿nos vamos ahora?, deja algo de hierba para tus hermanos—Bruno hizo movimientos con sus patas delanteras para indicarle al ciervo que lo siguiera

—Vamos, ¿qué más esperas?… Antes las súplicas de su amigo, el ciervo rojo se volvió obediente y dejó de comer para comenzar a galopar.

A partir de ese momento los animalitos corrieron tan de prisa que terminaron desapareciendo por entre un bosque de eucaliptos. En este nuevo sitio los árboles se mantenían siempre verdes, incluso, durante los rígidos meses que venían con el invierno. De otra parte el búho Leonardo, desde la copa de un alto cedro, se conmovía al mirar a sus dos amiguitos.

El ciervo y el osito jugaban y saltaban, como criaturas ingenuas e inocentes, sin ninguna preocupación porque olvidaban todo lo que estaba sucediendo a sus alrededores.

Continuará…

Capítulo I

Puedes seguir leyendo: Cuentos infantiles

Capítulo II

Imprimir Imprimir

Comentarios