Copito, el patito travieso. Cuentos de patos

Copito, el patito travieso. Cuentos de patos

Copito, el patito travieso. Cuentos de patos

Copito, el patito travieso. Escritora de cuentos infantiles Argentina. Cuentos de patos.

Todas las mañanas, apenas el sol despuntaba en el horizonte de Villa Magdalena,  doña Pata y sus cinco patitos iniciaban su ronda por los diferentes recodos de la laguna dorada.
Los primeros en saludarla eran Doña Clueca y sus polluelos, quienes no paraban de escarbar el barro orillero en busca de alguna lombriz distraída.
Más adelante, las ardillas chismosas les daban  los buenos días,  mientras jugaban con las bellotas caídas del viejo roble.
El último en aparecer era  Don Topo, quien, aun sucio y adormilado, no dejaba nunca de saludar  a su vecina  cuando pasaba, con la familia, cerca de su madriguera.
A diferencia de su mamá y sus hermanos, que tenían el plumaje marrón oscuro y les gustaba nadar silenciosamente, Copito era un patito tan blanco como inquieto,  se deleitaba contemplando su silueta inmaculada en el espejo de agua y, con frecuencia, sumergía su cabecita  en busca de alguien que lo sorprendiera o de algo que atrajera su atención.
Un día mientras hacían su paseo matinal, Copito dejó su último lugar en la fila, que por orden de tamaño le correspondía,  y se acercó a su madre para decirle:
-¿Sabes una cosa, mamá? Me alegro de ser un pato, tener este plumaje tan bonito y poder contemplarlo en el agua cuantas veces quiero. Nuestros vecinos son buenos pero tan sucios que no me agradaría jugar con ellos. Parece que no encuentran otra diversión que la de  revolcarse en el lodo.
– Copito, me alegra que te sientas orgulloso de ser un pato –le contestó su madre-; pero no debes hablar así de nuestros amigos. Cada uno de nosotros respondemos a nuestros  instintos y disfrutamos de lo que la naturaleza nos brinda de diferentes formas.
Al llegar al último recodo del remanso, las aguas comenzaron a inquietarse. Doña Pata detuvo su andar y miró hacia arriba como si esperara una señal para continuar la marcha.
En una de las ramas más altas del viejo ciprés,   Don Búho vigilaba con sus grandes y atentos ojos todo el paisaje. Después de unos segundos, con un sutil guiño, el vigía le dio la venia a su amiga para que prosiguiera tranquila su ronda.
Copito, nuevamente, rompió la fila y se acercó a su madre; pero,  esta vez, con cierto tono de reproche, le preguntó:
-¿Por qué, mamá, nunca paseamos cerca del sauce llorón para que nos haga cosquilla con sus ramas, ni jugamos a las escondidas con los juncos melancólicos que siempre están solos y aburridos?
– Copito, ya hace tiempo que les expliqué, tanto a ti como a tus hermanos, que las aguas se tornan agitadas  por aquel último recodo y más allá de la laguna se encuentran el peligro y la oscuridad para todos nosotros –repuso Doña Pata.
El inquieto patito  no se sintió conforme con la respuesta de su madre y estaba convencido de que era don Búho quien inventaba esas horribles historias. Tal vez porque era un pájaro feo que no sabía nadar y le gustaba asustar a los patos.
Pensando de esa manera, se fue alejando de los suyos y comenzó a rumbear  hacia aquel lugar prohibido.
Pronto se encontró con las cosquillas del sauce llorón  y se río hasta cansarse. Después se fue a  jugar a las escondidas con los juncos,  pero cuando se liberó de ellos, se dio cuenta de que el paisaje había cambiado.
La dorada laguna ya no estaba; y,  en su lugar, un fondo terriblemente oscuro y desolado se mostraba ante sus ojos.
Súbitamente se sintió arrastrado por una corriente que lo llevaba hacia las oscuras aguas de un río turbulento. Desesperado, nadó con todas sus fuerzas hasta alcanzar la orilla y, sosteniéndose fuertemente, con su pico, de un mustio y ennegrecido helecho,   logró salir del agua.
Sin embargo, al erguirse y empezar a caminar,  sus patas se hundieron en un barro lleno de alquitrán. Cada pisada dejaba una huella profunda en el lodo y hacía que su cuerpecito se tambaleara para dar el siguiente paso.
A lo lejos se sintió un fuerte silbato, se detuvo y,  al darse vuelta, vio cómo las chimeneas de un enorme barco escupían bocanadas de humo y dibujaban, con él, oscuros nubarrones en el cielo.
Asustado, siguió la senda hasta atravesar la cortina de los juncos melancólicos para pasar, luego, bajo la fría sombra del sauce llorón.
De pronto los rayos del sol empezaron a acariciar su cuerpo y el remanso de la laguna dorada volvió a regalarle su apacible encanto. Sin pensarlo, se zambulló en ella  para limpiarse tanto por fuera como por dentro. Necesitaba que esas aguas cristalinas y serenas  lo ayudaran a olvidarse de esa horrible experiencia.
Después de ese baño gratificante,  se sintió más aliviado y, sin mirarse como solía hacerlo en el agua,   comenzó  a nadar con su cuello erguido y su vista atenta en aquel placentero paisaje.  A poco andar, se encontró con sus vecinos  y estaba tan contento de haber regresado a su entorno,  que empezó a saludarlos con una profunda alegría.
Sin embargo, todos lo miraban extrañados, hasta que, al pasar frente a la cueva de   Don Topo, éste  le gritó con desenfado:
-¿Qué pasó contigo,  Copito de algodón?
Desconcertado, se miró en el espejo que la laguna siempre le ofrecía y vio, con asombro, que su cuerpo ya no era blanco porque sus plumas habían quedado manchadas por aquellas aguas contaminadas.
Al levantar su cabeza, divisó la silueta de su madre a la distancia y no tuvo otro pensamiento más que correr junto a ella.
-¡Mamá querida, perdóname, te desobedecí! –le suplicó arrepentido.
-¡Mi querido Copito, qué ha pasado con tu plumaje! – exclamó la mamá.
-Fue ese río sucio, que está detrás de los juncos, el que me contagió su negrura.-explicó el pequeño.
– No, Copito, no ha sido el río -dijo Doña Pata -, sino el hombre que transita por él.
– Pero… si el hombre  también vive allí –interrumpió el patito desconcertado-.  ¿Por qué querría hacer esas cosas tan malas?
– Tal vez,  porque  los hombres también responden a sus instintos  y quizá, su naturaleza no sea tan simple como la nuestra. De ahí que busquen el placer más allá de la armonía de los colores, de los sonidos y de las fragancias que esta generosa tierra nos brinda a todos por igual –  explicó su madre.
-¿Sabes una cosa, mamá? –le dijo Copito abrazándola fuertemente- Ya no estoy triste ni asustado. Me siento feliz de vivir en esta laguna que es nuestro hogar y, a pesar de lo ocurrido,  estoy contento con mi nuevo plumaje porque me siento más hijo tuyo que nunca.

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Fin

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