Antes de morirse de pena

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Antes de morirse de pena.  Mirta Pegito. Escritora argentina.

Evelina recorre la ribera del Yapacaní con la mirada. Va de una a otra punta de ambas orillas, por lo menos hasta donde permite ver el tupido follaje tan lleno de tonalidades verdes, naranjas, rojas, que lo recorre por ambas márgenes.

Abundan unas flores blancas, grandes y carnosas que trepan por el tronco de algunos árboles agrupados en una especie de bosquecito con características distintas del resto, medio consumidos o carcomidos en su base, con una sustancia amarillenta y densa que les sale como chorreada desde adentro, como si estuviera viva, como si fuera una especie de animal sin forma que se va derramando y que a un observador no experimentado lo haría pensar quizás que forma parte de la belleza del árbol cuando en verdad es un parásito que lo está matando lentamente. Evelina conoce desde niña cada variedad de orquídea silvestre, cada árbol o arbusto pequeño, y puede diferenciar desde lejos unos de otros. Conoce también sus propiedades curativas y cuál de todos puede llegar a ser mortal. La selva no tiene secretos para ella, ni para ninguno de sus hermanos. Aunque se cansa de ir y venir con los ojos, lo hace una y otra vez como única distracción en esa tarde bochornosa y húmeda de enero, con el sol aún alto y fuerte como en pleno mediodía, hasta que aparta de pronto la mirada. Sentada como está en la sillita de paja, apoya los codos sobre sus rodillas huesudas, se tapa el rostro con ambas manos y ladea la cabeza. El color moreno de su piel se hace aún más oscuro en los nudillos y resalta las uñas blancas de sus largos dedos. Tiene la piel suave pese a los duros trabajos que ha hecho desde niña y un aspecto delicado y naturalmente elegante; tal vez sea por su manera de sentarse, o por la suave redondez de sus caderas o quizás por la delgadez de su pequeña figura. Su pelo oscuro está prolijamente trenzado hacia atrás y atado desde la base de la nuca con unas cintas muy finas de diversos colores que se esconden o aparecen a lo largo de la larga trenza que llega hasta su cintura. Abre apenas los dedos para dejar entre ellos una hendija por la que espía el interior de la casa que desde donde ella está se ve como una boca oscura. Es mitad de adobe, mitad de chapas y está construida en el hueco de sombras formado por un bosquecito apretado de sauces. Le sigue de costado un alero que se continúa con una variedad de hiedra de enormes dimensiones debajo de la cual hay una especie de cama que mirada en detalle se descubre formada por varios camastros dispuestos uno al lado del otro, tal vez para aprovechar el lugar, tal vez para conseguir mayor intimidad entre los que descansan. Duermen allí su madre, su padre, sus abuelos maternos y por lo menos siete chicos que van de entre los dos y los dieciséis años. Más que dormidos parecen desmayados -y quizás alguno de ellos lo esté, piensa Evelina-. Muchos tienen la boca abierta y un hilillo de baba blanca y seca le corre por la comisura de los labios. Algunas moscas gordas y verdes se posan de tanto en tanto sobre sus piernas o en sus mejillas pero ellos parecen no notarlo porque no se mueven o sólo lo hacen de tanto en tanto, con algún movimiento espasmódico, una especie de vibración enérgica y breve de los dedos de una mano o de un pie, que se agita de pronto e inmediatamente se detiene, pero que es suficiente para que la mosca levante vuelo, con lentitud y morosidad y de inmediato se pose en otro cuerpo más profundamente dormido. Casi todos tienen la piel oscura y a su vez tostada por el sol, lo que los convierte -especialmente a los niños que suelen andar la mayor parte del día con el torso desnudo-, en unas especies de carbones en los que resultaría difícil distinguir los ojos. Sólo tres de los más pequeños tienen el pelo castaño con betas claras, tan distintos del resto que resultan seres extraños y particulares en el conjunto. Evelina los mira a todos desde lejos y envidia el sueño del que gozan pero también sabe que aunque lo intentara no se dormiría. Siente esa tarde que ya ha dormido todo lo que tenía que dormir en su corta vida y decide no descansar más. Cierra entonces sus ojos marrones, profundamente oscuros, y los vuelve hacia el río, que ve con todos los detalles aun detrás de sus párpados caídos, como si apenas la separara del afuera la suave textura de una gasa dorada que ondea levemente y forma en sus pliegues, de tanto en tanto, manchitas rojizas que cambian de lugar con rapidez. Sabe que a las cuatro y media pasará el botecito y ella ya tiene decidido que bajará la pequeña barranca y sin poder evitarlo mojará sus pies en la orilla y acomodará los tres pequeños bultos de ropa y mantas que ha hecho sin que la vean. Y se irá con César río abajo, a la ciudad más próxima, donde puedan abordar un autobús que los vaya acercando poco a poco a cualquier otro destino. La invitó a irse con él, no sabe bien si a Buenos Aires o a Paraguay, porque tampoco él lo tiene decidido. No es que a Evelina le importe el destino; a ella le da igual. Lo importante será irse. Lamentará, eso sí, no ver ya la selva y el agua todos los días, como lo ha hecho desde niña, y a los niños más pequeños que son como sus hijos, pero no extrañará tanto a sus padres o sus abuelos que nunca la han cuidado demasiado, ni a ella ni a sus hermanos, y que ya sea por necesidad o costumbre la hicieron trabajar duramente desde niña: amasar, hornear y vender tortas de carne, lavar ropa, limpiar casas en el pueblo, aprestar el pescado para cocinarlo por la noche, hasta mendigar a veces. Tareas que la alejaron de la escuela y lo que es peor aún, de la lectura, de la posibilidad de enfrascarse en los relatos que descubrió apenas siendo una niña en unos libros que encontró arrumbados en un gallinero vecino. Evelina ha pasado frío desde siempre durante las noches y también calor extremo durante las largas tardes de verano, al punto de dejarse caer casi deshidratada como ahora lo hace su familia bajo el bosquecito de sauces, sin que nadie nunca le haya preguntado cómo se sentía. Está tan cansada y aburrida de la vida que le ha tocado en suerte que no teme a nada que le depare el futuro porque está convencida de que cualquier cosa puede ser mejor que lo vivido hasta el presente. Sí, se va con César. Lo conoció una tarde en la plaza de la villa, y habló con él segundos después de un altercado violento entre varios hombres borrachos y estafados, ya concluido su arduo día de vender no sabe qué cantidad de tortillas calentitas que apenas cocinadas acostumbraba acomodar prolijamente en un canasto mediano que llevaba con gracia en su cabeza para tener libres las manos. Le había llamado la atención porque no se veían hombres tan altos en el pueblo, y él, desde lejos, se destacaba en el semicírculo formado por un nutrido grupo de muchachos jóvenes y también algunas mujeres. Sin poder dominar su curiosidad, la jovencita había asomado su cabeza por un pequeño hueco que quedaba para ver qué estaba haciendo. Sobre un mantelito de tafeta roja, cuatro vasitos plateados alineados en perfecta simetría brillaban boca abajo como diamantes en bruto. Sin siquiera mirar sus manos el joven los cambiaba de lugar con enorme destreza e incitaba al público a arriesgar en cuál de ellos se escondía una pequeña esfera negra. “En el de la punta” había arriesgado bajito Evelina. Pero no. Al voltear los vasitos se veía claramente que no estaba en el que ella había pensado. La jovencita se había reprochado no concentrarse lo suficiente y se había prometido acertar en la próxima oportunidad. “En aquél”. Pero volvía a equivocarse. Los hombres, entusiasmados y convencidos de la sencillez del juego, apostaban sobre la mesa y apilaban en desorden algunos billetitos arrugados y sucios con la esperanza de cambiar su tarde. Con el correr de los minutos se iba llenando de más y más gente entusiasta y ansiosa; algunos, picados por el vino tinto y la chicha, hablaban demasiado alto y se empujaban torpemente entre ellos, como cachorros juguetones, sin llegar a la agresión. Cuando los ánimos finalmente se caldeaban, como por arte de magia, la suerte favorecía a algún apostador con unos pocos pesos y volvía la calma por unos minutos. Sin embargo, ni bien la pila de plata se hacía muy alta, César volvía a recomponerse y se llevaba, finalmente, todo el dinero. El momento coincidía con el inicio del plegado de la mesita, la ubicación de los vasitos uno dentro de otro y el anuncio claro y firme de que el juego había terminado hasta el día siguiente. “¡No! ¡trampa! ¡trampa!”- gritaban desaforados los que se habían quedado sin un peso- “¡La revancha! ¡Queremos la revancha!”, le insistían. Pero ya no había vuelta atrás. Mientras la mayoría protestaba resignada y comenzaba una pacífica desconcentración, un grupo que había hecho apuestas por su lado, iniciaba una pelea, pero esa vez en serio. Uno de los más bravos, con la mitad de la camisa dentro del pantalón y la otra mitad flameándole por fuera, mostraba con gesto amenazante una botella rota y estiraba su mano con la intención de lastimar a otro que lo insultaba. A esa altura, a Evelina ya la había ganado el miedo y, asustada, se apartaba rápidamente arrastrando su canasto hacia la calle. “Están todos muy locos…” iba pensando Evelina cuando escucha que alguien se le pone a la par en dos zancadas y le dice: “Hola. Soy César. Te vi entre la gente”. Ella lo mira sorprendida y ve que lleva la mesita plegada bajo un brazo y la tafeta roja que cubría la mesa saliendo hecha un bollo de un bolso que cuelga del otro hombro y su primera sensación es de rabia. “¿Cómo lo haces?” -le pregunta. “Es fácil –le explica él con una sonrisa-. Cuestión de practicar un poco. No hay ninguna ciencia.” Ella le fija los ojos con gesto severo y responde que no le parece que sea fácil engañar a la gente, que cree que los deja ganar al principio para después llevarse todo el dinero.

– Pero no, cómo se te ocurre… –responde César sin mirarla.

– Sí, es así –vuelve a decir con firmeza Evelina.

– Bueno… algo de eso hay –le admite César-. Pero no te enojes.

– Y mañana los vas a engañar de nuevo. -sigue deduciendo Evelina sin prestar atención a sus palabras.

– Si vuelvo… -contesta César.

– Qué… ¿no vas a volver? –le pregunta Evelina con curiosidad y una súbita e inexplicable pena.

– No sé –responde César sinceramente, sin ánimo de ocultarle información-. Tal vez no. ¿Cómo dijiste que te llamabas?

– Evelina me llamo –responde la muchacha y apura el paso para alejarse de él.

– ¿Y adónde vas tan apurada, Evelina? –le pregunta César con intención de molestarla un poco.

– No estoy apurada, es que está chilcheando ¿no ves? -se justifica secándose unas gotitas de lluvia que le corren por las mejillas.

– Sí, es cierto -dice César mirando hacia el cielo-. ¿Adónde vas? ¿Puedo acompañarte?

– A su casa de mis padres me estoy yendo, César -respondió-. Y no necesito compañía. Hasta otro día, si vuelves –le dice terminante, y sigue caminando dejándolo a César parado a la entrada de una callecita sin salida junto a un alambrado oxidado cubierto de campanillas azules.

A partir de ese día nunca dejaron de verse. De tanto en tanto, Evelina levantaba la mirada y se distraía un segundo de su venta de tortillas para vigilar la llegada de César, que tarde tras tarde volvía para embaucar la inocencia de los hombres del pueblo dando vueltas y vueltas los vasitos plateados. Solía llegar con paso lento y sólo después de instalar el caballete y extender con parsimonia la tela con el que lo cubría, la buscaba desde lejos para saludarla con una amplia sonrisa que le destacaba unos dientes muy blancos y parejos. Pero para que no se le notara el interés, Evelina se cuidaba bien de levantar apenas la barbilla a modo de respuesta desde el otro extremo de la plaza y nunca le retribuía el gesto amistoso, pero por dentro era todo alegría. Transcurrida una semana de ese rito y ya siendo casi mediodía, ocurrió que César no llegó a la plaza. Evelina lo había estado buscando desde temprano con la mirada pero sin encontrarlo. Ni rastros de la mesita ni de César ni sus pases mágicos. Varios hombres reunidos hablaban entre ellos y parecían esperarlo convencidos de que ese día la suerte no les sería una vez más esquiva. Pero nunca apareció. Cuando ya Evelina se estaba resignando a no verlo nunca más, un payaso deslucido que había estado desde temprano haciendo figuras con globos, se le arrimó de costado con disimulo y le preguntó si no pensaba saludarlo. “¡Virgencita de Copacabana! –exclamó la muchacha dando un salto hacia atrás-. ¿Eres vos César..?”, le preguntó para cerciorarse. “No me nombres…, -le pidió él en voz muy baja-. No ves que estoy de incógnito? -le explicó sonriendo-. Quisiera hablarte…pero en otro lado… ¿Podemos encontrarnos esta noche en el río?”. “No”, contestó inmediatamente ella, y lo repitió varias veces para que a él le quedara claro, y agregó: “¿para qué?”. “¿Y si nos vamos juntos, Evelina?”, le propuso César con naturalidad. “¿Adónde?” quiso saber ella. Entonces César le dijo que no sabía, que a Buenos Aires, o tal vez a Paraguay, que no lo tenía decidido aún. Evelina lo escuchó atentamente y sin que nada hiciera preverlo después de su terminante negativa, se escuchó decirle que sí, que se iba con él. “Bueno, -siguió diciendo él-, entonces espérame mañana como a las cuatro a la orilla del río. Voy a pasar en una canoa y te venís conmigo”. “Pero… ¿y tu trabajo?”, le preguntó entonces la muchacha. “¿Qué trabajo? –preguntó César- ¡Ah..! -siguió diciendo-. ¿Los vasitos? Lo dejo”, respondió él con naturalidad. Evelina aprovechó ese breve diálogo para mirarlo mejor. Era alto, con un hermoso cuerpo y la piel tostada suavemente por el sol. Ya lo había observado muy bien ella durante la semana mientras engañaba a los parroquianos, siempre desde lejos, porque no se había acercado más a la mesita después de la pelea que se había armado la primera vez. Le llamó la atención el vello castaño que cubría sus brazos porque los hombres que conocía de su familia o algunos desarrapados del pueblo que solían andar con la camisa abierta eran prácticamente lampiños. Tenía además esa manera suya de hablar, quizá demasiado rápida para sus oídos, con una cadencia particular al terminar cada frase, que hacía que las palabras sonaran distintas, nuevas y dulces al mismo tiempo. Claro que le había atraído a Evelina ese hombre, pero también le había parecido bastante chinchi, demasiado inmaduro para su edad, y sin duda un poco raro; aparecido de pronto, así como así, en ese pueblo donde nunca pasaba nada. ¿Qué había venido a buscar? O mejor dicho, a llevarse… Pero, en verdad, pensándolo bien, no era eso lo importante. Lo importante era irse de allí, se dijo a sí misma Evelina, y pronto. Antes de morirse de pena. Eso es lo que estaba repasando en su cabeza aún sentadita en su silla de paja cuando aguzando la vista comienza a divisar a lo lejos, como un punto negro que va tomando forma de a poquito, una inconfundible canoa en la que sin dificultad puede distinguirse la contundente figura de César moviendo los remos sin demasiada destreza pero con fuerza y sostenidamente, y después su cuerpo entero, ya parado en la frágil barcaza, con las piernas abiertas para lograr el mínimo equilibrio que le permite levantar el brazo derecho a modo de saludo triunfal e iluminar entonces su rostro con una sonrisa leve, suave, eterna, que Evelina recién empieza a conocer.

Fin

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Este cuento resultó finalista en el Concurso Literario de UTEDYC (diciembre 2009).

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