Las fiestas, nuestra fiesta. Reflexión sobre nuestra actitud sobre las fiestas de fin de año

Las fiestas, nuestra fiesta. Julio César Vergara. Consultor Psicológico. Reflexión sobre nuestra actitud sobre las fiestas de fin de año.

No es casual que frente a la llegada de las tradicionales fiestas de fin de año, muchos de nosotros sintamos cierta perturbación anímica que nos resulta inexplicable.

Por lo general se da con mayor frecuencia en personas que ya han dejado atrás la juventud y están entrando en la madurez o definitivamente en ella. Por supuesto que encontramos casos en gente muy joven, pero esos casos serán motivo de otro análisis. Hoy sin embargo quiero dirigirme específicamente a aquellos que como yo, hemos doblado el codo de la vida y tenemos muchas “fiestas” encima.

¿Cuál es el mecanismo que hace de las ¨fiestas¨ ese lugar tan deseado y tan temido al mismo tiempo? Es curioso como a medida que avanza el año es como si una fuerza incontrolable nos impulsara a adelantarnos en el almanaque para clavar la vista en esas dos semanas con los días pintados de rojo.

– ¿Cuándo caen las fiestas este año? Una pregunta que irremediablemente o hicimos alguna vez o contestamos alguna otra. Seguramente no difiere demasiado saber exactamente el día preciso, salvo para aquellos que tienen planes de irse a algún lado o preparan algo especial.

Sin embargo, estamos pendientes de la fecha cada año. Con una ansiedad a veces disimulada y otras no tanto. Es que las “fiestas” se han instalado en nuestras vidas de una manera que va más allá del calendario.

Las “fiestas” son “nuestras” fiestas. Son Las Fiestas que hemos vivido a lo largo de nuestra vida. Y en especial de nuestra infancia y adolescencia. Todas las que vienen después son una excusa para intentar, muchas veces sin éxito, revivir aquellas otras. Ahora con otras presencias, con otras inquietudes.

En la consulta, Las Fiestas aparecen primero tímidamente y luego como mayor intensidad a medida que se acercan las fechas. Cada consultante trae a la entrevista su “fiesta” y la manera en que la vive. A primera vista aparecen los lugares comunes. Dónde la pasamos, qué comemos, los pequeños o grandes conflictos familiares que se generan a la hora de juntarse. Las ausencias. Las antiguas y las nuevas.

Cada una con su carga de dolor o de nostalgia. Pero siempre presentes. Suelo preguntar a mis consultantes: – ¿Y… qué espera de estas fiestas? Y casi sin distinción de edad, de credo, de posición social o status, el interrogante pone un instante de vacilación en los ojos del otro.

Curiosamente a pesar que la pregunta apunta al futuro (¿Qué espera de estas fiestas?), es una constante que note como buscan en el pasado la respuesta. Y se pongan a recordar. Puedo ver como un ramalazo los sacude y los lleva a aquel otro tiempo.

A aquellas otras fiestas, donde seguramente quedaron marcados a fuego en la memoria esos momentos de algarabía, de cierto caos, con mesas armadas con distintos tipos de vajilla para que alcance para todos. Con el encargado del hielo (antes en barra ahora en bolsas con cubitos).

De parientes lejanos que invadían la casa por unas horas o unos días y un frenético ir y venir de la dueña de casa, sacando el mantel de hilo para lavarlo de apuro y quitarle el color amarrillo acumulado en 365 días de inactividad. El encargado de las bebidas y de los sándwiches. Los más jóvenes ayudando con la ensalada de frutas y ensuciando la cocina ante la mirada resignada de la abuela que querría hacerlo todo ella. Como antes.

Los colchones en el piso, la distribución de ventiladores y espirales, las almohadas que nunca alcanzaban y la construcción de algunas artesanales con almohadones viejos o frazadas cubiertas con sábanas. – Una noche se pasa como se quiere -, era la frase mas escuchada. La promesa de una sobremesa que esquive la política y el fútbol. La pelea para que los más jóvenes se queden un rato para brindar con la familia aunque los amigos esperen en la puerta para ir todos juntos a alguna casa donde hay baile.

Los varones fumando en el patio y las mujeres hablando todas juntas en la cocina mientras ponen un poco de orden, porque mañana hay que seguir el festejo con los ravioles o el asado. Los estallidos de la calle que parece que van a destrozar los vidrios y el ladrido desesperado de los perros asustados que no entienden nada de petardos ni bengalas y buscan el amparo que da la seguridad de meterse debajo de la cama.

Rápido que ya van a dar las doce y no cortamos el turrón, ni pelamos las nueces. La sidra que hace su entrada triunfal como cada año, todavía dueña y señora de la mesa de fin de año antes de la llegada masiva del champagne y los vasos que vuelven de la cocina, todavía mojados y listos para recibirla.

El pan dulce y su particular manera de dividir los bandos. Los que lo comen todo, los que le sacan las pasas de uva, los que solo comen las frutas abrillantadas, y el perro agradecido que entre petardo y petardo se anima a asomar la cabeza y saborear lo que los otros no quieren.

El olor del café inunda la casa y ya se acerca la hora en que los mas grandes son puro bostezo mal disimulado. La dueña de casa que no paró en todo el día se sienta finalmente a la mesa y se sirve algo para tomar mientras busca algo para comer y alguien le alcanza un plato raquítico de sándwiches de miga con las puntas ya mirando para arriba, un poco secos. Algún vestido nuevo manchado, alguna promesa de amor eterno murmurado entre las sirenas y la radio a todo volumen contando los segundos que faltan para lo que está por venir.

El abrazo sincero de aquellos que dejan por un lado la hostilidad y los reproches para ser parte de ese festejo maravilloso que cada año se presenta como una oportunidad de ser mejores, de cambiar algo, de seguir adelante pese a todo. Las fiestas. Por lo menos así se aparecen en mi memoria.

Y supongo que algo similar pasa en muchos de ustedes. Y claro, si me hago la misma pregunta que hice al principio: – ¿Qué espero de estas “fiestas”? -, seguramente que no pueda sustraerme a ese recuerdo. Pero no me quedo ahí. Precisamente esos recuerdos sean el trampolín ideal para saltar al presente y caer bien parado. Nosotros, los que peinamos canas, tenemos la fortuna de festejar por partida doble. Festejar por un lado el mágico recuerdo de aquellos días y por el otro la posibilidad de continuar el festejo por estos días.

Y eso es lo que les digo a mis consultantes. Que lo importante es tener un buen lugar desde donde salir disparado. Que sus hijos y sus nietos también merecen algo así. Que no podemos darnos el lujo de quitarles la experiencia maravillosa que hemos vivido nosotros. Y de eso se trata.

Nuestras fiestas deben ser el espejo donde mirarnos y ese espejo está adelante. Miramos para adelante porque tenemos justamente el auxilio de la memoria, de lo vivido. De haber tenido la suerte de guardar tantos recuerdos que forman nuestra historia. Hagamos a nuestros jóvenes y a nosotros mismos el regalo de unas fiestas dignas de ser recordadas.

Que para reírse un rato con los chistes tontos de un primo, o saborear un pedazo de pan dulce de dudosa calidad no hace falta ser joven. Ni tener mucho dinero. Para levantar el vaso a las doce de la noche, solo es necesario recordar que estas fiestas serán el recuerdo de los que vienen.

¿Y qué mejor futuro que ser parte de un buen recuerdo?

Ahí, me olvidaba. Felices Fiestas. Pero Felices, eh.

www.consultoriapsico.com.ar

Informes: 155 845 2142

Puedes seguir leyendo: Cuentos infantiles

Atención Zona Sur G.B.A. Argentina

Imprimir Imprimir

Comentarios

[fbcomments width="450" count="off" num="3" countmsg="maravillosos comentarios!"]