Ayer abracé a mi padre
apoyando mi oído en su pecho.
Escuchando, atentamente,
el corcel que galopaba en su campo
en los verdes prados que había sembrado.

En su abrazo
vi su tibieza y sus temblores
del mundo que había elegido,
cuando en mis cortos años
el vio como mi paraíso.

Suavemente, apartando mi abrazo
vi sus ojos de espejo.

Ahora, mi alegría es duradera, me dije,
porque en su abrazo
sentí el mundo en mis manos.
Viendo pasar el tiempo
de las realidades pasajeras
de nuestra existencia.

Fin

Poesía sobre la vida sugerida para jóvenes y adultos.

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