El día que no le escribo a mi padre
es como estar muerta.
Es no sentir el torrente
que corre por mis venas.
Por eso, cada carta que le llega,
me responde
sin reproches, sin órdenes.
Leyéndolas, una a una,
se me han juntado miles
encontrando el amor que me tiene
en sus letras traversas.
Por eso, es un hábito
escribirle a Dios Santo
porque me alivia
sin reproches, sin órdenes
que me cansen.
Fin
Poesía sugerida para jóvenes y adultos.

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