Mamás de hoy: el miedo maternal


Mamás de hoy: el miedo maternal

Mamás de hoy: el miedo maternal – Día de la Madre.

Las épocas pasadas encontraron humanos que no se cuestionaban su rol como papás. Ante todo era natural ser padre.

Era «el» objetivo casi único de la vida, y hacer fortuna el otro, para heredarla a los hijos. Con la aparición de las terapias del autoconocimiento y el advenimiento de la conciencia sobre otras formas de sentirse realizado de manera personal, el paternazgo entró en crisis.

¿Hace falta ser padre? ¿Qué significa serlo para el individuo que lo decide? ¿Qué cambios involucra? ¿Qué pasa si se decide no serlo? Todos estos cuestionamientos comenzaron a aparecer y florecieron en una sociedad cada vez más hedonista, que elige el «yo» por sobre otras alternativas.

Ser padres claramente significa correrse del eje de protagonismo absoluto de la propia vida. No es fácil asumir esa posición donde, además de bendecir con alabanzas el hecho de procrear, la sociedad espera de sus integrantes que sigan siendo bellos, profesionales exitosos y consumidores continuos.

¿Cómo asumir, entonces, este desplazamiento del eje personal sin abandonar lo que se espera de uno como individuo? Los padres del siglo XXI, en lo personal, enfrentan el dilema nunca antes expuesto tan frontalmente como ahora de la realización. Entendiendo como tal la síntesis de poder ser como solteros, pero con hijos. Las demandas laborales, las expectativas monetarias y el síndrome de la eterna juventud, junto a cuestiones como la riqueza social y/cultural afectan directamente el rol de padres.

Tanta demanda individual repercute de manera inexorable en aspectos privados como la pareja y la paternidad. La maternidad -claro barómetro de estos tiempos- merced al aporte de la ciencia, pero también a costa de las presiones y los logros personales, se posterga al menos una década en relación a las generaciones anteriores.

Cuando los posibles padres, entonces, evalúan la posibilidad de serlo, asumen una serie de preocupaciones que estuvieron veladas por décadas, pero que la capacidad de hoy para hablar libremente de ciertos temas expone con naturalidad. La pérdida de espacio propio, el miedo a ser subsumidos por las necesidades del niño, el temor al cambio, el shock en la pareja, las demandas económicas… son algunas de las muchas cuestiones que entran en debate. Ser padres produce miedo.

Y, en primera instancia, es correcto. En tanto no sea paralizante, está bien. El miedo, como primera aproximación, debería ser la puerta para sentarnos a evaluar qué nos pasa. Decididamente sería recomendable dar rienda suelta a los adultos a que elijan sin presiones criar o no criar. Es tiempo de sacarnos caretas retrógradas que se escudan en la paternidad como fuente de felicidad única y definitiva. Tener hijos no es sinónimo de ser feliz. Como no lo es ser rico, tener una carrera, irse a vivir al Himalaya o comer todo lo que queremos sin sufrir de colesterol.

Casi chistosamente tratamos de relativizar el tema, puesto que el primer gran «cuco» que enfrentan los posibles padres es el de pensar que juegan todas sus fichas como individuos a ese proyecto de procrear. La descendencia podrá hacernos más o menos felices de acuerdo a las diferentes decisiones que abordemos en el plano paterno, pero también en todo el resto de aspectos de nuestras vidas.

Quitar ese peso soberano que vincula la utópica felicidad con procrear es el primer paso para liberar el temor irracional. Un individuo debería tomar el camino de la paternidad con conciencia del hecho. Decidiendo que quiere hacerlo y conociendo medianamente las implicancias de la decisión. La fórmula alocada de ya tengo casa, me compré el auto, tengo una carrera… ¿qué me falta? ¡Ah, un hijo!, no es el modo.

Eso será probable senda hacia la infelicidad. Un niño no viene a llenar ningún vacío. Juntos -padre/s y el niño- iniciarán una nueva etapa. Me gusta llamarla aventura, con momentos muy difíciles, tristes, imprevisibles, inmanejables, gloriosos, de terror, de angustia, de amistad, de rebeldía, de enojos, de crecimiento para ambas partes. Ese vínculo es un precipicio que atemoriza, claro.

Pero con un miedo diferente a «miedo malo», es como el temor de andar sobre una cuerda floja siendo equilibrista… con cosquillas en la panza de un cúmulo de sensaciones combinadas y enfrentadas, buenas y malas todas al mismo tiempo. Sentimientos que se transforman en una pelea de catch con muchos contrincantes de todos los bandos al mismo tiempo en el cuadrilátero. Temor, entonces, bienvenido para darnos la oportunidad de reflexionar antes de accionar. Actuar con miedo es la llave del fracaso.

Tomemos decisiones adultas, porque ser padres significa eso: ser adultos asumiendo responsabilidades. Decenas de personas han encarado la procreación sin pensarlo demasiado o asumiendo que «si todos pueden…» Cierto es que esta irreflexión produce consecuencias.

Independientemente de la edad, estos padres por inercia, son inmaduros. Si no les es posible ver que las riendas de la historia están en sus manos y que ellos son los que imponen la ruta, están dejando un espacio vacante que alguien tomará: los niños o el caos. Concluyamos, entonces, que la imposición de normas o límites en la crianza está directamente vinculada a la capacidad adulta de asumir la responsabilidad que le atañe a quien debe colocarlos.

Las exigencias del rol «Tener un hijo, lo tiene cualquiera»… «Padre es el que lo cría»… Frases recurrentes que pintan desde el saber popular una cuestión básica de procrear. No se trata de una cuestión biológica. La naturaleza -con más o menos dificultades- ha dotado al humano para tener descendencia, pero el parir ¿es ser padre? Muchos coinciden hoy en que la tarea empieza en ese momento y que el parto es más bien un hecho natural que socializante.

En esencia todos reconocemos lo que un padre debe ser para su prole: cobijo, seguridad, afecto, contención, alimento, vivienda, entorno saludable, educación formal y socialización. La posibilidad real de llevar adelante todos esos ítems va de la mano de una serie de exigencias que se le imponen al progenitor desde el mismo momento de la llegada del pequeño. No hay posibilidad de mucha preparación previa en demasía, sí previsión, pero lo que suceda será todo inimaginable. Ni excesivamente malo, ni terriblemente bueno… diferente a cualquier plan que se pueda prever.

La flexibilidad ha de ser una de las cualidades que los padres deben aprender a manejar para reducir su nivel de estrés a la hora de no poder controlar los sucesos que acontezcan. Dicha cualidad debe ser concebida como la capacidad de adaptación a los hechos, como la posibilidad de dejarse llevar por la marea sin perder estabilidad. El padre deberá siempre conservar una especie de control marco: dentro de estos niveles los hechos podrán variar y él deberá sentirse relajado dentro de ese esquema.

Por ejemplo: el niño puede que no quiera comer un día porque se encaprichó en que cierto plato no le agrada. Y uno podrá tolerar que el pequeño se vaya a la cama sin cenar. Lo esperable dentro del esquema marco es que, más allá de su tozudez, cuando tenga hambre, comerá. Aquello que supere ese esquema en líneas generales no puede ser tolerable. De modo que la adaptabilidad que puede esperarse ante cada acto controlará «el borde» general de los hechos.

Una sabia combinación de situaciones base aceptables y adaptabilidad para jugar con ellas, es una de las primeras exigencias que el rol de padres impondrá desde el comienzo. Precisamente una de las quejas más escuchadas de los primerizos es la demanda extrema que perciben.

Por un lado es razonablemente normal: todo lo que conocían acaba de cambiar. Pero también se vincula con una ambivalencia que permanece en los padres, en ocasiones, por mucho tiempo. Su existir previo era organizable sin estar sometido a un universo de variables interrelacionadas.

En cambio, la llegada del niño pone en juego la capacidad de adaptabilidad frente a la imprevisión de otro -el niño- y de todo el entorno nuevo que acomete. En esa experiencia los padres se exponen a una ambivalencia permanente: intención de rigidez para conservar el status quo por un lado, y el exceso de «dejar que suceda», por el otro. La primera es una instancia estresante en extremo porque nunca se cumplirán las expectativas planeadas.

La segunda es tan difícil como la primera porque las circunstancias se transforman en decisores de la propia realidad. Algunos adultos balancean su paternidad entre ambos extremos todo el tiempo, otros se aferran a la rigidez frustrándose de forma creciente, hay quienes se pasan al extremo opuesto suponiendo que es la solución que necesitan, prefieren que el caos los domine, instancia que suele terminar en depresión o desasosiego por la carencia de objetivos propios como padres o como individuos.

Pocos son los que logran definir a conciencia el equilibrio que desean sostener para ejercer su rol. La mayor exigencia, en este tema, se da en torno a definir el tipo de padre que se quiere y puede ser. La combinatoria es clave. Lo aspiracional de parte del «quiere» y lo concreto del lado del «puede».

Es complejo encontrar una medida personal que satisfaga ambas condiciones y que, a la vez, se mantenga en el tiempo. El rol de padre decididamente exige mucho de uno: del propio tiempo, de los espacios personales/profesionales, de ser consecuente con las decisiones que se toman, de pensar en temas sobre los que uno nunca se cuestionó antes…

Pero también cuán liviana pueda tornarse la tarea, se vincula a la posibilidad de lograr objetivos en dichos espacios y de tomar caminos que se quieran sostener. Digamos, para clarificar, que una madre nueva relegará espacios propios para cederlos a la crianza o cubrirá ciertos ámbitos que no pueda delegar con una estructura que la acompañe. Pero, a la vez, su capacidad de conservar espacios que no ceda y disfrutar de ellos la hará una mujer más aliviada en el rol de mamá.

Del lado de la toma de decisiones en la configuración del rol y sus niveles de exigencia se instalan los límites y el estilo de crianza. Los padres de hoy andan navegando entre las altísimas expectativas respecto de sus hijos y la incapacidad absoluta -en energía o en intenciones- de sostener los límites que lleven a cumplir dichos parámetros. Las aspiraciones futuras respecto de la prole están ligadas con estrechez a la formación que se le haya brindado al niño.

Aún un padre que sueña con un hijo extremadamente libre de adulto, debió construir con barreras esa libertad anhelada durante el crecimiento. Así, entonces, como definimos que una de las situaciones de exigencia está dada por la flexibilidad o no a adaptar las expectativas a los sucesos, la segunda situación que demanda sobre el rol de padre es sostener con conciencia los principios que se han elegido para criar.

Los límites son las columnas del templo de la crianza. El niño se encargará de patearlas a diario esperando ver qué tan sólidas son. Sus golpes irán cambiando en estilo y fuerza con su crecimiento, pero será constante en el intento hasta adulto. El padre es el arquitecto del templo que se encarga de mantener en pie esas columnas para que transiten la agresión de manera inalterable.

Por Flavia Tomaello, autora de «Qué animales somos como padres», ed. Grijalbo.

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