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Luna y el puma Yaguá 🐆 La leyenda del puma versionada para niños.

Hace muchos años, en la selva misionera, vivía una niña llamada Luna. Un día, encontró un pequeño puma solitario y hambriento. Aunque sus padres estaban preocupados, la niña convenció a su familia para cuidar del puma, al que llamó Yaguá (palabra de origen guaraní que significa "perro" o "animal"). Luna y el puma Yaguá se hicieron inseparables, compartiendo aventuras y protegiéndose mutuamente. Su amistad se volvió legendaria en la aldea, con Yaguá siempre vigilando y protegiendo a su gente. Pero cuando unos enemigos decidieron robar sus cultivos, la valiente amistad entre la niña y el puma enfrentó su mayor desafío. ¡Descubre cuál fue el desenlace de esta hermosa historia de amistad y valentía!

Luna y Yaguá

Luna y el puma Yaguá - Leyenda versionada para niños

Cuenta una leyenda que hace muchos años, una hermosa niña llamada Luna caminaba por la selva misionera, cuando encontró a un cachorrito de puma llorando.

El pobre estaba solito y se notaba que tenía mucha hambre.

Le pareció tan bonito e indefenso que lo tomó en sus brazos y lo llevó a su choza. Grande fue la sorpresa de sus papás cuando la vieron llegar con el cachorro en brazos

Hija, ¿qué haces con un puma en los brazos? —preguntó preocupado su papá.

No puede quedarse aquí, es peligroso —agregó su mamá.

Luna y Yaguá el puma en brazos

El pequeño puma miró a la niña y la niña a él, Luna ya se había encariñado con el cachorro y suplicó a sus papás que lo dejaran quedarse.

No muy convencidos, los padres accedieron, con la condición de vigilar día y noche al pequeño animal.

Luna y Yaguá, así llamó al pumita, se convirtieron en amigos inseparables. Donde iba la niña, iba Yaguá. Al poco tiempo, todos los demás indios también se habían encariñado con el pumita que creció feliz en medio de la selva y los bosques.

Yaguá dormía siempre junto a la choza de Luna, velando el sueño de su amiguita. Una noche, unos indios enemigos decidieron atacar la aldea de Luna para robar sus cultivos: maíz, mandioca, batata y zapallo.

Yaguá los escuchó antes que nadie y comenzó a rugir de tal modo que asustó a los ladrones, que huyeron sin poder robar ni un solo zapallo.

Todos agradecieron al puma que los había salvado del peligro y desde ese día, el puma Yaguá se convirtió en algo parecido al ángel guardián de todos los guaraníes. Acompañaba a las mujeres a juntar frutos en medio de la selva, a los niños los cuidaba en el río y a los hombres a cazar. Todos se sentían protegidos por Yaguá, y el puma se sentía feliz de cuidar a su gente y a su aldea.

Los indios ladrones sabían que, con el puma protegiendo a la tribu, les sería imposible obtener los cultivos que deseaban.

Entonces, decidieron ir por él.

Si nos llevamos al puma, podremos luego robar tranquilos —dijo el cacique de la tribu enemiga.

¡No es lo mismo robar un maíz que un puma! —se quejó otro.

Ya veremos, algo se nos va a ocurrir.

Y algo se les ocurrió: sabían que Luna era lo más importante para Yaguá, entonces decidieron volver por ella, de ese modo el puma iría a buscarla y lo atraparían.

Otra noche volvieron dispuestos a llevarse a la niña, pero una vez más, Yaguá la defendió con todas sus fuerzas. Dicen que sus rugidos se escucharon hasta las estrellas más lejanas y una vez más, los indios ladrones huyeron vencidos.

Sin embargo, el valiente puma sabía que volverían a intentarlo. Los cultivos de su tribu eran ricos y abundantes.

Entonces, tomó una triste decisión, por amor a su amiga y a su comunidad.

Debo ir con ellos, de ese modo los vigilaré de cerca y nada le ocurrirá a Luna y a mi gente.

La tribu enemiga vivía del otro lado del río, pero al valiente y agradecido puma no le importó.

Se acercó a su amiga, dejó que ella lo acariciara con dulzura y con sus expresivos ojos intentó explicarle su decisión.

La miró, luego fijó su vista en los cultivos y por último miró del otro lado del río y Luna, con lágrimas en sus ojitos, comprendió lo que su fiel amigo le estaba queriendo decir.

Lo acompañó hasta la orilla del río, le dio un dulce beso, Yaguá rugió como nunca antes a modo de despedida. Luna vio como su amigo se internaba en las aguas para protegerlos a todos del peligro.

Te extrañaré amigo querido —dijo llorando la pequeña Luna.

Yaguá siguió nadando, pero tal vez como una forma de no abandonar del todo a su amada amiga, el color de su pelaje fue tiñendo las aguas.

Desde ese día, Luna y todos los demás indios miran el río, sabiendo que en cada gotita de agua, hay un poquito de Yaguá. Nadie volvió a verlo, pero el valiente y agradecido puma vivió por siempre en sus corazones y en las aguas del río.

Fin.

Luna y el puma Yaguá es un cuento enviado por la escritora Liana Castello para publicar en EnCuentos.

Sobre Liana Castello

Luego de la versión de la leyenda que nos regaló Liana Castello, a continuación, una versión más clásica de la misma leyenda, en este caso con el título "El puma Yaguá".

El puma Yagüá

El puma Yaguá y la niña Luna en el monte

Cuenta un relato guaraní que un cachorro de puma, que había quedado huérfano porque unos cazadores aborígenes asesinaron a sus padres, fue criado a escondidas por Luna, la hija del jefe de la tribu Chichiguay. Con el tiempo, este cachorro creció y se convirtió en un majestuoso animal. Ya no era posible ocultarlo y pasó a formar parte de toda la comunidad.

La relación entre el puma y la princesa se fue convirtiendo en algo tan estrecho que, donde iba ella, él la acompañaba y cuidaba de los posibles peligros. Compartían los juegos y descansos. El puma, como excelente cazador, proveía la mayor parte de los alimentos que se consumían en la aldea Chichiguay.

Cuando una tribu vecina y enemiga ancestral, los Queraguay, resolvió atacarlos por sorpresa durante la noche, Luna, al igual que los demás, estaba entregada al descanso pero fue despertada por el felino, que emitía enormes y aterradores rugidos.

Para cuando los guerreros Chichiguay tomaron sus armas y se prestaron a dar batalla contra los invasores, el puma ya había atacado y puesto en fuga a la mayor parte de ellos. El resto, con el temor del ataque producido por ese gran gato, fue tomado prisionero o muerto por los defensores.

Pasado el tiempo, "Yagüá", como se lo había bautizado, ocupó un lugar preponderante en la aldea. Los niños jugaban con él. Las mujeres podían ir tranquilas al interior de la selva a recoger los frutos que eran parte de su dieta, porque eran custodiadas siempre por Yagüá. Ni la poderosa anaconda se animaba a molestar a algún integrante de la comunidad Chichiguay.

Los Queraguay, que habían escapado en esa última batalla, unieron sus fuerzas con sus otros ancestrales enemigos: los Quitiguay. Estos últimos, aunque siempre fueron neutrales entre las contiendas Chichiguay-Queraguay, formaron parte de esa alianza y atacaron en conjunto a los Chichiguay.

Sabían de antemano que el arma más poderosa que disponían los Chichiguay era Yagüá. La estrategia que debían utilizar era, fundamentalmente, matar al puma.

Nuevamente, con la traicionera cobertura de las sombras nocturnas, los guerreros Queraguay y sus aliados Quitiguay atacaron la aldea Chichiguay. Yagüá, como siempre, estaba en una sigilosa vigilancia de la aldea. Los atacantes se dirigieron en dos grupos fuertemente armados: unos a la choza de la princesa Luna, a la que tomaron y quisieron llevar prisionera, y los otros formaron una barrera de lanzas y flechas entre Yagüá y la princesita.

El puma atacó valientemente a los secuestradores de su amiga. Destrozó con sus grandes y afiladas garras los cuerpos de sus enemigos. Trituró con sus enormes colmillos muchos cuellos y cabezas.

Pero en el fragor de la lucha, fue lanceado muchas veces por los atacantes. Las flechas colgaban a montones de su esbelto y fornido cuerpo. Los dardos, embebidos en "curaré", que le fueron arrojados, comenzaban a hacer su efecto. En un último esfuerzo, Yagüá destrozó al último de los enemigos. La princesa Luna había sido salvada.

Herido y moribundo, el puma se despidió de Luna y de los demás integrantes de la tribu Chichiguay con un enorme rugido. En él, expresaba a todos los integrantes de la selva, tanto humanos como animales, que debían respetar para siempre a la comunidad Chichiguay.

Se dirigió al río acompañado por Luna, se despidió en la orilla de ella y penetró en las aguas.

Dice la leyenda que, en honor a tan valeroso puma, esas transparentes aguas se convirtieron del color de su majestuosa piel. Hoy el río es "del color del León", conocido como el Río de la Plata. Mirándolo, siempre recordaremos a Yagüá… "el inmortal".

Fin.

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