Del águila y del león (México prehispánico)


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Del águila y del león (México prehispánico). Leyendas infantiles de México creada por la escritora Raquel Eugenia Roldán de la Fuente para niños a partir de diez años.

-Abuelo, por favor, ¡cuéntame otra vez la historia!

El anciano miró al niño con rostro severo. Detrás de esa severidad, que no era pretendida sino bien real, se escondía un corazón paternal y el niño lo sabía.

-¿Cuál historia, hijo?

-La que me contaste la otra vez, abuelo. La de los hombres que llegaron.

-Pero hijo, si ya te la sabes de memoria…

-Sí, abuelo, pero tú mismo me dijiste que debo conocerla bien para platicarla a mis hijos y a mis nietos, y que ellos la platiquen a sus hijos y a sus nietos, así como a ti te la contaron tu padre y tu abuelo -argumentó el muchacho.

Sonrió el viejo ante la vivacidad del nieto, que encontraba buenas razones para insistir y conseguir lo que deseaba. Terminó de acomodar las varas con las que al siguiente día reanudaría su labor, y tomando de la mano a Xayácatl, su nieto, se dirigió con él al interior de la choza, donde se sentaron ambos en el suelo, sobre un petate. Entonces comenzó a relatarle la historia que había escuchado a su padre y a su abuelo, y que se venía narrando de generación en generación desde mucho tiempo atrás.

Una vereda entre bosques. Un riachuelo que va susurrando secretos a las peñas… Flor y canto. Una mujer, vestida de blanco, duerme el sueño eterno bajo la mirada del centinela fiel. Y arriba el cielo azul intenso, apenas empañado por una que otra nube.

El vuelo majestuoso de un águila. Se sabe la dueña y señora de los aires, pues con su presencia todo ser alado abandona sus dominios. Con sus penetrantes ojos va mirando hacia abajo, a lo lejos; busca el alimento para sus polluelos. Allá abajo, un espejo de agua refleja el azul del cielo y también la imagen del ave planeando solitaria. De pronto parece perder su parsimonia, pero no su majestad, y se deja ir decidida sobre un peñón en el centro del lago. Hay ahí algunas plantas, entre ellas un gran nopal lleno de tunas rojas, como gotas de sangre. Entre las raíces se desliza una alimaña, que siente demasiado tarde la cercanía del ave hambrienta; apenas comienza un movimiento con la intención de huir cuando ya es presa del ave rapaz. Es grande y fuerte la serpiente, y el águila debe forcejear unos momentos. Aletea, sujeta a su presa con el pico y una pata, mientras con la otra pata se sostiene.

No remonta de inmediato el vuelo, sino que se detiene sobre el nopal a despedazar al reptil para, al llegar al nido allá en la altura, poder alimentar a sus crías.

No es consciente el ave de lo que ocurre a su alrededor. Un grupo de hombres, bastante numeroso, se ha congregado junto al lago. La miran asombrados y apenas un murmullo se oye salir de sus gargantas. En sus semblantes fatigados puede leerse, a la vez, la satisfacción y la esperanza. Como si dijeran, sin decirlo, “¡Al fin!”.

Por último, los hombres de maíz y de cantos y de flores, los hombres de piel de cobre, comenzaron a llorar y se inclinaron delante del ave, que en ese momento alzó la vista y también hizo ceremonias a los hombres.

No es sólo al asombro, sin embargo, a lo que el anciano atribuye el casi silencio de los hombres.

-Como te hemos dicho, no es cosa de gritar y hacer aspavientos, hay que ser mesurados tanto si estamos tristes como si estamos gustosos.

-Sí, abuelo –respondió Xayácatl, bebiendo las palabras del viejo.

Esa tierra era suya. Así se lo había prometido Huitzilopochtli por boca de Cuauhtloquezqui. En ese islote había sido arrojado el corazón de Cópil y de él nació el tunal, donde debía pararse el águila, símbolo del sol, a devorar a la serpiente. Y esa era la señal que buscaban para establecerse y formar una gran nación, reina de todas las demás de aquella tierra.

Pero en la región había otros pueblos que podían argüir, por su antigüedad, mejores derechos sobre ese territorio. Estaban los de Atzcapotzalco, y los de Tetzcoco y los de Culhuacán, y algunos otros.

-¿Qué crees que hicieron? -preguntó el viejo al niño-. ¿Tú qué hubieras hecho?

-Yo me hubiera ido con mi escudo y con mis armas -dijo el chiquillo, alzando orgulloso la cabeza-, y con mis mejores hombres, a matar a los que se opusieran a que yo tomara lo mío.

En la voz Xayácatl se dejaba ver el entusiasmo propio de su edad, pero el abuelo le respondió:

-Pues esos hombres eran sabios y no fue eso lo que hicieron. Debemos aprender de ellos.

-¿Qué fue lo que hicieron, abuelo? Eso no me lo has contado.

Se reunieron en concejo y así fue como decidieron. Cogieron pescado y ranas de allí mismo, y otros animales del lago y de sus orillas, y con ellos se fueron donde los otros pueblos a comprarles piedra y madera para hacer sus casas, como dueños de las tierras a donde habían llegado, sin preguntar a nadie. Consiguieron los materiales y con ellos hicieron planchas y cimientos encima del agua, y sobre éstos trazaron su ciudad.

Y luego, con el tiempo, fueron haciendo alianzas a su conveniencia, conquistando a todos los pueblos de su alrededor, y formaron la Hueytlatocáyotl o Gran Alianza, hasta llegar a ser el pueblo fuerte y poderoso que es hoy, al que sus enemigos temen, al que respetan. Pero fíjate como lo lograron, con paciencia y sabiduría.

El muchacho apenas respiraba, oyendo al abuelo narrar la historia de la fundación de la ciudad y sus barrios; la rebelión de algunos señores que se separaron y la forma como se concertaron alianzas con los pueblos de los alrededores para hacerse fuertes.

-“Mira que no vienes a descansar, sino que tu carga va a ser muy pesada”, dijeron a su rey cuando lo eligieron y lo trajeron a gobernar- explicó el anciano-. Así deben ser los reyes y soberanos, para que la nación que gobiernan sea grande.

Las horas habían transcurrido y estaba casi oscuro. Sin embargo, en la penumbra seguía escuchándose a lo lejos el rítmico sonido del teponaxtle, que enmarcaba las palabras del viejo haciéndolas más solemnes.

-Nuestro pueblo es el pueblo del Sol. Tenemos que combatir al lado de Tonatiuh para vencer a la noche, para vencer al mal.

No hacía frío, pero el viejo y el niño se estremecieron.

-Pero abuelo, el sacerdote dice que al final vencerá la noche…

-Aun así, debemos luchar junto al Sol porque somos su pueblo. Y cuando él sucumba moriremos con él, porque para eso venimos a la tierra- terminó la voz pausada del abuelo.
Xayácatl se quedó pensativo. Tenía sueño, pues ya era hora de dormir, pero había prometido a sus padres estar vigilante y cuidar del abuelo mientras ellos asistían a la ceremonia de culto a Tezcatlipoca. El anciano no podía ir, pues había que andar un buen trecho y él casi no podía caminar, por lo que decidieron que el chico se quedara a acompañarlo.

Cuando los últimos rayos del sol de la tarde entraron por la puerta de la choza, el niño cerró los ojos. Rodeados sus hombros por el enflaquecido brazo del abuelo lo venció el sueño. El anciano sonrió, indulgente. Xayácatl era aún muy niño y ya había permanecido despierto bastante más allá de la hora en que lo acostumbraba.

*****

-Abuelo, ¡cuéntame otra vez la historia de los hombres que llegaron! -pidió el chiquillo.
Xayácatl, con los cabellos blancos y la cara surcada de arrugas, miró a su nieto. La madre del pequeño había muerto de parto, cuando él nació, por lo que estaba en el reino de los muertos junto con los guerreros caídos en combate. Y el abuelo había tenido que ser padre y madre para ese niño del que nadie más cuidaba.

De los ojos de Xayácatl salió una lágrima de pesar, de impotencia y de melancolía. Miró al hijo de su hija, un muchacho menos moreno que él, de cabello castaño claro y ojos verdes, y lo abrazó enternecido.

No eran hombres… Eran dioses…

Mi abuelo fue de los primeros que murieron. A pesar de ser nosotros el pueblo del Sol, eran los enemigos los que tenían la piel y el cabello y los ojos luminosos, como el Sol.

No obstante los muchos años que habían pasado, y no obstante también que Xayácatl era ya casi tan viejo como su abuelo antes de que se fuera al reino de Mictlán, nunca olvidaría aquellas cosas.

Los caballeros tigre y los caballeros águila lucharon contra los recién llegados allende el mar, y lucharon fieramente a pesar de saber que iban a morir, pues estaba escrito que Quetzalcóatl volvería y vencería a Huitzilopochtli y el Sol perdería su reinado. Muchos fueron los que murieron y se convirtieron en colibríes, para gozar del aroma de las flores.
Xayácatl recordaba a la pequeña Yolitzin, su hermanita, llorando en brazos de su madre muerta.

Y su padre con el pecho deshecho por una piedra de las que salían de aquellos largos palos que vomitaban fuego, y los hombres dioses montados en los caballos.

Hasta mucho después supimos que se llamaban así y que eran animales. Al principio nos parecía que eran como parte de ellos mismos. Los dioses siempre llevaban una bandera, en la que había un océlotl amarillo y con una gran cabellera. A mí me intrigaba muchísimo esa figura y luego pregunté a uno de los frailes qué era, y me dijo que era “el león de Castilla”. No lo comprendí, pero se quedó en mi memoria hasta hoy, para que pudiera platicártelo.

Guardó silencio el anciano por unos momentos. Ante el recuerdo de aquellos terribles días, las palabras se atoraban como si no quisieran salir de su garganta. La viruela, enfermedad desconocida para los hombres de este lado, que trajeron los dioses para acabar con ellos y que los llenaba de llagas y calores. El joven Cuitláhuac, tan valiente, fue de los que murieron de esa manera por voluntad de los enviados de Quetzalcóatl. Y luego el sitio de la ciudad, tan cruel, tan devastador. Unos murieron por las armas de fuego, otros por enfermedad, por hambre, ahogados… Durante muchos días la ciudad se llenó de cadáveres, de pestilencia, de moscas. De muerte…

Quedamos unos cuantos. A los que éramos niños y no habíamos muerto no vieron el caso de matarnos y los frailes, que eran mejores que los otros, se dedicaron a enseñarnos cosas extrañas. Nos hablaron de un solo dios, de su madre, de su hijo.

Nos dijeron que no debíamos hacer sacrificios ni matar a nadie, porque eso ofendía a ese único dios que quería que todas las personas fueran como hermanos. Nunca entendí esto, pues ellos sí que llegaron dando muerte a muchos de los nuestros. No lo entendíamos, pero nos hicieron aceptarlo, y como los frailes sí nos trataban bien… era lo mejor que podíamos hacer.

Volvió a guardar silencio mientras Fernando, el pequeño mestizo, lo escuchaba respetuoso. De pronto el anciano se volvió a mirarlo y en su rostro, indígena y blanco a la vez, pudo ver como una revelación.

Pero no conseguirán acabarnos. Nuestra raza de cobre saldrá triunfante y logrará formar un pueblo grande, más grande aun que los mexicas habitantes del valle, y más grande también que los dioses que llegaron para acabar con ellos. Tomaremos de unos y de otros lo mejor, serán nuestro pedestal para subir y ser un pueblo más grande que ellos mismos, no podrán evitarlo.

Sucederá sin que lo puedan impedir, sin que se den cuenta… Y esta tierra del maíz, del maguey y de los volcanes, volverá a ser nuestra, de nuestros hijos y de nuestros nietos…

Fin

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