Un trío extraordinario

Ilustración de Maritza Álvarez

Un trío extraordinario. Historias infantiles de escritores de dinamarca.

Ilustración de Maritza Álvarez
Ilustración de Maritza Álvarez

En un país paradisíaco por su sorprendente naturaleza arrogante, ubicado
allá abajo donde termina el planeta, hay un valle verde como la esperanza
y la envidia.  En este valle hay una ciudad gigantezca rodeada por cordilleras
y montañas. Y en esta ciudad viven Juan, Pedro y su perro Rodrigo.

Juan y Pedro son dos niños de diez años de edad que viven junto a muchos
otros niños bajo el Puente Colo Colo a orillas de un río heladísimo del mismo
nombre. Sus padres murieron en una bestial guerra el siglo pasado y son por
supuesto pobres como una papa. Viven de limosnas y tachos de basura y
de las piruetas milagrosas de su perro Rodrigo.

Nadie sabe realmente de dónde apareció Rodrigo. Algunos dicen simplemente
que lo trajo una cigueña.

Otros, que lo creó el Pillán, dios de los indios mapuches, para ayudar
a Juan y Pedro en sus difíciles existencias. Pero el hecho es que Rodrigo es
un perro que ama a sus dueños por sobre todas las cosas del mundo y es
capáz de sorprender a los paseantes de las calles de La Ciudad del Valle con
sus actos de levitación, desapariciones y cantos.

Rodrigo y los niños se instalan todas las mañanas en el centro de la ciudad
y el perro canta las viejas canciones de Los Beatles con una voz profunda y bien entonada.
Y luego ante los ojos atónitos de los mirones, comienza a elevarse un par de
metros de la vereda y termina su acto simplemente desapareciendo… Y apareciendo
nuevamente para mover su cola y lamerle las manos y las caras a Juan y Pedro.

Ocurre que la mayoría de los caminantes de la gran ciudad van tan absortos en sus complicados
problemas económicos y existenciales que andan como ciegos por las calles,
con sus cabezas gachas y bien metidas entre los hombros, asustados y silenciosos.
No ven al perro y sus milagros. Pero los pocos que no le temen a la vida y a sus
semejantes y tienen los sentidos bien abiertos, aplauden, dan unas moneditas a Juan
y a Pedro y le hacen cariño a Rodrigo.

Luego los niños se van a comprar un poco de pan y Cola Cola y vuelven a su fria y triste
morada bajo el puente.

Este peculiar trío conoce casualmente a un amigo mío, Mario Benedictus, que vive al otro
lado de la ciudad. El sector donde hay casas grandes con árboles y jardines, el cielo es
celeste y calentito y siempre hay sendas cazuelas de ave sobre las pulidas mesas de los comedores.

Mario es uno de esos personajes con los sentidos bien abiertos. Es un artista tan sensible
que llora cuando abre un tubo de óleo verde para pintar o ríe a carcajadas cuando ve a la cordillera fresca
y nevadita por las mañanas.

Un día iba pasando en su auto por una esquina donde un grupito observaba a Rodrigo levitar
y conversó con los niños. Se enteró de sus vidas, de los milagrosos talentos de Rodrigo, y
les sacó una foto sin no antes darles un reluciente billete de diez mil pesos.

Mario y yo nos conocemos desde niños y seguimos siendo amigos aún, en que yo vivo al
otro lado del mundo, aquí en la cabeza del planeta, en el célebre barrio milagrero de Valby,
Reino de Dinamarca.

Mario me llamó por teléfono el otro día para contarme acerca de los niños y su perro y me
dijo que me los iba a enviar por avión para que conocieran la famosa Calle Larga de Valby,
cuna y lugar de encuentro de todos los milagreros del mundo.

LLegaron un poco atontados por el larguísimo viaje, pero con los ojos bien abiertos observando
los edificios de ladrillos rojos y techos de cobre verde y los gigantezcos daneses rubios con
sus pequeños bebés pálidos y calvos en una bolsa en las espaldas.

El perro ignoró displicentemente al Reino Danés y levantaba una pata cada vez que veía un
poste o un semáforo.

Lo primero que hice fue servirles grandes porciones de frikadeller con kartofler y salsa de
chili og créme fraiche. Para mi sorpresa no quisieron comer este distinguido plato danés
que tradicionamente se prepara a las visitas distinguidas. Ellos prefieron comer mi pan negro y
tomar agua de la llave. Rodrigo devoró todas las frikadeller.

Luego fuimos a pasear por la célebre Calle Larga de Valby.

Para gran sorpresa de los tres se desató una fenomenal tormenta de nieve. La Calle
Larga se cubrió de blanco. Rodrigo se revolcó en ella   cantando twist and shout con un
perfecto acento liverpooliano. Todos los niños salieron de sus casas e invitaron
a Juan y Pedro a jugar a la guerra de las pelotas de nieve pero mis amiguitos declinaron
amablemente diciéndoles a través de mi que odiaban las guerras.

Y ahí estaban los milagreros de Valby, activos y eufóricos como siempre.

Gerda, la mujer de los tatuajes móbiles nos saludó con alegría y nos mostró sus pechos
y sus nalgas cubiertos por maravillosos veleros de colores que se trasladaban de un lugar
de su robusto cuerpo hacia el otro. Y los fieros vikingos y vikingas con sus vikinggitos
volando como globos de gas entre las nubes blanquísimas. Fedora, la medusa griega,
hipnotizaba a la concurrencia con sus ojos de diamantes verdes, haciéndolos saltar de
un lado a otro como cangurúes. Per, el organillero sueco, como siempre produciendo
fantasmas de gente famosa cada vez que giraba su manivela. Y el otrora perdido Pedro
el Vagabundo, viejo milagrero originario de La  Ciudad del Valle que luego de tirarle kilos de monedas
de bronce romano a los grupos de observadores, reconoció por instinto natural a sus compatriotas
Juan y Pedro y Rodrigo.

Los saludó y abrazó efusivamente y Rodrigo se sentó tranquilamente, meneó la cola, cantó
All you need is love, levitó, desapareció y volvió a aparecer al lado mío como si fuera la cosa
mas natural del mundo.

Causó sensación y los tres fueron remunerados con huesos con carne, tarjetas de crédito y
monedas de plata sterling 24 de enorme valor en los mercados bancarios mundiales.

Y estuvieron aquí en La Calle Larga todo el día y toda la noche compartiendo momentos
felices con los otros milagreros, los niños de las guerras de bolas de nieve y los
paseantes, haciéndose además muy muy ricos.

Volvimos a mi casa al amanecer y alguien había construido un gigantezco hombre de
nieve en mi jardín. Rodrigo lo inspeccionó, levantó una pata y lo orinó.

Cesó de nevar y salió el sol pálido y tímido del invierno danés. Yo les propuse quedarse a
vivir en El Reino de Dinamarca para siempre pero me dijieron que no gracias. Ya extrañaban
mucho su Puente Colo Colo, sus compañeros de vida, su Ciudad del Valle y sus habitantes
silenciosos y aproblemados.

Llamé a Mario Benedictus por teléfono y le comuniqué las últimas novedades. Los niños
querían volver lo antes posible. Sufrían de nostalgia.

Les regalé un teléfono celular para que me llamaran de vez en cuando y
y me dieron un abrazo que me hizo llorar de emoción. Rodrigo me dió un efusivo beso en la boca.

Los milagreros de La Calle Larga de Valby nos acompañaron al aereopuerto
para despedirlos y ayudar a cargar con las bolsas llenas de dinero y huesos
carnosos.

Pero Juan y Pedro, antes de subir al avión, regalaron toda su fortuna a la asombrada
concurrencia.

Y ahí están ahora de regreso. Sus vidas no han cambiado mucho. El viaje a Valby fue una
ráfaga onírica, una visita fugaz a otro mundo. No sé de qué les habrá servido. No
creo que les haya hecho daño. Su firme lealtad con el puente y sus amigos y la Ciudad
del Valle me impresiona y me hace pensar que estos niños saben lo que hacen y lo que
quieren. No es el Reino de Dinamarca en todo caso.

Y Rodrigo? Bueno, Rodrigo es un perro felíz y milagroso, parte esencial de un trío extraordinario.

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Fin

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