Reparación ⊛ ¿Cómo iba a pedirles a mis hijos y nietos que fueran personas honradas a sabiendas de que yo fui deshonesto?

Por Francisco Javier Arias Burgos. Historias cortas.

Hay un antiguo refrán que dice que “Nunca es tarde para aprender” que bien podría aplicarse a “Reparación”, historia que se basa en un hecho real y que nos cuenta el escritor colombiano Javier Arias. Sin embargo, podríamos decir que el aprendizaje, en este caso, no es académico, sino ético y moral. Algo por lo que Braulio estaba arrepentido, y lo movilizó, incluso cerca del final de su existencia, a reparar sus acciones y dar el ejemplo. Es un fantástico cuento para adolescentes y adultos.

Les comparto este corto relato. Está inspirado en un hecho que me tocó vivir hace algunos años.

Francisco Javier Arias Burgos

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Reparación

Reparación - Historia corta
Imagen de TarunKumar kirru

Cuando Braulio recibió su diploma de bachiller, todos los asistentes se pusieron de pie y lo aplaudieron durante varios minutos. A algunos se les escaparon unas cuantas lágrimas. Se veían sinceramente emocionados. El recinto estaba repleto con los padres de familia y allegados de los graduandos que recibirían esa mañana el cartón por el que tanto habían luchado. La ovación para Braulio era más que justificada. No porque hubiera sido el estudiante con mejores calificaciones ni porque fuera el más popular, sino porque tenía 84 años de edad.

¿Qué hacía un anciano en medio de ese grupo de jovencitos que no pasaban de los 18 años? Era algo incongruente, fuera de lugar. A esa edad debería estar cuidando a sus nietos, disfrutando de una merecida jubilación, viviendo un retiro tranquilo y rodeado de afecto. Además de la emoción producida por la ceremonia de ese día, bastantes de los allí presentes habían asistido por curiosidad: no les creían a sus hijos la historia de un condiscípulo anciano. Pensaban que era broma y querían verlo con sus propios ojos.

Pero allí estaba el hombre. Sonriente, erguido como un roble, orgulloso y blandiendo el diploma como si fuera la espada de un gladiador.

El infaltable discurso de clausura de esa gala fue diferente esta vez. Lejos quedaron los clichés y las frases edulcoradas. Braulio fue el escogido para tomar el micrófono y dirigirse a los presentes.

Entregó el diploma a uno de sus profesores, miró al público en silencio durante unos segundos y sacó de un bolsillo de su saco una hoja que tomó con su mano derecha, mientras que con la izquierda sostenía el micrófono. Se acomodó las gafas.

– “Queridos padres de familia y allegados de mis condiscípulos”, -empezó a decir con voz firme y clara.- “Estoy aquí, un árbol viejo en medio de arbustos lozanos, rodeado de la energía que la juventud transmite y contagia, para reparar un daño que me hice cuando tenía la edad de ellos. Yo me gradué de bachiller hace muchísimos años, algo que le oculté al rector de este liceo, con quien me disculpo en este momento, y a quien le agradezco con toda mi alma la oportunidad que me dio aun a costa de exponerse a una sanción”.

– “Él no tenía por qué saberlo. Cuando le rogué que me permitiera estudiar en este colegio, fue su carácter bondadoso el que me lo concedió, conmovido tal vez por las lágrimas que, no lo niego, derramé a raudales ese día. Acaso pensó que yo estaba loco, y no lo culpo. Quizás así fuera”.

– “Acompañé a los hijos de ustedes durante seis años, tiempo que pasó volando. Compartí sus alegrías y tristezas, reviví experiencias olvidadas, viví la niñez que no tuve y recobré la fe en las personas. Nos apoyamos mutuamente y siempre me dieron su mano cuando yo desfallecía y quería tirar la toalla”.

Todos escuchaban al anciano en medio de un silencio respetuoso, expectantes. El rector lo miró de soslayo, pero no se atrevió a interrumpirlo. Le parecía increíble lo que estaba oyendo.

– “Mi anterior diploma de bachiller fue un fraude. Yo era un solapado, una de esas personas a las que no les importan ni la moral ni la honradez, uno de los tantos inescrupulosos que hacen lo que sea con tal de lograr lo que quieren. Si había que sobornar a algún profesor de esos que no respetan su sagrada misión, o si había que hacer trampa en un examen o plagiar un ensayo, ahí estaba Braulio”.

– “Pero no podía vivir con ese lastre. ¿Cómo iba a pedirles a mis hijos y nietos que fueran personas honradas a sabiendas de que yo fui deshonesto? No pude vivir con esa carga y por eso tomé la decisión, aunque tardía, de estudiar como una persona de bien”.

Nadie parecía entender su mensaje. Daban por sentado que lo ocurrido hace tantos años era ya un tema olvidado, algo anecdótico. El silencio seguía en medio de miradas cruzadas y de hombros que se alzaban por aquí y por allá.

– “Ni el rector ni nadie del liceo o de mi familia sabe que soy ingeniero. Después de recibirme como bachiller algo cambió en mí. Mis padres ignoraban las mañas que usé para darles la satisfacción de verme alcanzar la meta que los haría sentir orgullosos de su único hijo. No merecían que los engañara de esa manera. Decidí entonces a hacer algo diferente en la universidad. Renuncié a seguir mintiéndome, a alardear de éxitos mal conseguidos, a vivir de apariencias. No fue fácil, les aseguro. La tentación de ganar sin esfuerzo las cosas por las que otros luchaban con denuedo me atormentaba y me perseguía. Era una adicción muy fuerte”.

“Estudié mi carrera con todas las de la ley, trabajando duro y haciendo las cosas con toda probidad. Pero me quedaba un vacío en el corazón, una mancha con la que no podía tener la conciencia tranquila. Por eso, hace seis años, decidí repetir cada curso del bachillerato hasta que hoy, con orgullo de hombre de bien y con la frente en alto, puedo mirar a cada uno de ustedes a los ojos sin ninguna vergüenza. Muchas gracias”.

No dijo más. El silencio era aplastante. Sus hijos y nietos se miraban atónitos. Braulio nunca les había revelado su profesión. Para ellos siempre fue un empleado de una renombrada firma de construcciones de la ciudad. Nunca se interesaron por saber para dónde salía por las mañanas con un morral o por qué hacía tareas como cualquiera de ellos.

Braulio recibió con toda humildad los abrazos de sus compañeros y de quienes se acercaron a felicitarlo, emocionados y agradecidos por la lección que el viejo les enseñó ese día. Los marcó para siempre. Y él se quitó de encima la carga que lo había agobiado durante tantos años.

Fin.

Reparación es un cuento del escritor Francisco Javier Arias Burgos © Todos los derechos reservados.

Sobre Francisco Javier Arias Burgos

Francisco Javier Arias Burgos - Escritor

Francisco Javier Arias Burgos nació el 18 de junio de 1948 y vive en Medellín, cerca al parque del barrio Robledo, comuna siete. Es educador jubilado desde 2013 y le atrae escribir relatos sobre diversos temas.

“Desde que aprendí a leer me enamoré de la compañía de los libros. Me dediqué a escribir después de pensarlo mucho, por el respeto y admiración que les tengo a los escritores y al idioma. Las historias infantiles que he escrito son inspiradas por mi sobrina nieta Raquel, una estrella que espero nos alumbre por muchos años, aunque yo no alcance a verla por mucho tiempo más”.

Francisco ha participado en algunos concursos: “Echame un cuento”, del periódico Q’hubo, Medellín en 100 palabras, Alcaldía de Itagüí, EPM. Ha obtenido dos menciones de honor y un tercer puesto, “pero no ha sido mi culpa, ya que solo busco participar por el gusto de hacerlo”.

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